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Del silencio
Por Agustín Ramos

Nunca hablamos papá. Jamás. Porque te fuiste cuando yo era un niño y con los niños no se hablaba si no era para corregirlos y ordenarles qué hacer y qué no. Por ejemplo, no verle los chones a Emilia, una sirvienta joven. Yo fui por una canica debajo del ropero cuando ella se acercó a sacar o a colgar algo, así que cuando alcé los ojos la recorrí al revés, tobillos, rodillas, muslos azulados por el sol a través de la falda y pantaletas como globos con liga que rebotan tas tas en la palma de la mano, como las chapas que le salieron cuando me asomé a sonreírle, a mostrarle mi canica y a seguirle recorriendo, aunque por fuera, cintura, pechos, trenzas enmarcando mejillas brillosas y ojos de inquieta yegua quieta. Tú llegaste a dormir, doblaste el pantalón y lo pusiste sobre la silla, la camisa en el respaldo, los zapatos debajo y la pistola encima, por si acaso. También recuerdo tu sonrisa, tres pliegues en la frente, cabello quebrado, te encontraba parecido a Charles Atlas. Al otro día, cuando Emilia fue por mí al kínder, en vez de traerme a casa me llevó a la fábrica donde trabajabas, no de obrero sino como empleado –tú lo enfatizabas tanto que se me grabó como las pantaletas de Emilia–, un colorado similar se te subió a la cara en cuanto aparecí y en lugar de responder a mi abrazo me embestiste. Di media vuelta despavorido pero me fulminó la primera patada, estaban de moda los zapatos de horma italiana…

Además de recibir moral y educación los niños jugábamos. Tú y yo jugamos una sola vez. Me sentaste en el suelo, me fuiste encerrando entre cámaras de llanta y cuando ya nomás sobresalía mi cabeza pusiste encima una silla. Reías, estabas contento, no me dolía y no tenía por qué llorar, era un juego, lo entendí. ¿Hablar? Tuvimos dos oportunidades, por teléfono. La agonía y muerte de tu mamá coincidieron por días con las de mi hermano, de modo que cargábamos lutos distintos. Regresaste por lo de tu mamá y aprovechando el viaje. Estabas triste, no por mi hermano, que ni conociste, porque cuando fuimos por ti él tenía meses de nacido. Y de aquello hacía diecinueve años. Contesté yo. Eras tú. Te hablé de usted y te exigí silencio, la ocasión no daba para más. Aceptaste compungido. Sí, hijito, sí. Te exigí que no me dijeras hijo. Sí, hijito, sí… Mi madre creyó que esa pena la iba a matar y fue por ti otra vez, a Villa Acuña, Coahuila, que para entonces ya era ciudad aunque no fue como cuando te fuiste con otra señora y te perseguimos, yo con cinco años y ella, mi madre, la inocente, con un mi hermano de meses para ablandarte el corazón y con un cuchillo Oneida para partírtelo si te negabas a volver. Regresamos sin ti. Al año mandaste una carta donde escribías mal mi nombre, yo ya sabía leer, mi mamá me explicó que así me decías de cariño. Junto con la carta, única en sesenta años, venía un dólar que yo presumí en todos lados porque era la prueba sellada con el dedo de Dios de que existías y no habías muerto de una cuchillada como chismeaban en un pueblo donde ser hijo de una asesina es menos vergonzoso que ser hijo de una abandonada.

Ahora no, ahora ella iba a tramitar el divorcio para tener en regla su testamento. Te negaste a concedérselo por mutuo consentimiento y hubo que procesarlo como necesario, con causa atribuible a mi madre, abandono de hogar, ja, para que tu posteridad no tuviera una mala impresión de ti. Me costó creerlo, porque mi mamá siempre exageraba tratándose de ti mientras la tuviste enferma (y la tuviste buen tiempo). Si me portaba mal era porque había salido igual a ti, a ti, papá, siendo que lo único que te aprendí fue a acomodar mi pantalón y mi camisa en una sillita y encima una pistola de fulminantes, por si acaso. La segunda vez ni intercambio de palabras hubo, yo ya no vivía en la capital pero vine a la Feria del Zócalo y tú habías venido a no sé qué, pero el caso es que te picó la mosca de cortejar a mi mamá. Para entonces se había curado de ti y me pidió que me quedara en su casa a contestarte. Ya había identificadores de llamadas y tú tenías tu hora. Contesté, mi mamá escuchaba por la extensión, te insulté, te amenacé y colgaste. Reí con tu silencio. Te lo digo ahora que ando soltando amarras, liberando páginas que no deberían leer mis buenos (pocos) lectores. Además lo importante de mi historia no comienza con el desamparo sino con una pérdida que, supongo, habría cicatrizado con palabras y presencia. Hablando, pues. Pero ya viste, me ganó el resentimiento.

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