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Ni Ana, ni Emma, ni Constance
Por Eve Gil

SI EL ADULTERIO FEMENINO tratado por plumas masculinas llegó a producir acaloradas polémicas y hasta cárcel para alguno de sus célebres autores, viniendo de una pluma de mujer, el asunto se tornó un genuino linchamiento moral que le costaría la vida –y el reconocimiento post mortem– a Kate Chopin, autora de una novela tan exquisita como olvidada: El despertar (Libros Hiperión, Madrid, 2005, traducción y notas Olivia de Miguel).

El “mensaje”, por llamarle de algún modo, es incluso más explícito que el de la atrevida Constance Chatterley, que sublima su aventura con el guardabosque: incluso las buenas mujeres están dotadas para experimentar lujuria. A diferencia de la Bovary, Edna Pontellier no doblega su baja pasión a la dinámica de una novela rosa, aunque para distinguir el grito carnal conoce antes el amor puro. No es el esposo de Edna quien representa ese amor, sino un joven que la idealiza –y sacraliza– como un caballero medieval a su dama. Contrario a la Chatterley, para quien amor y lujuria forman parte de un todo, Edna experimenta un amor puro por un hombre igualmente puro… y lujuria por un lujurioso. Vronsky brilla por su ausencia.

Kate Chopin, cuyo verdadero nombre era Katherine O’ Flaherty, nació el 8 de febrero de 1851, en Missouri, colonia francesa de Estados Unidos donde transcurre la trama de El despertar. Irónicamente, fue la niña más admirada por sus compañeras de escuela, no así por las monjas que desaprobaban su temperamento artístico. Al morir su padre, siendo muy pequeña, se crió en un matriarcado: madre, abuela y bisabuela, quienes no frenaron la avidez lectora de aquella niñita que acaparó la biblioteca paterna. A los veinte años contrae matrimonio con Oscar Chopin, sobrino del afamado músico Fréderic Chopin. A los veintinueve era madre de cinco niños y, como su heroína, vive en una comunidad afrancesada bordeada de plantíos, donde la lengua inglesa se fusiona con el creole. Al morir su esposo, en 1882, Kate no había publicado nada. No fue sino hasta después de la muerte de su madre y su retorno a la casa paterna en St. Louis, en 1884, que se profesionaliza como escritora, y en 1890 publica su primera novela, La culpa, donde con talante crítico aborda el tema de la esclavitud, en coincidencia con Harriet Beecher Stowe, quien publica La cabaña del tío Tom un par de años antes. Para cuando Herbert S. Stone, de Chicago, publica El despertar, en 1889, Mrs. Chopin gozaba de fama, prestigio y calidad moral.

Edna Pontellier, su protagonista, esposa y madre ejemplar de dos niños, se relaciona amistosamente con Robert, un joven decente que vive en el cottage contiguo. La relación parece tan ingenua, que lo que preocupa al arrogante Mr. Pontellier es el bronceado que ha arruinado la blanquísima piel de su mujer. El momento más radiante del día para Edna es el que comparte con Robert entre charlas y risas. De pronto él anuncia, durante una cena con vecinos y amigos, que emprenderá un viaje de negocios a México. Lo único que queda es atesorar esta nueva emoción –Edna no se casó enamorada, huelga decir– para evadirse de la jaula dorada que representa su familia correcta, que no feliz, a menos que la felicidad se parezca al tedio.

Las cosas se complican con la inesperada llegada de Alcée Arobin, seductor experimentado que intuye que la atractiva Edna carece de algo que él está más que dispuesto a brindarle. Justo en ese momento –demasiado oportuno, como si Dios fuera mujer–, Mr Pontellier viaja a Nueva York y ella envía a sus dos hijos a vacacionar con los abuelos paternos. Queda libre para deambular por el jardín y pasear hasta la estación de tren... Pintar, crear... y tener un amante. No ama a Alcée, pero reconoce en él la experiencia sexual que hará vibrar su cuerpo. Lo “peor” es que Edna no siente que le esté siendo infiel a su esposo... ¡sino a Robert! Las cosas se complican con el repentino retorno del susodicho, en especial porque parece decidido a superar cualquier escollo para convertir a Edna en su esposa: la tragedia espejea entre las olas del mar.

Lo que los santurrones esperaban era una perorata contra el adulterio femenino y sus fatales consecuencias… ¡no tan contundente ternura hacia la adúltera! Los feroces ataques no bastaron para quebrantar la vocación de Mrs. Chopin, aunque inhibieron notoriamente la intensidad de su escritura. Se enfocó al relato breve y alcanzó a ver algunos publicados. Sufrió un colapso repentino el 22 de agosto de 1904, tras una visita a la Feria Mundial de Chicago, donde fue objeto de impublicables insultos por parte de damas y caballeros, “policías” de la moral y las buenas costumbres.

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