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Dobles y redobles
Por Ana García Bergua

Estaba leyendo un artículo de Héctor de Mauleón sobre los pasaportes falsificados de los gobernadores en fuga, un tipo de personaje que en los últimos años ha proliferado en este turístico país de fauna exótica, flora exuberante y funcionarios voladores. El narrador y periodista hablaba de los nombres que figuraban en los pasaportes que se les habían encontrado con sus fotos, nombres que no concuerdan con ningún otro o que pertenecen a un niño, nombres que no figuran en ningún otro registro en el mundo, por demás aterrador y orwelliano, de la papelería oficial. Para que el gobernador de que se trate –a estas alturas parecen ser muchísimos, casi una bonita parvada de gobernadores mexicanos en movimiento perpetuo hacia el doblez– deambule por el mundo con un nuevo nombre que, como el Pinol, lo limpie y desinfecte de robos esperpénticos y siniestras componendas, al final de cuentas deberá renunciar a su identidad, llamarse Pito Pérez. ¿Se imaginan a estos hombres caídos de la plenitud del pinche poder, que dijo alguno de ellos, al sombrío anonimato de la presa oculta? A los egos tan alimentados bajo la consigna del “yo merezco” (una casa en Miami, por ejemplo), eso les debe de doler.

Pero ni hablar, eso pasa con los dobles. Por ejemplo Goliadkin, el protagonista de El doble, de Dostoievsky, va desvaneciéndose frente a la sociedad, deshonrado y desplazado por su doppelgänger, el otro Goliadkin, que con todo y ser idéntico a él mismo, resulta favorecido por la fortuna, mientras el Goliadkin original cae en la desdicha. William Wilson, al apuñalar a su doble, termina con su propia vida. La duplicación es peligrosa, pero no sólo en la literatura. Por eso los gemelos, por lo general, buscan individualizarse, para no convertirse en una proyección o una sombra, otra versión del otro. Y en la vida real hay dobles por elección: pienso en los tres oficios que se le ocurrieron al querido Ignacio Padilla –nunca dejaremos de extrañar al buen amigo y escritor que perdió la vida el año pasado–, en una parte de su muy premiada novela Amphitryon. Esta novela juega justamente con este tema ya arquetípico del doble, a partir de un supuesto proyecto de los nazis inspirado en el mito del personaje del mismo nombre, cuya forma adopta Zeus para acostarse con su mujer Alcmena mientras éste va a hacer la guerra. Los oficios a los que Nacho Padilla aludía en su novela son: doble de cine, “negro” o escritor fantasma y falsificador de arte. En los tres casos, el que lo ejecuta sacrifica su identidad en aras de la del actor, escritor o pintor que “firma” la obra. Serían trabajos para Mr. Hyde con todo y sus tremendas tentaciones de estrangular al doctor Jekyll que recibe los aplausos por el trabajo. Toda duplicación, así, tiene algo de abominable, una repetición que termina por anular. Toda multiplicación también, y a ese respecto es imposible eludir la frase sobre los espejos y la cópula en “Tlön, Uqbar, Orbius Tertius”, de Borges.

Pero los gobernadores mexicanos en sus escapes por el ya no tan ancho mundo fracasan a la hora de intentar desaparecer ocultos como dobles de otras personas existentes o inventadas. Ni las cirugías que les fabrican máscaras para que se oculten, ni los nombres imaginarios que les proporcionan hábiles falsificadores, dobles ellos mismos, operan el milagro del desvanecimiento. Como si la desaparición por duplicación no obrara por voluntad, y es que la desaparición la sufre sólo quien no la desea, como el doctor Jekyll, como Goliadkin o William Wilson. Aquel que anhela desaparecer detrás de otro se vuelve, paradójicamente, más evidente y he ahí su condena. De ahí quizá esa risa de loco del gobernador Duarte, Goliadkin en desgracia sin otro Goliadkin que lo ocultara cuando fue aprehendido. Pero, la verdad, a los gobernadores mexicanos les falta densidad para ser personajes de Dostoievsky o Stevenson, ni un Raskolnikov, ni un Mishkin, ni un Alexei Ivanovich. Animales volátiles, buitres revoloteando en círculos sobre los restos de sus barbaridades, aparecen frente a nuestros ojos atónitos metiendo la cabeza bajo la tierra como el avestruz. Si en algo se duplican o se multiplican es entre ellos mismos, y no acabamos de enterarnos del que hizo horrores en un estado, cuando aparece el de otro y resulta peor. Espejos de la misma enfermedad, ojalá y se neutralizaran entre sí, como el doctor Frankenstein y su querido monstruo.

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