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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Es domingo. No pudimos dormir. Nuestro vecino enguarurado –o el cuidador de su gran terreno– dejó fuera al “perro que cuida”. No en la calle. En el patio. Horas de llanto lastimero. Durante el día los albañiles que trabajan ampliando su palacio utilizan taladros, esmeriladoras, martillos. Encima de todo, claro, se comunican a gritos y sintonizan música en decibeles impropios. Frente a ellos, una escuela pública intenta educar a cientos de niños que, apenas llega la salida, lo llenan todo con desperdicios de golosinas mientras gritan tocando timbres vecinales.

Un día antes tampoco dormimos. Cierta marca de tenis organizó una carrera en el parque que está cruzando la avenida. La noche se diluyó en el sonido de quienes levantaban tribunas, puestos y baños desmontables. A las 6 am comenzó la vorágine del DJ contratado para animar a los competidores. Música de antro cruzó el amanecer rompiendo el sueño de ardillas horrorizadas. Convertida en club nocturno, la calle se pobló con gritos que llamaban al punto de salida. Quedamos secuestrados por el conductor del evento que parecía estar en una fiesta de quince años: “¿Cómo la están pasando? No los escuchooooooooooooooo.”

Pasadas tres horas de tortura, nuestro vecino respondió así cuando le suplicamos que no se pusiera a cortar madera con sierra eléctrica: “Hacen más ruido el perro y los de la carrera.” Toda la semana convierte su casa en taller improvisado. Nada podemos contra su contaminación auditiva (ni contra la tubería que baja de su lavadora directamente a la calle). Vive en el Medioevo. Pero hoy es domingo. “Por favor”, le decimos. Su contestación, empero, ejemplifica la manera como nos relacionamos. Sin respeto físico menos habrá respeto auditivo.

“Se escuchan más el perro y los de la carrera.” Justificación por efecto dominó. Si nadie atiende al oído ajeno por qué ha de hacerlo él. Ante nuestra insistencia accede a callarse. Luego volverá a la carga al igual que los albañiles, quienes no tienen permiso para trabajar el séptimo día de la semana. Alguien llama a la patrulla. Llega. Regresa el silencio. Más tarde volverán a la carga y retornará la Ley. Un cuento de nunca acabar. “Si están adentro del terreno no podemos hacer nada”, explica el policía. ¿Le suenan conocidas estas historias, lectora, lector?

Nosotros somos músicos. Soportamos bien el mundo aéreo. Esta columna no es una queja sino una reflexión sobre lo que el imperio del ruido ocasiona en la vida cotidiana y, más aún, en la percepción de la música. Ese Imperio del Ruido, diría un amigo, que se aprovecha del silencio, superficie que acepta trazos violentos, espacio sin fronteras que conduce empatías, insensibilidades y revanchas. Vehículo de la ira inmediata. Tesoro de quienes pueden aislarse con dinero.

Fue en 2004 cuando escribimos un artículo sobre los sonidos de Ciudad de México para la revista Rolling Stone. Grabamos lo que ocurría en las calles del Centro un 12 de Diciembre. Hablamos con autoridades. Ni la Organización Panamericana de la Salud, ni la Secretaría del Medio Ambiente de México, ni el Instituto Nacional de Ecología mostraban indicadores de ruido. El entonces director del Centro Nacional de Investigación y Capacitación Ambiental nos anunció la creación de sistemas para la estadística del fenómeno. En la Secretaría del Medio Ambiente del otrora DF nos hablaron sobre un plan para formar la Red de Monitoreo de Ruido. Nada prosperó.

Nuestra relación con el volumen siguió empeorando. Escudo involuntario, la música se impone a vendedores, establecimientos comerciales, artistas callejeros, cláxones e imprecaciones que reflejan encono generalizado. Sea en directo o a través de audífonos, el arte sonoro cumple función de máscara, de tapadera, de obstáculo para detener al entorno sonoroso. La estridencia llegó para quedarse. Se presenta en los políticos gritones. En conductores de radio y televisión gritones. En clientes gritones de restoranes con televisiones prendidas y música de fondo.

La Declaración de la Asociación Médica Mundial sobre la Contaminación por el Ruido (adoptada en San Pablo en 1976 y revisada en Singapur en 1984 y en Marbella en 1992) dice: “Los niveles excesivos de sonido producidos por fuentes industriales, sistemas de transporte, sistemas de audio y otros medios, pueden llevar a la pérdida permanente del oído, a otros efectos patofisiológicos y a trastornos emocionales.” En ella se estableció el 24 de abril como Día Internacional de Concienciación Sobre el Problema del Ruido. Nadie lo celebra.

Piense pues en la basura invisible que produce su presencia. No deje que sea el ruido el que anuncie su estar ni su llegada. Aléjese de la estridencia. No acepte que sus conversaciones y momentos musicales pierdan la batalla. En la calma es más fácil encontrarnos. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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