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Lolita con velo
Por Eve Gil

El 10 de febrero de 1978, las mujeres iraníes –profesionistas, universitarias, intelectuales – se van a dormir preocupadas por el rumbo que toman las cosas en su país. Se desmaquillan sin imaginar que no volverá a tocar los cosméticos. Y cuando despiertan, la República Islámica estaba ahí: imposible salir a la calle si no es con un chador, tipo de velo intermedio al precioso hiyab y a la pavorosa burka, pero más próximo a ésta.

Azar Nafisi (1948) es hija de Ahmad Nafisi, exalcalde de Teherán, y de Nezhat Nafisi, primera mujer en ser elegida para el parlamento iraní. Su padre le leyó a Rumi, Hafez y Khayam, entre otras glorias iraníes de las letras, condenadas a la hoguera por el ayatollah Jomeini. Se doctorará en Literatura inglesa y estadunidense en la Universidad de Oklahoma. Por la época del golpe al sha Reza Pahlevi, occidentalizador de Irán, Azar lleva dieciocho años impartiendo cátedra en la Universidad de Teherán, transmitiendo su pasión a diversas generaciones, incluso a los más renuentes a dejarse seducir por la cultura occidental. La catedrática se las ingeniará para mantener la dinámica de la clase, eludiendo a los vigilantes de la moral que merodean por los pasillos de la universidad. Cualquier tontería amerita una retahíla de azotes, desde mordisquear “inadecuadamente” una manzana, hasta la lascivia de un hombre santo que responsabilizará de sus malos pensamientos al objeto de su deseo. Y si una condenada a muerte es virgen, será violada tumultuariamente antes de pasar al paredón, para frustrar su ingreso al cielo.

Irónicamente, la abuela musulmana de Azar sufrió por lo contrario: se veía impedida a portar el velo durante el gobierno liberal del sha, pero se rebelaba. Azar se niega, como su abuela, a que decidan por ella. Como la mayoría de las iraníes disfruta intensamente cualquier acto subversivo, por insignificante, por íntimo que sea… como pintarse las uñas de los pies. Terminará asqueada de las exhaustivas inspecciones de ingreso al campus, donde verifican hasta el color de su ropa interior. Su único consuelo y mayor acto de subversión es el club de lectura que ha formado en su casa. Las jovencitas llegan arrebujadas ante su puerta para, una vez dentro, arrancarse el chador y transformarse en chicas normales que visten jeans, se esponjan el cabello y admiran a Madonna. Sus visitas a la doctora Nafisi no sólo les permiten engullir helado de café con almendras sino, sobre todo, adquirir conciencia crítica a través del fervor literario; de las novelas de Nabokov, el que más les gusta junto con Jane Austen. Se vuelven conscientes de la injusticia de la que son objeto a manos de una horda de hombres y mujeres fanatizados, patrullando a bordo de Toyotas, prestos a azotar sin piedad a cualquier chica que deje expuesto un tramo de piel o un mechón de cabellos.

No tardaría en desencadenarse el bombardeo irakí; a las loas al Ayatollah se suman las enloquecidas sirenas rojas y blancas. A las mujeres se les exige dormir envueltas como momias para proteger su pudor de los ojos invasores, en caso de perecer bajo las bombas, y Azar se avitualla de libros que lee a la luz de una vela, guardando como hoja seca su miedo al interior de Orgullo y prejuicio. Es durante aquella época que empieza a escribir crítica literaria y surgen diversos ensayos sobre Nabokov y la crónica novelada Lolita en Teherán (El Aleph, 2003, traducción de Ma. Luz García de la Hoz). Continúa reuniéndose en secreto con su mejor amigo, conocido intelectual al que denomina “mi mago”; relación que se prestaría a los peores entendidos pese a que Bijan, el solidario esposo de Azar, está enterado. Durante su último encuentro con su amigo en una pastelería, huyen de la acechanza de una patrulla de la decencia que no perdona que un hombre y una mujer que no sean marido y mujer compartan una mesa. Es cuando la profesora se dice, con mayor firmeza que nunca: “Me voy, no puedo más”. Su esposo, próspero ingeniero, decide seguirla junto con sus dos hijos.

El 24 de junio de 1997, la familia marcha con rumbo a Estados Unidos. Actualmente Azar Nafisi imparte cátedra en la Universidad John Hopkins, en Washington. Nunca perdió contacto con sus alumnas, algunas de las cuales siguieron su ejemplo y salieron de Irán. De “su mago” no volvió a saber nada: él mismo le pidió no dar señales de conocerlo, por el bien de los dos. Aunque ha editado varios libros posteriores a éste, en especial ensayos, sólo se ha publicado en España Cosas que he callado.

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