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Bitácora Bifronte
Por Ricardo Venegas

Nadie se baña en el mismo Ríos

Hace dieciocho años, cuando Ernesto Ríos comenzaba a prefigurar los rasgos de su obra plástica, mencioné en un texto a Leonardo (da Vinci), quien advertía que las etapas de evolución de un artista eran sólo distintas facetas de su universo, es decir, un hombre con muchas formas a través del tiempo, una unidad variable. Para un pintor que se reinventa, tiempo y espacio son el “eterno retorno”. Aunque hoy sabemos que el río nunca es el mismo.

Algo semejante ocurre con Ernesto Ríos (Cuernavaca, Mor., 1975): el viajero comprueba en sus travesías un cambio en la mirada. Se puede viajar en un cuadro sin moverse de su sitio, como lo propone el Tao Te King. A través del uso del símbolo y del mito, Ríos nos entrega una noción de los códigos que el ser humano ha usado desde tiempos inmemoriales, y que hoy continúan entre nosotros. Constelaciones, la reciente exposición de Ríos Lanz en la galería Sismo de Ciudad de México, lo confirma. Lo mismo prefigura una galaxia, el estallamiento de una supernova, o un mapa que nos invita a descifrarlo. A veces es un signo de pesos el que aparece con la lupa, con el detalle, como la ironía con la que se construye nuestro tiempo, un mercado que todo lo consume. En su obra se advierte la influencia de la literatura, lo cual lo sitúa en esa estirpe de pintores-lectores, una especie casi extinta. Dice Jorge Luis Borges: “Está bien que se mida con la dura/ Sombra que una columna en el estío/ Arroja o con el agua de aquel río/ En que Heráclito vio nuestra locura/ El tiempo, ya que al tiempo y al destino/ Se parecen los dos: la imponderable/ Sombra diurna y el curso irrevocable/ Del agua que prosigue su camino.”

Por lo anterior, no es extraño emparentar la escritura de sus códigos con la escritura poética de un redactor de imágenes que traza con la caligrafía de una Remington los bordes de un sendero o la mancha de impresión de un horizonte más amplio: una simbología inherente a la humanidad.

Un poco esto es la propuesta que Ernesto Ríos ha emprendido desde su taller, en sus viajes y en su escritura minuciosa: maquinaria que imprime la potencia del significado y la polisemia de su obra. El armazón de estas obras obliga a mirar con detenimiento, a contemplar; también puede tocarse con los ojos ese alter ego que somos y que el arte se encarga de confirmar constante: espejo de las cosas, nido de efímera existencia, “todos y ninguno”, a la manera de Octavio Paz, pero al final, registro siempre de lo que fue.

Paul Valéry afirmaba que “el pintor piensa en términos de pintura”, a lo cual podría añadirse la intuición creativa y el enfrentamiento que el propio Ernesto ha sostenido con los recursos que la tecnología y el conocimiento le han dado. No es una empresa común replantear el mito del Minotauro, el cual expresa una vigencia abrumadora si advertimos que la humanidad necesitará un hilo de Ariadna para salir de sus laberintos.

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