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Paso a retirarme
Por Ana García Bergua

Doblados

Imagínense que van a visitar a su tío Enrique y éste sale a recibirlos caminando con patas de conejo en lugar de piernas. O que su prima Gladis, mientras conversa, los mira desde unos ojos de color y forma muy distintos de los suyos. O que el tendero de la esquina usa una mano de princesa con pulseras para despachar un cuarto de jamón. Suena divertido, como de Lewis Carroll, aunque un poco desconcertante. Malo que, para colmo, las patas de conejo, los ojos raros y la mano de princesa se fueran repitiendo, en conocidos y desconocidos. Ahí la cosa comenzaría a aburrir, uno quisiera ver a su tío, su prima, el tendero o la señora de la tintorería tal y como son, resultaría más variado e interesante.

Y bueno, eso me pasa con el doblaje, como si los actores aparecieran con patas de conejo y cabeza de pescado. Ver películas dobladas es sólo enterarse de la mitad de la película, con la mitad de los actores –sin voz– y la mitad del sonido, que siempre queda opacado, como en sordina. Y las voces en español siempre son más o menos las mismas, los mismos actores remedando ora a la viejita, ora al hombre de acción, pujando, carraspeando y suspirando para que los labios de los personajes, en la imagen, correspondan con el español esquemático y extraño en que supuestamente se manifiestan. El español de doblaje, doblañol podríamos llamarlo, no lo habla nadie en ningún lugar. Español neutro le dicen, de tan neutro marciano, uno que quizá hablarían unos hispanohablantes de distintos países y acentos, los cuales han pasado veinte años encerrados en una cueva detestándose y para no matarse terminaron por limar todos sus giros y tonos, haciendo pausas con pujidos dudosos. Pero ni así terminarían hablando una cosa como el doblañol.

Gracias al cielo en México nunca nos lo impusieron en el cine. En la televisión sí, durante mucho tiempo, y la verdad entre las series que añoro de mi infancia hay muchas voces dobladas. Hechizada pujaba y suspiraba, y Tony y Douglas, mientras flotaban por El túnel del tiempo, también, pero no imaginábamos que existiera otra cosa. Incluso a lo mejor terminamos hablando doblañol como aquellos personajes, aunque siempre nos quedará la ilusión de que los antiguos actores de doblaje eran mejores, sobre todo los de las caricaturas. Por ejemplo, Tin Tán como el gato de Los aristógatos o Balú el oso de El libro de la selva, de Disney, o los animales de la Warner Brothers. A esos sí no me los toquen.

Pero el doblaje obligatorio pasó e incluso en la televisión puede uno cambiar la película a su idioma original. Sólo hay unos lugares donde el doblaje es una especie de tortura china y lo peor es que son sitios de los que uno no puede salir y necesita distraerse un rato. Vas en el autobús y agradeces la pantallita que te brindará unas horas de olvido, mas oh desgracia, tendrás que escuchar a Nicole Kidman carraspeando como tu tía Engracia de maneras extrañas o a Brad Pitt con una voz igualita a la de Peña Nieto (muchas voces de doblaje suenan igual que la del presidente, juro que no sé por qué). Quizá en los aviones, donde también hay pantallitas, te podrás esforzar por entender los diálogos en inglés, pero la gente que viaja en los autobuses no habla inglés, decidió alguien que tampoco lo habla, y no hay manera. Es muy triste. De verdad que se podrían poner los subtítulos, ni que la pantalla fuera tan microscópica. Esas limitaciones merman el prodigio de la pantalla en el autobús que a alguien de mi edad le parece un lujo exótico, hasta que me doy cuenta de que sólo puedo ver películas dobladas. Eso si no es de los autobuses con una sola pantalla que pasa una sola película y se escucha en altavoz. La voz de galán nos acompaña a lo largo del camino, con sus pausas misteriosas en lo que la boca de James Bond se estira para formar algo que parezca español. Nos puede arruinar el paisaje más bonito.

Alguien inteligente, no como yo, me dirá que qué alzada, cuán políticamente incorrecta, pero yo digo que no, lo del doblaje es un tema de educación pública. Escuchar películas en otro idioma y con subtítulos ayuda a aprender esos idiomas y favorece la familiaridad con sus sonidos. Y leer subtítulos es… leer, caray. ¿Por qué hablan tan mal inglés los españoles? Porque durante muchos, muchos años, no vieron sino películas dobladas (todavía recuerdo una versión baturra del Cotton Club, de Coppola). Caray, habría que decir que leer subtítulos y ver la película ayuda a prevenir el Alzheimer, a ver si así.

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