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Minúsculos engranes
Por Luis Tovar

Exasperado ante la impasibilidad notablemente cruel de una burocracia que en definitiva no sólo es sorda y ciega sino también estólida, Daniel grafitea un mensaje en el muro exterior de la oficina gubernamental de donde, se supone, debería obtener no sólo apoyo económico debido a su reciente incapacidad laboral sino también, y al menos, un trato que pueda ser calificado como amable, aunque para nadie sea un secreto que hasta esa mínima decencia ya es mucho pedir. Por lo que se ve acto seguido la compasión es impensable, y ni siquiera bajo esa variante colectiva llamada solidaridad cabe esperarla de quienes han echado de la oficina a Daniel, obrero de carpintería casi sexagenario que tras un infarto se convierte, además de desempleado, en la versión contemporánea e inconsciente del kafkiano señor K.

Exacerbada por la súbita agudización de complicaciones de orden material que, grado a grado, fueron escalando hasta ponerla entre una pared llamada orgullo y una espada con forma de necesidad, Nadezhda va a la casa de su padre a pedirle dinero para solventar una deuda leonina, como son todas las bancarias y las de los usureros, valga el pleonasmo. Empero, el muro puede más: Nadezhda sale de la casa paterna con las manos vacías y su problema intacto porque, al ir por un pasillo y descubrir junto a las fotografías de ella y de su madre ya difunta la de la nueva pareja de su padre, traduce su berrinche en la profanación de aquella última imagen: con un plumón oscuro cubre el rostro de quien para ella no puede ser sino una intrusa, y acto inmediato se va sin despedirse. Maestra de escuela, casada y con una hija, su dilema no es sólo monetario: en su clase de prepubescentes alguien roba de los bolsos y ella está obligada, por profesión y éticamente, a descubrir al sustractor, pero la lección final será más bien para ella.

 

VOLVER A ARCADIA

Son varios elementos los que hermanan a los filmes Yo, Daniel Blake (Me, Daniel Blake, Ken Loach, Reino Unido/Francia, 2016) y La lección (Urok, Kristina Grozeva y Petar Valchanov, Bulgaria/Grecia, 2014). En ambos casos el protagonista es una persona adulta o, con mayor precisión y dicho en la jerga que más conviene al caso, un miembro de la PEA, Población Económicamente Activa, cuyo principal rasgo desde la perspectiva macroeconómica consiste en ser, de manera simultánea, generador de riqueza y proveedor de la misma por medio de la manutención propia y, casi siempre, de uno o más terceros; además, por supuesto, del consumo. Es lo que Daniel y Nadezhda son: minúsculos engranes de una maquinaria social que no por eso, ser minúsculos, habrá de perdonarles la función que desempeñan, y he ahí la causa de que cuando fallan los castigue: a Daniel enfrentándolo al semblante impertérrito de un Estado que hace muchísimo dejó de ser benefactor, en una Inglaterra precisamente inventora del concepto, y a Nadezhda orillándola al extremo del acto delictivo y la declinación de los que han sido hasta ese punto sus principios éticos, en ambos casos a consecuencia de la falta de dinero, que es decir también el oscurecimiento de cualquier posible perspectiva de futuro, así sea únicamente el triste y gris de continuar como se ha estado, sin visos de cambio alguno que no sean hacia abajo.

Mucho antes del desenlace de ambas tramas –y por supuesto no serán mencionadas aquí enteras, ni el final de cada una–, llama con fuerza la atención otro elemento que comparten, más allá de tener su desarrollo en dos puntos de una Europa que parece muy cansada de sí misma, o tal vez y con suerte sólo de su neoliberalismo brutal y degradante: los actos referidos de Daniel y Nadezhda son pueriles y, por tanto, implican una suerte de retorno –o de deseo inconsciente de retorno– a la Arcadia de una edad en la que no hay impuestos por pagar aunque no se tenga un sueldo, oficinas de desempleo haciendo lo imposible por diferir la subvención, sueldos por ganar aunque jamás alcancen para lo que deberían alcanzar, hipotecas por pagar con la amenaza constante del desahucio, curriculum vitae que enviar por internet sin saber ni cómo se usa, muchachitos que educar mientras la vida de la profesora casi se desploma…

No obstante, el retroceso verdadero no es de ellos, que hacen lo que pueden para sobrevivir en un sistema que les exige tanto como los ignora en calidad de individuos con historia y deseos propios: el paso de cangrejo es de un modelo/estructura social que hoy se postula no sólo como el mejor posible sino como el único.

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