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Bienal del Museo Whitney
Por Germaine Gómez Haro

Inaugurado en 1931, el Museo Whitney de Arte Estadunidense de Nueva York fue concebido por la escultora y mecenas Gertrude Vanderbilt Whitney con el objetivo de coleccionar, preservar y difundir el arte estadunidense que, inmerso en el arrobamiento del modernismo europeo, por esos años apenas comenzaba a despabilarse. La visión progresista de Vanderbilt Whitney dio lugar, en 1932, a la primera Bienal de Arte Estadunidense, la cual se ha celebrado sin interrupción hasta alcanzar su edición número 78 que se presenta actualmente en la impactante nueva sede de ese museo, proyectada por el gran Renzo Piano e inaugurada hace apenas dos años en el Meatpacking District, uno de los barrios más trendy de la urbe de hierro.

Los comisarios invitados en esta edición son dos jóvenes curiosamente no blancos, Christopher Y. Lew (de treinta y seis años) y Mia Locks (de treinta y cuatro), quienes reunieron a sesenta y tres artistas y colectivos en torno a la reflexión de “la formación del yo y el lugar del individuo en una sociedad turbulenta”. En ese tenor, se palpa en la extensa muestra una serie de temas recurrentes entre los que resaltan la discriminación racial y de género, las tragedias de las migraciones, la violencia de las armas en Estados Unidos y en las guerras actuales, los embates del neoliberalismo, las reflexiones sobre identidad, individualidad y colectividad. Algunas particularidades llaman la atención en esta Bienal: la elevada participación de artistas de origen latino, afroamericano, asiático y musulmán; el número equitativo –o más o menos– de hombres y mujeres –y la mitad de ellas no blancas–; la integración de artistas mayores –como la octogenaria Jo Baer– con otros emergentes, algunos prácticamente desconocidos, y resulta gratificante la inclusión de pintura abundante, figurativa y abstracta, entre las numerosas piezas de arte digital y de realidad virtual e instalaciones.

El recorrido de exhibiciones como ésta, tan extensa y variopinta, requiere siempre de un esfuerzo descomunal. Mirar y observar, reflexionar, documentarse y extraerse. Un proceso complejo cuando uno se enfrenta a un arte que, en gran medida, raya en la repetición. El arte contemporáneo en general es demasiado abundante y poco sustancioso. Uno recorre salas y salas y pocas obras atrapan a primera vista. Mucho intelecto y poca emoción: más de lo mismo. Dos artistas que no conocía cautivaron mi atención y, para mi enorme sorpresa, ambos son de origen mexicano. Después constaté en la prensa neoyorquina que en la mayoría de las reseñas se mencionaban como highlights de la Bienal. Raúl de Nieves (Morelia, Mich., 1983) vive y trabaja en Brooklyn, Nueva York, y presenta una instalación por demás ambiciosa, tanto en sus dimensiones como en su proceso técnico. En una sala individual ha cubierto seis grandes ventanales de 5 metros de altura con un diseño elaborado con papel, hojas de acetato, cintas y madera, que asemeja un vitral de una catedral medieval, pero con un pattern totalmente contemporáneo. Frente a esta monumental intervención, que inclusive llama la atención desde el exterior del edificio, ha colocado unas figuras alucinantes elaboradas con toda suerte de cuentas, chaquiras, listones, brocados, cintas, retazos de tela, bordados, en fin, materiales que se encuentran en cualquier mercería con los que el artista construye con suma delicadeza sus personajes fantásticos en un lenguaje ultrabarroco que va más allá del kitsch. El trabajo manual de Nieves es exquisito y el resultado, impactante.

Rafa Esparza (Los Ángeles, Ca., 1981) también cuenta con una sala individual en la cual construyó una rotonda con 3 mil 100 ladrillos de adobe elaborados artesanalmente, siguiendo nuestra tradición vernácula en Los Ángeles, donde vive y trabaja. Hijo de un albañil mexicano que emigró a California, Esparza ha llevado este oficio a un alto nivel de sofisticación y sus obras de ladrillos de adobe han pasado ya por varios museos. En su instalación aparecen otros artistas que él invitó como colaboradores. Es una obra que entra por los ojos y se instala en los sentidos: la belleza de la sencillez que abraza y emociona.

Además de la originalidad de sus propuestas, estos trabajos me sedujeron por su minucioso y elaborado proceso técnico manual expresado en lenguajes plenamente contemporáneos que llevan implícita su propuesta conceptual: el gusto por el oficio artesanal que ya raramente se encuentra entre los aluviones de la tecnología en el arte.

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