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Baudelio Camarillo: Memoria y poesía

Cuando, en 1993, Baudelio Camarillo (Xicoténcatl, Tamaulipas, 1959) obtuvo el Premio de Poesía Aguascalientes, el más importante reconocimiento por concurso para un poeta en México, esto fue sorprendente para algunos, no así para quienes ya habíamos leído poemas suyos en dos breves cuadernos publicados en 1989 y 1992, respectivamente: Espejos que se apagan y La casa del poeta y otros poemas.

En memoria del reino (publicado en 1994 y reeditado, en 2016, por Valparaíso Ediciones), el poemario con el que mereció el Premio de Poesía Aguascalientes, estrictamente fue su primer libro, y los dos cuadernos mencionados constituyeron su “práctica de vuelo”, para decirlo con las hermosas palabras de Carlos Pellicer.

Espejos que se apagan y La casa del poeta y otros poemas ya anunciaban, con su intensa emoción descriptiva a través de la cual invoca y convoca los detalles de las cosas y el alma humana, a un auténtico poeta, riguroso en la forma, preciso en cada verso y capaz de aguantar prolongadamente la respiración al bajar a las aguas más profundas del sentimiento inteligente.

Todo esto junto lo concentró en los poemas de En memoria del reino, desde los primeros versos de anunciación y consejo (“No des el agua a los sedientos./ En la tierra que habitas/ cada una de las rocas esconde un manantial;/ sólo has de decirles/ de qué manera han de golpear su frente/ contra ellas”) hasta los últimos de confirmación, en los que enfatiza sus certezas poéticas (“Se abren puertas rojizas que conducen la imagen/ hasta lo más profundo del corazón humano”), pasando por imágenes tan esenciales como la siguiente, portento de síntesis verbal que nos recuerda el prodigio de la sentenciosa brevedad oriental: “No hay agua esta noche:/ es la luz de la luna/ la que llena este cauce.”

En memoria del reino es uno de los mejores libros que se hayan galardonado en el Premio de Poesía Aguascalientes, uno de los más memorables, uno que aún vive y que perdurará todavía más tiempo en la historia de la poesía mexicana de la segunda mitad del siglo XX. En sus páginas, hay poemas espléndidos y versos extraordinarios que provienen (¡cómo no habría de ser!) del eco de la infancia, de esa “edad de oro” que nutre toda la obra de un buen poeta.

De la infancia o, mejor dicho, del quido nutricio de la infancia, vienen estos versos de su “Agua materna”: “El verde de estas aguas/ no se marchita nunca en nuestros ojos./ Cuanto más contemplamos ese follaje intenso de sus olas/ tienen más savia nuestros huesos./ Aquí nacimos. El barro que ahora somos/ se amasó con esta agua/ y el aliento de Dios/ no pudo desprendernos de esta tierra.”

El amor a la tierra, la devoción por el origen, el apego a las raíces están siempre presentes en el libro inaugural de Baudelio Camarillo, pero también reaparecen, una y otra vez, con fuerza, con constancia, sin omisión, en sus otros libros: Poemas de agua dulce, en 2000, y La noche es el mar que nos separa, en 2005. De hecho, podríamos hablar de una trilogía del origen, con la secuencia de estos dos libros antecedidos por En memoria del reino.

Los versos con los que abre Camarillo sus Poemas de agua dulce preludian la atmósfera del viaje a la semilla que lleva a cabo el poeta: “Entramos al jardín inmenso del día/ por las puertas abiertas de la luz./ Ningún esfuerzo hacemos para pasar del sueño/ al patio que circunda nuestra casa./ Despertar o soñar es lo mismo en nosotros./ Nuestra madre lo sabe:/ dormidos o despiertos/ tenemos siempre el pecho iluminado.”

La última instancia de esta trilogía, La noche es el mar que nos separa, canta al amor sexual y a la sensualidad de la existencia, pero, otra vez, el regreso a la infancia, al mundo primigenio, encuentra sitio para la evocación de la historia personal que se vuelve metáfora de toda una vida y reincidencia del recuerdo digno de atesorar.

Baudelio Camarillo sabe que la poesía que conmueve es la que perdura, que la poesía que sobrevive al final del día y de los días conlleva una revaloración de la palabra y la inteligencia al servicio de la emoción.

No escribe poemas pirotécnicos, no hace cabriolas ni artimañas con el lenguaje. Pone la imagen y la metáfora, el sentido y la música ahí donde producen la más intensa sensación de estar viviendo lo que nombra. No hay invención “literaria”, hay vida concentrada, es decir, hay poesía. Sus temas son, además de la búsqueda intensa del ayer, el amor, el fervor al entorno, el gusto por las cosas, la gratitud de vivir y haber vivido. No escribe para la posteridad, escribe para hoy, pero sus versos vivirán mañana.

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