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Bajo el ala del sur (fragmento)

Al sentir las canicas de hielo rebotar en las puntas de sus zapatos, Felipe comprendió por alguna razón que el mundo se abría frente a él. Terca, la lluvia sobre su cabello lograba reavivar con cierta nostalgia las cosas que más amaba de su tierra: el alucinante espectáculo de la puesta del sol visto desde la baranda del quiosco oriente, el tierno olor de la cantera mojada, el capricho de los globos de Cantoya, la nieve limón, la sonrisa de Amanda, sus interminables aventuras en los jardines de la plaza…

Andando, a veces, sus pies se hundían en el lodazal. En terreno resbaladizo la tarea será difícil, se decía, mirando la cuesta. Su reloj marcaba las 7:30. Con agilidad de gato montañés lograba llegar a las Cruces dando alcance a la brigada de Mariano donde éste, impaciente, hacía señas adelante y atrás con el puño en alto para sincronizar los movimientos de la formación triangular: que los del fondo oteen el terreno con las telescópicas del rifle; alisten también los radios y las luces de bengala; recuerden que pase lo que pase, el objetivo es proteger lo que nos pertenece… y cuídense bien las espaldas, terminaba alertando a los muchachos en el momento de rotar las posiciones de avance.

Con un ojo, Felipe, echando un rápido vistazo a la mon-taña cada vez más parecida a una cabeza rapada a la mohicano, se cercioraba, en contrapunto, de que por los llanos un pabilo de humo emergía del nuevo campamento de soldados.

Cesaba la lluvia. Allá, las cortadoras de los talamontes paraban su mecanismo en el evidente sobreentendido de haber sido descubiertos. En aquel crujido donde la cacería audaz de un petirrojo por un halcón mostraba el cielo magnificente, se crispaban los nervios, se perlaban las frentes de sudor, sobre cuya piel, el silbo del viento delineaba prietos arabescos.

Sin tanto averiguar, en pocos minutos, los rifles automáticos comenzaron su trabuco. El movimiento fue veloz. A lo lejos se oía el rugido de camiones en huida. Con toda seguridad sus centinelas habían dado cuenta del avance de nuestras brigadas y en su franca desventaja no quisieron responder. La brigada, ahora, se desplazaba desde las puntas de atrás hacia adelante para alcanzar la formación lineal y un nuevo frente. Entonces era el turno de Felipe, quien, retrocediendo unos cuantos metros, se encaramaba casi en la copa del pino más alto. Desde esa posición Porfirio quedaba perfectamente fijo en la mira. Era él sin lugar a dudas. Felipe preparó la mejor focalización de su ojo. Se podría decir que el punto central del eje cartesiano de la lente circular perseguía los pasos de esos pies que aparecían y desaparecían entre la maleza. Pies descalzos que evocaban brutales carcajadas diluidas en la imagen del polvo alborotado por el rechinar de neumáticos el día de la ejecución de su Viejo… Entre la alharaca de pájaros asustados… la dinámica del disparo fue infalible.

Al reventar la rodilla izquierda, se vio rodar a Porfirio hacia los bordes del acantilado. El trabajo de perseguidor daba inicio: en segundos Felipe corría tras él en su búsqueda, mientras Mariano desde una roca seguía los movimientos con su catalejo. En la montaña el olor a miedo y las primeras gotas de sangre reconocidas en los arbustos, eran sentencia y guía. Al llegar al sitio donde la bala encontró su blanco se aplastaron algunas ramas bajo la hojarasca por la presión de sus suelas. En el contorno se notaba el uso de cocaína, el rocío en la yerba, el sonido suave de un aleteo. Sólo era cuestión de abrir muy bien los ojos, tener paciencia, dejar en libertad la circunstancia. No precipitar las cosas. En realidad Felipe no sentía prisa, ni siquiera el ansia del primitivo impulso de un ajuste de cuentas. Era cierto que la imagen del abuelo, de ángel caído, la llevaba bien metido en el alma pero… ahora se trataba de algo más profundo. Como en cualquier confusión de sueños el ojo desprenderá la roca donde tus dedos se sostienen y todo será ceniza, puñados de polvo. Nervioso, sin encontrar, Felipe tanteó el devenir de esa voz.

