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Centenario de Juan Rulfo. Las mujeres en el universo rulfiano

I

 

En El Llano en llamas y en Pedro Páramo de Juan Rulfo las mujeres tienen un lugar marginal en la vida diaria. Apenas cuentan. Ninguna ocupa un puesto de poder político ni tiene un papel socialmente activo. La única que resalta de una manera descollante es Susana San Juan, pero sobresale por Pedro Páramo, o si se quiere, por el gran amor desesperanzado de Pedro Páramo. Sin embargo, cuando vuelve al pueblo y a la Media Luna, ya vive mentalmente en el limbo, o peor, como ella cree, en el infierno 1.

El 18 de septiembre de 1953 aparece El Llano en llamas; apenas en México, dos meses después, se aprobaría el voto femenino. La igualdad era aún una quimera: prevalecía en casi todas las esferas y órdenes la hegemonía masculina: en la vida política, económica, financiera, empresarial, industrial, deportiva. En las regiones rurales y los pueblos de México, en las décadas en que pasa la narrativa rulfiana (digamos del porfiriato a los años cuarenta), la autoridad violenta del hombre era norma y no excepción2.

En los cuentos de Rulfo las mujeres pueden ser iniciadoras lúdicas en el sexo (Felipa en “Macario”); o viven en relaciones incestuosas (Margarita “En la madrugada” o la Berenjena en “Acuérdate”); o en adulterio (Natalia en “Talpa”), o son muchachas secuestradas por el bandidaje disfrazado de Revolución (la mujer del Pichón en “El Llano en llamas”); o esposas, que pese a las exaltaciones de sus bondades y belleza, no alcanzan a tomar forma en el cuento (la mujer del perseguidor en “El hombre” y Matilde Arcángel en el cuento en que el arriero habla de su desdichada herencia); o nos encontramos con un grupo de viejas algo pícaras y más gazmoñas, que pasaron por las armas sexuales del niño Anacleto Morones, y que buscan al yerno para que testimonie los milagros del protosanto más indecente.

Como en Calvino o Cortázar, hay en Rulfo cuentos contados desde el punto de vista del niño (“Macario” y “Es que somos muy pobres”). Macario, en su monólogo de niño falto de entendederas, relata cómo Felipa le da a beber de sus senos, que a él le saben –los saborea– como la flor del obelisco.

Uno de los mayores tabúes de la civilización occidental es el incesto. En una de las grandes novelas del siglo xx, Cien años de soledad, inclusive, están condenados, en caso de tener progenie –como alguna vez ocurrió con los Buendía y los Iguarán y al final de la novela volverá a suceder– a que los hijos nazcan con cola de puerco. García Márquez asimismo admiró los dramas de Sófocles; baste recordar que es suyo el guión cinematógrafico de Edipo alcalde (1996), dirigida por el colombiano Jorge Alí Triana, una muy buena recreación moderna del Edipo Rey griego con la relación de madre e hijo, ignorada por ambos, relación que tendría en la Colombia de los años noventa –en el pandemónium de la lucha de la guerrilla, el ejército, los paramilitares, la policía y el narcotráfico (uno peor que otro)–, consecuencias nefastas. En el cuento “En la madrugada”3, Don Justo Brambila mantiene una relación sexual con su sobrina Margarita, ante la indignación feroz de la madre de ésta, quien es hermana también de aquél, la cual vive en la casa. La madre no deja de increparla y aun en un momento la apostrofa de prostituta. Don Justo quisiera legalizar la relación: “Si el señor cura autorizara esto, yo me casaría con ella, pero estoy seguro de que armará un escándalo si se lo pido. Dirá que es un incesto y nos excomulgará a los dos. Más vale dejar las cosas en secreto.” Don Justo, el rico del pueblo, dueño aun de la luz en San Gabriel, no sabía que le quedaban minutos de vida.

