Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Las Rayas de la Cebra
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Las Rayas de la Cebra
Las Rayas de la Cebra
Por Verónica Murguía

El recorte más absurdo

 

Como dijo Borges, aunque no recuerdo con precisión las palabras –era una entrevista en vivo–, yo me quiero morir “súbita y bruscamente”. Supongo que lo que quiso decir con eso fue que no deseaba saber que la muerte se acercaba, que no quería pasar mucho tiempo en su compañía y que no deseaba padecer dolor, pérdida de la lucidez o sed. En el “Poema del cuarto elemento” le pide de forma conmovedora al agua: “No faltes a mis labios en el postrer momento.”

Como sabemos gracias a Bioy Casares, Borges sintió que la muerte lo rondaba unos quince días antes de su fallecimiento y la percibió como una suerte de rigidez que lo cercaba. Murió después de rezar el “Padrenuestro” en varios idiomas, entre ellos el anglosajón, y deseo fervientemente que no haya tenido miedo, aunque estoy casi segura que sed no tuvo, pues murió acompañado.

Escribo esto porque todos fantaseamos con las circunstancias de nuestra muerte y casi nadie disfruta haciéndolo, pues es muy probable que uno muera en un hospital público, escenario caótico, si los hay. Los hospitales en México pasan por un pésimo momento debido al descuido y la voracidad de nuestros gobernantes, los trabajadores están cansados y muy mal pagados, hay desabasto y corrupción. Los hospitales privados están bien abastecidos, pero nadie los puede pagar. Son negocios que nada tienen que ver con el juramento hipocrático: todo cuesta, cada aspirina, cada klínex, cada jabón. A muchos de los enfermos no les preocupa tanto el diagnóstico como la cuenta y los seguros se hacen rosca como culebras para evadir la obligación de pagar. Las veces que me han operado, el hospital me hizo llegar listas de las cosas que debía pagar: entre ellas, instrumental médico. Y lo pagué, pero no me lo dieron. Es decir, me lo alquilaron, pero eso no es lo que decía la lista. Como esto, mil y una cosas con las que los hospitales se enriquecen a nuestras costillas.

Debo decir que mientras escribo estas líneas hay nueve enfermeras en huelga de hambre en Chiapas, y que todos los mexicanos, excepto los políticos y los millonarios, sabemos de primera mano que el sistema de salud pública de este país ha sido rebasado debido a la codicia de quienes deberían velar por él. Los hechos de Javier Duarte en Veracruz y de Ivonne Ortega Pacheco en Yucatán son los botones de muestra, botones que cierran los sudarios de los pobres enfermos que se quedaron sin medicinas, ni hospital.

Hace unas semanas, mientras iba en el coche, escuché a la inefable señora Ortega Pacheco por la radio. Doña Ivonne declaraba con acento escandalizado que el uno por ciento de los mexicanos posee el veintiuno por ciento de los ingresos del país y que eso es una injusticia intolerable. Se le olvidó decir que ella ingresó al selecto grupo del uno por ciento gracias a su gestión como gobernadora de Yucatán, donde dejó a medio construir al menos dos hospitales en una zona donde los enfermos no tienen a dónde ir.

La muerte es lo único seguro en la vida humana. Por eso debería ser una obligación, tan ineludible como la muerte, el apoyo del gobierno al sistema de salud pública. Pero nada que resulte obvio para uno lo es también para un político. No tengo idea de cómo razonan.

No sé si lo recuerde el lector, pero en 2016 el gobierno tuvo a bien darle un tijeretazo de terror al presupuesto destinado para el hospital de Cancerología de Tlalpan. No sé cómo no les tiembla la mano al firmar semejantes desatinos, porque son equivocaciones que cuestan muchas vidas. Y no paró la cosa en 2016. Este año Enrique Peña Nieto, haciendo uso de las facultades que la ley le otorga, ha propuesto un recorte aún más oneroso, a pesar de que los casos de muerte por cáncer han aumentado un veinte por ciento, convirtiendo a esta enfermedad en la tercera causa de muerte en nuestro país (las enfermedades cardíacas y la diabetes ocupan el primer y segundo lugar).

Quién sabe cómo imaginan estos políticos su vida, la posibilidad de enfermarse; el dolor propio y el ajeno. Es como si se consideraran distintos del resto del mundo. Invulnerables. Pero están hechos de la misma materia que nosotros, frágil y perecedera. Materia que, milagrosamente, sabe que va a morir. Por eso el tema de este artículo: porque creo que todos en ese momento deberíamos tener acceso a una cama limpia, a los medicamentos que nos ayudarán, a no dejar a la familia en la calle. A morir en un hospital cuyo funcionamiento estuviera garantizado.

Sin recortes, pues.

 

comentarios de blog provistos por Disqus