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Confesión
Por Agustín Ramos

Como en aquel tiempo casi nadie me visitaba, esa madrugada recibí feliz al recién llegado, quien me contuvo:

–Sé fuerte, Agustín. –Parece que lo vuelvo a tener frente a mí, su silueta obstruyendo los retazos de un firmamento lívido. Para soportar el recuerdo atroz del anuncio de las muertes de mi hijo, de mi madre, de mis amigos, desvío la mirada y descubro en un abrecartas, puntiagudo y de doble filo, el último refugio ante la nueva catástrofe que, estoy seguro, me comunicará el recién llegado cuando deje de sujetarme por los hombros.

La capital ha caído. –Me clava sus ojos con la fuerza que no tengo para hundirle el abrecartas en el vientre y matarlo.

¿Matar? Este pensamiento tan fugaz tarda más tiempo del que dura todo el repaso de mi vida revelándome que de niño jamás habría escogido la calidez brillante de mis sentidos y mucho menos este continente miserable ni esta era de mentiras, traiciones y destrucción, ¿cómo disfrutar a plenitud de un mundo que se pudre conforme uno envejece?, ¿quién puede gozar la satisfacción de apetitos que siempre renacen y el placer que apenas aparecido se comienza a escurrir entre las manos? Tampoco, por cierto, elegí mi nombre, Agustín, que más que designio celestial encierra signos de luz metálica y carnalidad… Sin embargo, aun siendo ya mayor, cuando tenía claro que en mi tiempo se estaban decidiendo, como nunca antes, todos los destinos, no habría podido ni sabido elegir cuándo ni dónde nacer, cómo llamarme, qué amar. Todo esto lo comprendí cuando mi madre aún vivía y mi carne había gozado a cuatro mujeres –con una de ellas procreé a mi hijo del que con engaños y autoengaños terminé por apoderarme. Sacando la nariz entre tanta asfixia a la que se sumaban otros odios y temores propios y ajenos, calumnias contra mí y mentiras contra Ti, navegando sobre la inteligencia y el instinto llegué a encabezar mi comunidad. Pero, en esa alborada terrible, ¿de qué servía lo vivido y sabido? De qué, haber superado la satisfacción a mis apegos, el amor de hembra, el brillo de la inocencia y la ternura filial, eso que supe admirar, palpar y disfrutar hasta una saciedad casi falsa de tan breve. De qué servía, ante las ruinas de lo que abracé con pasión siempre a punto de convencerme de que me llevaría hacia algo más, siempre probando fuerzas con la duda. Así que, quizá, como fruto del errar y el admitir los yerros, se me concedió la gracia, ¿cómo llamarla de otra forma?, de reaccionar en pos de la Fe, la desgarrada Fe de que aquella caída sólo era la necesidad de descubrir otra verdad, invencible y final, un lugar común nuevo.

Cualquiera puede representar un punto determinante en la historia. Aun habiendo llegado, como yo, a un mundo ya hecho y enfilado, aun con la debilidad propia del recién nacido, con su vulnerabilidad y su dependencia total a la que sólo contrarresta la energía con que entra en esta vida. Por lo demás, siempre dependemos, aunque las formas de la dependencia se vayan haciendo más sutiles conforme maduramos en nuestra razón y en nuestra voluntad. Quien esto escribe, en el año 17 de este Siglo Tuyo, se llama como yo, pero a diferencia mía no ama el saber ni tampoco, nunca, antes de amar el saber, amó de verdad el hacer. Mi vida, en cambio, consistió en pasar de la pura acción a la acción movida por y hacia la Fe que me proporcionó el conocimiento. De no haber amado el hacer en mi juventud, al culminar mi conversión hacia el saber habría desechado la acción. Y no fue así, aunque ya no me movía como al principio, por amor a la acción misma, conforme mi conversión me iba moldeando pasé a ser un hombre cuya acción se determina por y para la Fe. Transité, pues, de la búsqueda del goce físico a la del goce inmaterial, de la acción por sí misma a la acción por Tu designio, del placer principalmente corporal a un placer principalmente intelectual. ¿Fue este paso a la más satisfactoria forma del amor una iluminación graciosa o la culminación de mi entrega absoluta al trabajo de saberte? Quizá la clave se halle hace siete años de hoy, cuando me dieron la noticia funesta, la que me estremeció de cuerpo entero fulminando todo orden en mis ideas ¿Ya esperaba la noticia? Sí, pero nadie puede estar preparado para la caída de nuestro lugar común. Entonces La ciudad no estaba en Roma, como tampoco mi persona ni mis creencias estaban en Ti, en consecuencia me vi obligado, como cualquiera, a representar un punto determinante de la historia. ¿Lo logré?

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