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Platicar con Trotsky

El 21 de febrero de 2016, en el número 1094 de este suplemento, se publicó la traducción del árabe al español del quinto capítulo de Istijdam al-Hayat (El uso de la vida), novela del escritor egipcio Ahmed Nayi (Mansura, 1985). En aquel entonces, Nayi enfrentaba un juicio en la corte penal de su país por haber “difamado la moral pública”. Según esto,

la lectura del dicho capítulo, que apareció en el suplemento cultural cairota Ajbar al-Adab, le causó un “trastorno del ritmo cardíaco, fatiga severa y presión baja” a un ciudadano egipcio, según la demanda del procurador del Estado. Mientras la corte penal declaró inocente a Nayi, el 20 de febrero del año pasado otra corte superior lo condenó a un máximo de dos años de encarcelamiento. Nayi fue llevado directamente de la sala del tribunal a la cárcel, donde purgó sentencia por diez meses. Ahora se encuentra fuera (“libre sobre el asfalto”, como dicen los egipcios respecto de sus prisioneros políticos cuando salen de la cárcel) pero tiene prohibido salir del país y está a la espera de una sesión del tribunal para seguir con el proceso de apelación, que se llevará a cabo el próximo día primero de abril. El 16 de mayo de 2016, Nayi fue galardonado con el pen/Barbey Freedom to Write Award (Premio Libertad para Escribir).

Este cuento fue escrito por Nayi en 2008 y nos fue enviado por el mismo autor para su publicación en lengua española.

 

Shadi Rohana

 

En las tiendas Tawhid & Nur se concentran casi todas las lámparas de neón de Egipto”, fue lo que le dije a Trotsky mientras comíamos juntos en el restaurante Star, en la Plaza Líbano, en Guiza. Las palabras salieron de mi boca corriendo, como si formaran un proverbio chino cuya sabiduría milenaria es incuestionable. Trotsky colocó en su boca un pedazo de papa horneada y asintió con su cabeza. Trotsky me deja nervioso cuando asiente con su cabeza, así que seguí hablando:

“Las tiendas Tawhid & Nur se encuentran a lo largo y ancho del país. Todas las ciudades, con cada una de sus colonias, las tienen. Es que no importa el nivel econó-mico o social de los habitantes. La colonia Zamalek tiene Tawhid & Nur, en la delegación Muhandessin existen las Tawhid & Nur, en Plaza Guizah Tawhid & Nur, en la calle Faisal Tawhid & Nur, en la delegación Shubra Tawhid & Nur, en Mansura no faltan las Tawhid & Nur, en Alexandria Tawhid & Nur, en Minya, en el sur del país, tienen Tawhid & Nur, en Quena aún más al sur la gente hace sus compras en Tawhid & Nur, en la ciudad de Al-Sálam, en la Ciudad Nasser, entre las mansiones de Maadi… Todo el mundo acude a su sucursal de Tawhid & Nur. Yo opino que lo que distingue a nuestra querida república es su carácter nur-aniy, o sea, ser bendecida por la luz de Dios, y que en ella, en cada uno de sus rincones, se predica el tawhid: la proclamación del Único, es decir, afirmar que Dios es el único dios, el omnipotente, el omnisapiente. Y déjame decirte que los trabajadores de Tawhid & Nur son los que decoran las vitrinas de sus tiendas con el mayor número posible de lámparas de neón.”

Tomé la manguera de la shisha y ronroneé. Eché una nube de humo en la cara de Trotsky y seguí hablando:

“Pero la cosa es que las mercancías que te venden en Tawhid & Nur son conocidas por ser malas, malísimas. Ya sea la ropa, zapatos, artículos para el hogar… Todo lo que te venden ahí son productos sin ningún sentido de originalidad ni de estética. Para colmo, en la mayoría de las sucursales a los trabajadores no les importa mantener limpias las muestras exhibidas. Imagínate: las muestras están llenas de polvo. Dado que las vitrinas están repletas de las lámparas de neón, lo que ves es polvo acumulado y mezclado con el mal gusto de colores y diseños; una fiesta de mal gusto iluminada por la luz blanca del neón.”

En la mesa de al lado se sentaron tres chicas con las cabezas cubiertas por el velo. De vez en cuando se escuchaban sus carcajadas chillonas. Una nube de humo sabor a manzanas las rodeaba. Una nube intensa, un sabor indistinto.