En “Talpa” está lo prohibido legalmente (el adulterio), ¿pero en las relaciones sexuales de Natalia con el cuñado hay propiamente incesto? Unos psicoanalistas dirían no, y otros, que en la escala del incesto es el grado más bajo. En el cuento hay un triángulo entre Tanilo, su esposa Natalia y su hermano4, pero Tanilo no sospecha la relación entre ellos. Contrastan en el cuento el gran mapa de llagas y pústulas que se va volviendo el cuerpo de Tanilo y los pasajes apasionadamente ardientes entre Natalia y el cuñado, quizá los más intensamente eróticos en la obra rulfiana. Tanilo cree que sólo la Virgen de Talpa puede curarlo; Natalia y el hermano no sólo le toman la palabra, sino de hecho lo constriñen a hacer la larga peregrinación de Zenzontla a Talpa. Cuando por la muerte de Tanilo lo prohibido deja de serlo, la llama ardiente que unía los cuerpos de Natalia y el cuñado se extingue y a Natalia la desesperan los remordimientos.

Menos culposo que chusco es el incesto en “Acuérdate”. Desde niño Urbano Gómez tenía agarrones con su prima la Arremangada. Son descubiertos. Urbano es expulsado de la escuela “antes del quinto año” por andar “jugando a marido y mujer detrás de los lavaderos de la escuela, metidos en un aljibe seco”. El incesto lo hay del todo en “Anacleto Morones”, pero acaba por tener un perfil cómico. Cuando van a ver las beatas taimadas a Lucas Lucatero y le dicen que Anacleto incluso le dio a su hija por mujer, Lucas responde: “Así fue, me la dio cargada como de cuatro meses cuando menos.” “Pero olía a santidad.” “Olía pura pestilencia […] Era una sinvergüenza. Eso era la hija de Anacleto Morones.” Alguna le arguye que era un “fruto del Santo Niño”; Lucas contesta: “¡Monsergas! Adentro de la hija de Anacleto Morones estaba el nieto de Anacleto Morones.”

En Pedro Páramo, Juan Preciado, poco después de quedarse con Eduviges Dyada, pasa a dormir en un cuarto donde conviven Donis y su hermana. Sin que lo supiera al principio, ella intuía que la relación estaba mal. El cura, al ir ella a contárselo, espantado, sólo contesta: “Sepárense.” Por eso ella casi no sale al pueblo. Cree que por el pecado las manchas se le ven en la cara y por dentro siente que está “hecha un mar de lodo”. Una vez Donis se despide y dice –falsamente– que no volverá. Esa noche Juan Preciado y la hermana de Donis duermen juntos. Horrorizado, se da cuenta que el cuerpo de la mujer se le desmorona en la manos. Sale a la calle y va hacia la plaza aciaga.

También en la novela, cuando Fulgor Sedano avisa a Pedro Páramo que “anda por ahí” Bartolomé San Juan, Pedro pregunta si vienen los dos, Fulgor responde que sí, él y su mujer. Pedro pregunta si no será su hija, y el administrador responde: “Pues por el modo como la trata más parece su mujer.” Sin embargo, por lo que se cuenta después, el “parece” no tiene mayores visos reales o al menos queda muy ambiguo: en su locura Susana lo trata con excesiva familiaridad y él le pide de continuo respeto diciéndole que es su padre.

