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Cabezalcubo
Por Jorge Moch

Un debate de lamentos


Y acusaciones. Y chismes. Y dimes y diretes. Quizá lo más cercano al show business en México, poniendo aparte televisoras, table dances, narco tienditas y circos, sean las elecciones y en ese tenor lo más llamativo como espectáculo son los debates. Eso y las tomas accidentadas del poder en el Congreso o en palacios municipales y estatales, entre zipizapes, insultos y consignas de partido. Cada que hay elecciones, en cuanto escucho de un bando o del otro que hay que tomar la tribuna, corro por palomitas, cacahuates y un mezcal.

En los debates que por cualquiera razón se realizan en México, usualmente los candidatos no debaten. Debatir es oponer ideas y argumentos, responder frontalmente cualquier infidencia y ofrecer de manera sucinta una respuesta alternativa a un problema específico. Suele decirse que alguien gana un debate porque es más hábil, tiene mejor oratoria, su retórica es avasalladora o simplemente tuvo mejor agilidad mental que sus adversarios. Al menos en teoría un debate enriquece el diálogo político, lima asperezas de trato o simplemente supone la exhibición y el roce de los estandartes ideológicos cuando son antagónicos.

Pero en México no. Acá los debates políticos son invariablemente tres o cuatro tarugos lanzándose acusaciones mutuamente. Pleito de lavanderas. Tú la traes. Cualquier debate entre candidatos en México es un intercambio de acusaciones y una exhibición de cinismo. E invariablemente los peores son los candidatos oficialistas, es decir, cuando al régimen, como ahora, le da por aparentar que es democrático y que cree en la validez de las elecciones; en la cuantía moral de los candidatos de los partidos; en la capacidad de los mexicanos para dirimir nuestras profundas diferencias mediante la liturgia del sufragio y, en suma, que es en la vía electoral donde solventamos los ciudadanos nuestras inquietudes. Sí, chucha… Puáj. Es muy chistoso ver un debate en México porque en eso sí son muy transparentes nuestros politicastros: son incapaces de reconstruir un consenso o, vaya anatema, reconocer como prioritario el interés público y común por encima del personal, partidista o de grupo. Allí de muestra el botón: la realidad cotidiana. El PRIAN y sus satélites han saqueado y arramblado con lo que era México hasta al menos unos quince años. Hoy somos una pálida sombra de lo que fuimos y lastimero remedo de todo lo que pudimos ser como nación.

Allí, de muestra, el presunto debate entre los candidatos a la gubernatura del Estado de México de hace un par de semanas. Cuánto cinismo el de un Alfredo del Mazo asediado por la innegable realidad que es herencia de demasiados sexenios malditos, imbricados, sucesivos: al menos desde las gestiones de César Camacho, Arturo Montiel, el mismo Enrique Peña o el actual desgobernador, Eruviel Ávila: pura finísima representación del grupo Atraco Mucho. Cuánto cinismo el de una Josefina Vázquez Mota metida hasta el colodrillo en enjuagues turbios, empezando por ese mundo de dinero que recibió del gobierno de Peña y que sigue sin desglosar satisfactoriamente, y sabiendo todo mundo, como es el caso, que la señora Vázquez Mota le apuesta a perder, según se dice, para volver a cobrar.

Cuánta ingenuidad de Delfina Gómez en pensar que las elecciones en el Estado de México se pueden ganar limpiamente, pese a campañas de calumnia y desprestigio, propaganda negativa o la machacona, goebbelsiana, repetición de una mentira. Cuánta mediocridad de los candidatos del PT, Oscar González, y del PRD, Juan Zepeda. Qué deliberada anonimia, la de la candidata independiente, Teresa Castell. Qué pobre debate. Pero qué jauja para la tele.

Porque los debates en campaña le encantan a la televisión. Invariablemente el moderador de cualquier debate político es un conductor reconocido del ambiente televisivo. A manera de maestro de ceremonias. En circo de una pista, donde nunca faltan los falsos leones ni los más alambicados payasos. Podría decirse que los debates son lo más parecido a una arena de luchas en el ámbito político.

Y sí, algunos todavía creemos en el Santo.

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