Notó en la yerba el arrastre de una pierna rota y huellas de pie. Sospechó de viejos trucos de despiste, pero no, porque en breves instantes, agudos quejidos y la maraña de zarzales que tanto rayaban el cuero de Porfirio comenzaron a maquinar en contra. A Porfirio de nada le sirvieron las últimas descargas a bocarriba del rifle. El desangre lo debilitaba. Emitía lamentos que se fueron convirtiendo en súplicas de ayuda, en alucinados reclamos a su padre y a Dios porque entre la minúscula rendija de sus parpados en una estela de luz, quizá, se pensó del otro lado de la muerte y con lágrimas pidió trastornado que se le concediera ese milagro, el perdón, la limpieza de toda mancha de culpa. Comenzaba a arrastrarse en círculos, a chillar, ahogado como cerdo en el matadero, cuando Felipe apareció imponente; iba hacia Porfirio, accionando el mecanismo que hizo brotar la filosa hoja de la navaja bandolera empuñada en su mano enguantada. Impasible. Mátame ya, mátame por favor, mátame por lo que más quieras, rogó Porfirio, mientras sus ojos se encontraban con la negrura de los de Felipe. Y sin comprender el misterio, Porfirio se reconoció en la tinta de una quietud insobornable; perdido en la inmensidad, en el frío territorio donde no sólo escuchaba su memoria, también un murmullo lejano, quizá de madre. O tal vez ecos. Invenciones. Otro idioma. Entonces, Cristo mío, a espumarajos dijo sin decir. Su oración olvidada fue a dar hacia el barranco rebotando en los peñascos hasta romperse.

Después de mirar fijamente unos instantes, Felipe quiso cargar con el cuerpo pero no pudo, estaba tan pesado. De la mano derecha desaprensó el rifle manchado en sus bordes de tinto. Reconstruyó entonces la silueta de aquel niño botija, taciturno y descalzo, y deseó con toda la fuerza del mundo que el tiempo, en maravilloso acto de magia, retrocediera hasta recuperar esa época casi olvidada cuando, niños, todos eran ajenos a la conformación de bandos.

De repente, le vino un instante de extraño presentimiento.

Y en ese momento lo comprendió todo porque de golpe recuperaba la noción exacta de las cosas. Al darse cuenta hizo un guiño de coraje enarcando las cejas. Era cierto, se constataba: mordieron el polvo. Inexorablemente quedaban, ahí, envueltos en una telaraña.

Bajo las nuevas condiciones no existía ni un mínimo de posibilidades.

El ejército, apostado cerca, había desplegado una intensa logística de inteligencia. Concluyendo que si ahora los pueblos periféricos también habían optado en sus asambleas generales por construirse a partir de la idea propia de un autogobierno, esto le representaba en lo inmediato, a ellos, un peligrosísimo problema. Tras varios meses de planeación entendió que únicamente en esa zona y de manera radical sofocaría los brotes de sublevación en la meseta. El anzuelo exigía un sacrificio: Porfirio. Un motivo. El plan daba sus frutos. En el avance, los de Mariano nunca protegieron su retaguardia. Los militares, mucho más avezados en táctica y estrategia, detrás de ellos fueron tendiendo un resistente cordón que comprimía toda ruta de escape.

Los mensajes transmitidos por la radio llegaban confusos a las otras brigadas que, en la emboscada, luchando valientemente, iban cayendo una a una. Todo fue inútil; finalmente, los muchachos al tomar la decisión de lanzarse carrera abajo hacia la barranca para salvaguardarse no maliciaron que también el equipo especial de camuflaje los esperaba en el fondo. El primero en caer fue Mariano, después siguieron los demás. Felipe se defendía, era un furioso león acorralado, su cuerpo sin embargo en pocos segundos quedaba a la deriva, tendido a modo de cruz sobre una piedra descarapelada por los impactos de bala.

Bajo una impotencia soterrada. En las siguientes horas su tía Ofelia y su abuela, acompañadas de Bruno, fueron requeridas para reconocer el cuerpo. A la ciudad, hicieron dos horas de camino. Mientras él miraba a su primo tendido sobre la plancha fría, la tía Ofelia le decía al oído: dicen que hay un sobreviviente. Por la tarde unas manos entregaban una bolsa negra con las pertenencias del criminado: un sobre, el reloj de plástico, algunas monedas, ropa sucia, un zapato claveteado.

Al salir de la morgue poco después de cumplir las mujeres con la engorrosa tarea de los procedimientos ministeriales, Bruno aspiró con fuerza el aire no viciado, conteniendo la respiración, el vértigo, la náusea provocada por la fetidez del gran peso de preguntas, de las que, nadie, ni Dios, bajo la noche recalentada por el viejo sol sobre el asfalto, podrían ofrecerle un mínimo de certeza

 

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