“De éstas que llaman del partido”, como escribió con gracia Cervantes en el Quijote. Desde alguno de sus primeros cuentos (“La mujer que llegaba a las seis”), en la obra de García Márquez las prostitutas son parte de la vida diaria de los pueblos caribeños que le sirven de fondo, y su función es tan necesaria como la del carpintero, el gallero o el doctor, e incluso a veces llegan a convivir en la casa, aun si mentidamente, como Meme, con el odiado médico de La hojarasca. En Memoria de mis putas tristes, el nonagenario Sabio termina enamorado de Delgadina, la adolescente del burdel de Rosa Cabarcas. En las narraciones de José Revueltas la prostituta puede llegar a ser de modo natural la amante. “Puta” es en alguna ocasión la palabra sagrada para designar a una muchacha decente de dieciséis años que sonríe con complicidad a la tía al saberse descubierta. O aun, en casos extremos, como en su admirable cuento “Hegel y yo”, uno de los protagonistas puede estar tan lleno de culpa por la puta que amó y asesinó, que lo afligen una y otra vez la pena y el remordimiento. En los cuentos de Rulfo las mujeres pueden llegar a la prostitución por pobreza o por el mero gusto del ejercicio, o por ambos motivos, como las hermanas de Tacha (“Es que somos muy pobres”) o la Berenjena en “Acuérdate”. Quien va en vías de serlo, deduce su hermano ante la catástrofe de haber perdido la vaca en la inundación, es la propia Tacha. Pero en general las prostitutas apenas cuentan en la narrativa de Rulfo: asoman fugazmente en los cuentos y en la novela nunca se ve una en las calles o casas de Comala.

Como ejemplo paradigmático del cacique, Pedro Páramo5 tiene una visión patrimonialista: tierra y pueblo le pertenecen, y por ende, en ello, los cuerpos de las mujeres6. A su hija Susana, cuando vuelven al pueblo, Bartolomé San Juan le advierte que Pedro Páramo “es casado y ha tenido infinidad de mujeres”. Desde luego lo de casado es relativo: Dolores Preciado, la única esposa legítima, hacía buen número de años no vivía en la hacienda; lo de “infinidad de mujeres” es el número sin número que ha creado la leyenda en el pueblo y la Media Luna. Sin embargo, en esto no hay lamento ni queja de ninguna: todas parecen sentirse muy a gusto con él, aun las sirvientas. ¿No dice hacia el final Damiana Cisneros, quien por derecho propio era una suerte de mayordoma de la hacienda y la caporala de las sirvientas de Comala y de la Media Luna, que al patrón le salió lo “gatero”?

De los hijos que tuvo, al único que reconoció y aun quiso, el único que llevó su apellido, fue Miguel Páramo, quien se acaba matando en el caballo en el camino de Contla cuando va a visitar a la novia7. Nunca sabemos quién fue la madre, salvo que murió al nacer el niño. Del arriero Abundio, quien confiesa al principio a Juan Preciado que también es hijo de Pedro Páramo, ignoramos asimismo quién fue su madre, pero en los pasajes finales, cuando muere su mujer, se emborracha y mata a cuchilladas a Pedro Páramo, sabemos que su apellido es Martínez, seguramente el materno.

 

II

 

Dos mujeres resaltan triste y altamente en la novela y Rulfo tuvo la virtud al crearlas que pasaran inolvidablemente al imaginario literario del lector: Dolores Preciado y Susana San Juan. Ambas se crean como personajes, gracias, ante todo, a evocaciones plenas de una nostalgia sin fondo. Las de Dolores son dichas por ella misma, pero quien las oye en la memoria es su hijo Juan Preciado mientras se encamina de Sayula a Comala y las oye aún en Comala; aquellas evocaciones donde se exalta la figura de Susana son pensadas o dichas por Pedro Páramo como para sí mismo. Las evocaciones de Dolores Preciado y Pedro Páramo son momentos de gran belleza en una novela llena de bellezas.

 

Lo que se oyó por varias generaciones en las letras de la canción mexicana, en especial boleros y rancheras, fue al hombre abandonado y destrozado por la mujer; todo mundo sabe que históricamente ha sido lo opuesto. El mejor ejemplo aquí es Dolores Preciado. Pedro Páramo se casa con la joven para apropiarse de los terrenos del rancho de En Medio, le hace el hijo que nunca llevará el apellido paterno, la trata como cosa inservible, y finalmente, a la primera insinuación que suena a queja, la echa de la Media Luna y la envía a Colima a casa de su hermana Gertrudis, donde vivirá de “arrimada”, recordando –mitificando– las bellezas del pueblo y del paisaje del terruño, y rezumando rencor contra Pedro Páramo. Como personaje Dolores acaba dejando en el lector una honda dulzura triste. “El abandono en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro”, le dice al hijo en su lecho de muerte, sin imaginar que mandaba al hijo a la muerte.

