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Cabezalcubo
Por Jorge Moch

Muchas veces he denostado en estas mismas páginas el género de la telenovela porque lo que las televisoras mexicanas, sus productores y guionistas, sus directores e histriones hicieron con él es imperdonable. La hicieron una fuente predecible de dramones ridículos, patéticos, cursis y sobreactuados. Casi desde sus inicios, la televisión mexicana se ha empeñado en modelar formas de convivencia social. Las telenovelas se convirtieron con el tiempo en una suerte de tácito manual de conducta que premiaba vicios sociales, como la sumisión, con promesas de redención social por venir; curiosamente el mismo esquema de recompensa al sacrificio que ofrece la mayoría de los credos religiosos: aguántate hoy que ya mañana serás resarcido. Así que algunos estamos convencidos de que la televisión, con el machacante argumento de sus telenovelas repetido una y otra vez, ha tenido un rol fundamental en el condicionamiento de los mexicanos como agachones, aguantadores, dispuestos siempre al martirio. Ya chole con eso.

Pero la triste realidad es que en México hace mucho no hay redención, ni cambio, ni mejoría. En cuatro décadas o menos alcanzamos niveles de degradación social que antes nos hubieran resultado impensables. El país está de bruces. La moral bajísima. Vivimos aterrados. El Estado es una lamentable mezcolanza de intereses mezquinos, partidistas y de grupo, de preservación de canonjías en lugar de reparto más equitativo de riquezas; de profundas, insalvables diferencias en el nivel de vida de quienes habitamos este país. De sálvese quien pueda, de avaricia, consumismo, frenesí violento y demencial.

¿Hay modo de cambiar al país? ¿Ese modo es sacando de los entresijos del poder político y económico a la escoria que dice gobernar hoy? ¿Cómo? ¿Con procesos electorales que son simulación, búsqueda de mañas, engaños, compra de votos y todas las triquiñuelas que ya conocemos hasta el hartazgo?

El papel de la televisión como agente modelador del pensamiento colectivo es innegable. ¿Puede un producto televisivo incidir para bien en el rumbo de la sociedad?

Ojalá. Porque esa sería la única razón plausible por la que un productor televisivo como Epigmenio Ibarra llegue a realizar proyectos de nuevas telenovelas de corte crítico y de denuncia, tal que Ibarra suele imprimir en sus producciones, como vimos cuando pasó por TV Azteca con sus Nada personal o Mirada de mujer. Pero… ¿en Televisa?

Se ha negado o disimulado en el consorcio de Azcárraga que el productor de toda la vida, Luis de Llano, salió después de cuarenta y siete años de relación con esa empresa y se dice que ello se debe a que Epigmenio Ibarra se incorpora como productor de una nueva hornada de telenovelas que Televisa, tratando de adelantarse a posibles cambios de timón con la posible llegada al poder en 2018 de un Andrés Manuel López Obrador que parece estar creciendo exponencialmente en las preferencias del electorado, pretende lanzar al aire para empezar a reposicionarse como una entidad más bien crítica que propagandística. Aunque desde luego nadie con dos dedos de frente confiaría en presuntas buenas, sanas intenciones por parte del consorcio privado de medios que es en los hechos la voz de la propaganda y el oficialismo, la histórica defensora de politicastros violentos, corruptos, cobardes y traidores: una pandilla de cabrones que siempre ha tenido en Televisa, TV Azteca y algunas otras empresas privadas de comunicaciones, sea prensa escrita o radio, ardientes defensorías, encendidos embajadores y cabilderos amén de una inacabable fuente de cochupos y turbios enjuagues, como el de la casa blanca de Las Lomas, escándalo sexenal de corrupción que exhibió los vínculos irrompibles entre los intereses de un empresario, Juan Armando Hinojosa, del Grupo Higa, y nada menos que el mismísimo presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, aceptando el cochupo, embarrándose de porquería, hundiéndonos en el descrédito mundial. Qué asco.

Así como para mal, tampoco para bien subestimemos el poder de una telenovela. Aunque ahora se dirá, una y otra vez, que sólo es entretenimiento porque seguramente un contenido diseñado por Ibarra será incómodo al régimen.

Pero a ver si alguna telenovela en Televisa hace que la gente se percate de los abusos de que es víctima. Ya es hora de que esas televisoras de verdad sirvan de algo más que hacer dinero.

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