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Las Rayas de la Cebra
Por Verónica Murguía

Mortal de necesidad

Un día escuché al brillante patólogo y escritor Francisco González Crussí decir que la vida es, en todos los casos, “de origen venéreo y de diagnóstico fatal sin excepción”. Una verdad como el aire: nacemos del contacto sexual entre dos seres y moriremos. No hay de otra. “Muere Alejandro Magno y muere su porquero”, reza el refrán medieval y yo añado, pues soy hija de un siglo que toma en cuenta la vida animal, que el puerco morirá también.

Por supuesto, esto es difícil de asimilar. Tanto, que la mayoría se las arregla para taparle el ojo al macho. La muerte les pasa a los otros. A la abuelita del vecino, quien además estaba muy anciana; al que se subió al coche con el borracho infame; al que levantaron en Veracruz; al que se contagió de una bacteria amazónica; a la que se palpó el bulto en el pecho, etcétera. Los más miedosos o menos imaginativos llegan a culpar a la víctima: eso le pasa por no cuidarse, por no tomar vitaminas, por no hacerse la mamografía, murmura el mezquino, pasando por alto que nadie escoge enfermarse. Establecemos una distancia falsa entre lo que va a pasar tarde o temprano y nosotros. Supongo que para poder vivir.

Olvidarlo todo el tiempo y totalmente es un triunfo equívoco por varias razones. Primero, porque va a ocurrir y pasada cierta edad –ay– podemos comenzar a intuir nuestra fecha de caducidad. Esto añade intensidad a todo: una ganancia. Además, uno se da cuenta de que ya no puede posponer nada, problema enorme para una procrastinadora de marca mundial como yo, un ser atarantado que comienza todos los lunes en la mañana a enderezar el rumbo de su existencia y que para el miércoles en la tarde ha desistido.

Otra razón por la que no debemos ignorar nuestra fragilidad es que hacerlo nos despoja de la posibilidad de sentir empatía. Nunca se es menos comprensivo que cuando anda uno sano, feliz y optimista. Si estuviéramos mínimamente conscientes de la apabullante crueldad del azar, seríamos más generosos con el prójimo, menos desdeñosos. Quizás habría menos codicia.

Yo no sé si los integrantes del gobierno toman pócimas mágicas, hacen pactos con el Diablo (esto suena especialmente plausible, y eso que no creo que exista el demonio) o creen que los millones de pesos que han sustraído del erario evitarán su decadencia física y la muerte. Ignoro si creen que están hechos de otro material o si están convencidos, a fuerza de escuchar aduladores, de que las leyes naturales no se les aplican. Lo que sé es que no tienen capacidad empática. Si no, imposible explicarse los recortes al presupuesto destinado a la salud y a la educación (la única vía para tener una vida sana y médicos que nos auxilien cuando falle la carrocería).

En la propaganda oficial hay una abundancia de cursilería purísima con la que se nos asegura que México es grandioso, especial. Había un anuncio de una idiotez ofensiva, que afirmaba que la violencia en otros países no debía asustarnos, porque los mexicanos sabemos arreglar las cosas hablando, echándole ganas juntos y una retahíla de mentiras dulzarronas que nadie cree. Ni los funcionarios que lo encargaron, vaya. En este país sobran la violencia, la corrupción y la impunidad. Falta aquello que realmente hace que un gobierno sea mínimamente digno de respeto: la solidaridad con los gobernados, la protección de sus vidas, su salud y sus bienes. La capacidad de trabajo, la honestidad.

Supongo que asumir la fragilidad de la vida haría de los gobernantes mejores servidores públicos. Se sabe que en los triunfos romanos, esas opulentas ceremonias con las que se festejaba la victoria sobre al menos 5 mil enemigos en el campo de batalla, es decir, no sobre civiles inermes, un esclavo solitario tenía un papel esencial. Este hombre iba detrás del triunfador, sosteniendo la corona de laurel sobre su cabeza y murmurándole al oído “Mira atrás y recuerda que sólo eres un hombre.” Es decir, vas a morir, aunque traigas detrás a un ejército vencido, un montón de tesoros, prisioneros y oro. Los soldados esperaban en el campo Marte (sí, por eso se llama así); el desfile se dirigía al templo de Júpiter Optimus Maximus, el dios mayor. En medio de la gloria militar obtenida con valor, astucia y suerte; después de la hazaña, de sobrevivir a las privaciones y el peligro, el recordatorio: vas a morir, aunque hoy seas como un dios

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