Lo único puro en medio de tanta maldad en Pedro Páramo es Susana San Juan, o más bien, la Susana de la infancia y la puericia. Carlos Fuentes observa que la función de Susana “es la de ser soñada por un niño y la de abrir, en ese niño que va a ser el tirano Pedro Páramo, una ventana anímica que acabará por destruirlo. Si al final de la novela Pedro Páramo se desmorona como si fuera un montón de piedras, es porque la fisura de su alma fue abierta por el sueño infantil de Susana” (La gran novela latinoamericana, “La revolución mexicana”). En sus evocaciones Pedro Páramo recuerda cuando en los años distantes lanzaban papalotes al aire y Susana tenía los labios humedecidos como si los hubiera mojado el rocío. Se bañaban desnudos en el río. Recuerda el día que Susana dejó el pueblo, y al despedirse dijo que odiaba al pueblo, menos a él8. El muchacho que era Pedro creyó que no regresaría nunca. Pero el levantamiento revolucionario trajo a su padre y a Susana “a buscar seguridad en un lugar habitado”. Al enterarse, Pedro llora de alegría. Regresa la que es para él “la mujer más hermosa que se ha dado sobre la tierra”. Allana pronto el único obstáculo: ordena a Fulgor desaparecer a Bartolomé San Juan.

Pero la mujer que vuelve es muy otra de aquella con quien compartió el gran jardín de la infancia: la que regresa es una mujer abierta a los vientos en la intemperie de la locura. Susana la pasa en su cuarto dormida o simulando que duerme, sola o acompañada por Justina. Pedro Páramo sufre sin reposo. “Desde que la había traído aquí no sabía de otras noches pasadas a su lado, sino de estas noches doloridas, de interminable inquietud. Y se preguntaba hasta cuándo duraría aquello.”

Susana San Juan sueña y recuerda lascivamente en su desvarío a un hombre, lo “sueña sin sosiego”, pero no es Pedro Páramo, sino Florencio, su marido de quien enviudó, alto, de voz dura, seca. Se recuerda desnuda con él en las playas y el mar. Susana no ama a Pedro Páramo. Ni siquiera comparte con él la infancia iluminada. Pero a Pedro Páramo en último caso no le importa que hayan pasado treinta años desde que se fue, que se haya casado y enviudado, que aún pase tres años en el desvarío mental, y lo peor, que no lo ame; le basta que esté cerca de él.

Al final, con las mujeres con quienes Pedro Páramo se acuesta cree encontrar en sus cuerpos el cuerpo de Susana. Lentamente, en el infierno sin círculos de la locura, Susana va extinguiéndose. “La señora está perdida para todos”, dice Justina. El padre Rentería confiesa por último a Susana San Juan, y en vez de preguntar si estaba arrepentida –venganza indirecta contra Pedro Páramo– le llena los oídos de imágenes aterradoras; Susana ni siquiera es consciente de eso; le contesta con frases eróticas como si le hablara a Florencio en los momentos de hacer el amor.

Al morir Susana empieza el repique de campanas9. Se oye durante días. En vez de duelo la gente festeja, llega gente de pueblos próximos, llega el circo, llegan músicos, y en Comala, en una fiesta de todas las horas, irrumpe la feria, mientras en la Media Luna se alargan los días tristes. Agraviado, Pedro Páramo toma venganza. Sin el gran patrón que lo hacía vivir, el pueblo se fue llenando de adioses.

Desde el primer momento y hasta el final, Dolores Preciado, para Pedro Páramo, fue una cosa: primero útil, luego inservible; Susana San Juan fue el primero y último ángel y el más alto amor.