“Tawhid & Nur… Mira, es que esas tiendas ¡me encantan! Son como un modelo pequeño, un espejo que refleja la mierda que es la sociedad egipcia de hoy. Tawhid & Nur son el orgullo de lo hecho en Egipto; son el producto de siete mil años de civilización concentrados en unos seres atormentados por la paranoia perfecta y que sufren de las enfermedades más feas que pueda padecer un alma humana. Es que esto es lo que somos los egipcios de hoy. Ya sabes; todo lo que ves en las otras civilizaciones del mundo es nada más ni menos que puras copias tal vez algo mejor que el original, es decir, Egipto. Nosotros hemos transcurrido todas las etapas de la civilización humana. Lo que hacen los gringos hoy ya lo habíamos hecho nosotros hace miles de años… Somos el orgullo de la humanidad. Hablo en serio, ¿eh?”

Miraba hacia las chicas mientras intercambiaban tonos para sus teléfonos celulares. Uno de los tonos llamó la atención de Trotsky, quien volteó su cara hacia ellas. Después volvió su cara hacia mí y seguía asintiendo con la cabeza, lo que me puso más nervioso.

“Por ejemplo, paseando por los pasillos Tawhid & Nur, si te fijas en las caras de los niños, siempre es lo mismo: o están llorando, o están deprimidos. Nunca les gusta la ropa que les compran sus papás. Pero los pobres papás no pueden comprar ropa en ningún otro lado. Lo que les están comprando a sus hijos es ropa nueva para las fiestas, y los hijos saben que van a llevar la misma ropa puesta todo el año hasta las próximas fiestas o por lo menos hasta que entren de nuevo a la escuela.”

Trotsky levantó el dedo para indicarme que acabara de llegar al meollo del asunto. Dijo:

“Entonces, es la pobreza.”

“Sí, la pobreza.”

“Qué cosa tan fea, la pobreza.”

“Sí claro, es feísima. Pero fíjate, Davidovich, que las paredes de Tawhid & Nur están llenas de posters de ésos que te dicen ‘Reza a Dios’, ‘Hermana, pon tu hiyab’, ‘La fe en Dios es un tesoro inagotable’… Si un día vas a visitar, dentro de las tiendas vas a escuchar, de repente, la voz de un imam saliendo de las bocinas y que predica sobre la austeridad de los primeros cuatro califas que sucedieron a Mahoma, o sobre cómo el Profeta una vez tenía dos piedras atadas a su estómago para pasar hambre. Así, en los umbrales de Tawhid & Nur puedes observar a un buen número de egipcios que, al salir de la tienda, repiten frases como ‘La salud es lo primero’, ‘La fe en Dios es un tesoro inagotable’, ‘Hoy, gracias a Dios, hemos arropado a nuestros hijos y alhamdulillah’, mientras asienten con sus cabezas.

Una de las chicas se levantó de su silla y se ubicó detrás de las otras dos. Acercaron sus cabezas mientras una de ellas les mostraba un video o una imagen en la pantalla del celular. Fumé un jalón de la shisha y solté el humo hacia el techo.

“Déjame explicarte una cosa, Lev. La lámparas de neón chupan las energías de tu cuerpo, causan inercia. Por eso las usan en los hospitales para calmar a los pacientes, o en los lugares de trabajo para subyugar a los empleados y tenerlos bajo control. Déjame decirte que todos los empleados en Tawhid & Nur son jóvenes de ésos que tienen títulos universitarios. Antes no tenían barbas. Pero después de un tiempo de trabajar, expuestos a las luces de las lámparas de neón, les comienza a crecer la barba. La cuidan muy bien, la barba. Junto con ella les crece una pequeña panza, y poco a poco los ves ascendiendo en la escala laboral. Los comienzas a ver como cajeros, como jefes de piso. En las tiendas Tawhid & Nur tener barba es una condición necesaria para ganar un ascenso.”

Trotsky tomó la botella de catsup. La apretó y extrajo el líquido rojo mientras apuntaba a la esquina de su plato. Luego tomó un trozo de papa. Tras bañarlo en catsup lo lanzó a su boca. Dijo:

Es bien sabido cómo el capitalismo crea patrones de consumo para crear una hegemonía cultural, y así, legitima su domino…”

Aquí yo me vi obligado a interrumpir a Trotsky, pues volvió a agarrar la botella de catsup y comenzó a llenar su plato con el líquido rojo:

“Sí tienes razón, pero, hombre, Bronstien, tran-quilo con la botella del catsup. Así te vas a engordar y arruinar tu dieta.”

Me miró descontento y devolvió la botella de catsup a su lugar. De repente se escuchó un grito corto desde la mesa de al lado. Una de las chicas retiró su silla y súbitamente se levantó. La jarra de agua había caído y mojado el pantalón de lino blanco que se pegó a sus muslos. Caminando hacia el baño, se veía entre sus muslos una línea de rojo claro que chorreaba desde la parte delantera del pantalón

 

Traducción del árabe al español de Shadi Rohana

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