 

III

 

Para terminar quisiera proponer un juego especulativo a la manera de Borges o Piglia. En sus memorias (Vivir para contarla), Gabriel García Márquez se preciaba de su extraordinaria memoria. En ese gran espectro memorioso, según escribió en el artículo “Los encuentros con Juan Rulfo” de 2003 en El Universal, sabía no sólo párrafos de Pedro Páramo: “La verdad iba más lejos: podía recitar el libro completo al derecho y al revés, sin una falla apreciable, y podía decir en qué página de mi edición se encontraba cada episodio, y no había un solo rasgo del carácter de un personaje que no conociera a fondo.” Sin duda es algo que hubiera fascinado a Ray Bradbury. En uno de los personajes que actuaba en su vida, García Márquez se volvió un libro que hablaba. Es decir, pudo haber sido uno de los personajes literarios de esa minoría secreta que aparece en Fahrenheit 451, la prodigiosa novela de Bradbury, donde al final cada uno y cada una es un libro que repiten de memoria para enseñárselos a otros más jóvenes, que los grabarán a su vez en su memoria, para evitar que las obras maestras acaben incendiadas por los bomberos a causa de que el Estado juzga dañino pensar, imaginar, sentir, escribir y leer, y pasen oralmente de generación en generación, hasta que llegue un momento en que los libros no sean objetos prohibidos. Quisiera imaginar que García Márquez se volvió un personaje del Fahrenheit 451 y es parte de esa valiosa minoría secreta para que las generaciones venideras oigan hasta el fin de los tiempos un libro inolvidable llamado Pedro Páramo.

 

Notas

1. Hay una mujer, Bernarda Cutiño la Caponera, cantadora de palenques, que está en el libro-argumento de Rulfo para el filme El gallo de oro. Es una mujer de fuerte temperamento, andariega, libre, pero a quien acaba absorbiendo y dominando la figura del hombre: primero un tahúr, Lorenzo Benavides, y luego el gallero, Dionisio Pinzón. Debe tomarse en cuenta que es un argumento que sirvió para guión cinematográfico, pero sin pretensiones literarias. Cuando conocí a Rulfo en 1980 en la cafetería de la librería Gandhi, con pena le dije que había escrito contra ese libro. Hizo un gesto de no darle importancia, y repuso algo como: “No tiene mayor interés.” Ahora, al releer el libro-argumento, sigo pensando como en 1980.

2. De los Bajos de Jalisco, la región rulfiana, aparecen en su narrativa pueblos y ciudades pequeñas –lo eran entonces– como Zapotlán, Contla, Ayutla, San Gabriel, Zenzontla, Talpa, Tolimán, Alima, Tuxcacuesco, Apulco, Armería, San Pedro, San Buenaventura, Autlán…

3. En El Llano en llamas hay al menos nueve cuentos que son piezas maestras: “Nos han dado la tierra”, “La cuesta de las comadres”, “Es que somos muy pobres”, “Talpa”, “En la ma-drugada”, ¡Diles que no me maten!”, “Luvina”, “La noche que lo dejaron solo” y “No oyes ladrar los perros”. ¿De qué otro libro de cuentos de lengua española puede decirse lo mismo? Es curioso y aun para tomarse muy en cuenta: García Márquez, en un artículo muy citado, publicado y vuelto a publicar, desde que apareció en la revista Proceso en 1980, “Los encuentros con Juan Rulfo” (cito la versión abreviada que apareció en El Universal, 19/IX/2003), ubica “La herencia de Matilde Arcángel” como una obra magistral; nosotros no sentimos la sostenida tensión y el manejo del drama que hay en los cuentos arriba citados.

4. En la película de 1955, dirigida por el superprolífico director Alfredo B. Crevenna, Natalia se llama Juana y el hermano de Tanilo tiene nombre: Esteban. El personaje femenino en el filme es Lilia Prado. No se pudo elegir, en el incendio erótico, a alguien mejor que se correspondiera con la imagen que da Natalia en el cuento. Pero quizá por la moral de la época el incendio fue mínimo. El problema del filme no fue su índole comercial o que no fuera fiel al texto, sino que es simplemente lento, aburrido, malo, y con un final decepcionante. En una entrevista de 1959, Juan Rulfo le dice a José Emilio Pacheco que el cine no le interesa. “Hace tres años el cine asesinó mi cuento [“Talpa”], lo despedazó en una película abominable” (“Imagen de Juan Rulfo”, México en la Cultura, Novedades, 20/VII/1959). Sin embargo, en la década de los sesenta Rulfo estaría de varias maneras cerca del cine.

5. En borradores de la novela (Los cuadernos de Juan Rulfo, 1994), Pedro Páramo puede aparecer como Maurilio Gutiérrez, Susana San Juan como Susana Foster, el padre Rentería como el padre Sebastián Villalpando, Tuxcacuesco y no Comala es el pueblo… En la versión mecanografiada de 1954 Abundio Martínez es Bonifacio Páramo y el padre Rentería se llama Aniceto. No suenan. Como refiere García Márquez en su artículo sobre Rulfo: “Por subjetivo que se crea, todo nombre se parece de algún modo a quien lo lleva, eso es mucho más notable en la ficción que en la vida real.” Por fortuna Rulfo, al corregir, con intuición sonora, halló el correspondiente imperecedero entre nombres y personas.

6. En la página 56 de Los cuadernos de Juan Rulfo, leemos en los borradores algo que no aparecería en la novela: “Maurilio Gutiérrez [Pedro Páramo], arrodillado frente al altar, adelante del pueblo, como un garañón, guiando la manada de yeguas, con las mujeres de Comala detrás de él, todas sus mujeres y los hombres a un lado, un tanto por ciento hijos suyos aunque negados, casi desconocidos.” No es la mejor prosa de Rulfo, pero ilustra cómo el cacique era visto y cómo se veía a sí mismo: el garañón, el macho por excelencia, el dueño del cuerpo de las mujeres.

7. En uno de los borradores de Los cuadernos de Juan Rulfo sabemos que la muchacha se llamaba Esperanza y era la novia formal. Miguel Páramo se mata yendo a Contla; en la versión final del libro veladamente lo parece también. Apenas muerto, llega a casa de Eduviges Dyada y, desde el caballo, así le contesta Miguel a Eduviges la pregunta sobre si la muchacha le daba calabazas: “No. Ella me sigue queriendo. Lo que sucede es que yo no pude dar con ella. Se me perdió el pueblo. Había mucha neblina o humo o no sé qué; pero sí sé que Contla no existe. Fui más allá, según mis cálculos, pero no encontré nada.”

8. En Los cuadernos de Juan Rulfo (III, 85-87), en páginas que no se incorporaron al libro, se detallan momentos del lejano pasado de Pedro Páramo y Susana San Juan que son muy interesantes. Ambos, “desde los tiempos primeros”, iban juntos a la escuela de Mónica Aldrete, a la que lle-gaban tomados de la mano, y más tarde, ya de trece años, asistían los sábados a la doctrina. Pedro sólo quería que fuera el día siguiente para volver a verla. En estas páginas Bartolomé San Juan ya está muerto. Cuando muere también su madrastra, Susana se va del pueblo, pero no se sabe con quién ni cómo. Pedro Páramo “vivía soñando, vivía recordándola”. La madre de Pedro, cuando supo que la niña se fue, le preguntaba a Pedro por ella, por la niña divertida, que iba a la casa de los Páramo. La madre de Pedro la recordaba como una gran contadora de historias y una niña hermosísima.

9. Respecto a la edad de Susana San Juan y Pedro Páramo hagamos un ejercicio aritmético que una la página del borrador Los cuadernos de Juan Rulfo con datos que hallamos en Pedro Páramo. En el borrador Rulfo escribe que Susana San Juan y Pedro Páramo tenían trece años cuando iban a la doctrina. Si deducimos que a esa edad Susana pudo irse de Comala y regresó, como se dice en la versión final, sólo treinta años después, tendría a su vuelta cuarenta y tres años. Si Susana pasa tres años en el cuarto de la hacienda de la Media Luna, habría muerto de cuarenta y seis y el mismo Pedro Páramo tendría en ese momento cuarenta y seis

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