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Cabezalcubo
Por Jorge Moch

Y un soldado en cada hijo te dio


Al ejército mexicano no le gusta que los periodistas lo volteemos a ver, lo analicemos o mucho menos que lo critiquemos. A los mandos de las fuerzas armadas en general casi siempre los medios de comunicación, sobre todo aquellos desafectos al oficialismo y sus mentiras de propaganda, les causamos erisipela. Pero si les desagrada el escrutinio público (y sobre todo civil), para qué ponerse en palestra… ¿Por qué, en realidad, los soldados están fuera de sus cuarteles y patrullando nuestras calles, si esa no es la función que justifique su existencia? Hace muchas, demasiadas décadas ya, que el Ejército y en general las fuerzas armadas, lo que incluye también a la Marina Armada de México y desde luego, aunque en menor medida, a la Fuerza Aérea, no se enfrentan a las fuerzas armadas de otro país, que es esencialmente la justificación, reitero, de que existan precisamente esas fuerzas armadas, y en cambio se desempeña entre una presunta, gloriosa prestancia a la salvaguarda de los connacionales cuando se suscita un desastre natural, con el plan de emergencia nacional dn-iii, pero en la cruda, cotidiana y sanguinolenta realidad mexicana los miembros del Ejército y las fuerzas armadas se dividen entre labores policíacas, que en principio corresponderían a otras instituciones cuyas jurisdicciones y soberanías han sido trastocadas por esa guerra demencial y fratricida en que Felipe Calderón siendo presidente nos enroló a todos, con sus iniciativas de corte fascista y en los hechos criminal, y una muy, muy lamentable vocación de ariete represor de movimientos sociales o del simple descontento que ya no ocultamos millones de mexicanos hartos de tanta violencia, de tanta corrupción, de tanto cabrón cinismo y tanto execrable politiquillo ratero trepándose a las gubernaturas, el Congreso y cualquiera de las instituciones del Estado incluyendo desde luego la presidencia. Un Estado diluido, fallido, ausente, cómplice en muchos frentes del expolio y la injusticia. Un Estado enemigo del pueblo mexicano. Y el Ejército es su brazo ejecutor.

Surge el video, se riega como pólvora, de otra ejecución. La registró una cámara de seguridad en Puebla. La exculpación tácita que hace el general secretario de la Defensa Nacional, el general Salvador Cienfuegos Zepeda, es una débil estrategia no despojada de patetismo cuando afirma que lo de los huachicoleros, los ladrones de combustible, en las estribaciones de los estados de Puebla y Veracruz, es un problema previo a su arribo a la cúpula del Ejército. Pero subrayar la responsabilidad muy probable de que florecieran esas bandas criminales de ladrones de combustible, aun siendo verídico, no exenta al Ejército de rendir cuentas ante un acto criminal, premeditado, alevoso, como el asesinato que quedó registrado en video hace unos días, en ese video que circula en redes, en donde se puede ver a un hombre que fue detenido por soldados, de bruces, en el suelo, las manos en la nuca, y cómo se ve claramente que un soldado lo custodia mientras otro llega, le pone el caño del fusil en la cabeza y aprieta el gatillo, ejecutándolo extrajudicialmente. Matándolo en caliente. Sin juicio. Sin debido proceso. Sin sentencia. Así nomás. Porque un gorila de uniforme lo decidió en el instante, haciendo gala de un criterio de sicario, de psicópata, de absoluta indolencia, de pavorosa indiferencia por la vida humana. Esas escenas se ven menos en televisión que en redes sociales, como si el omitir las televisoras lo que sucede con esos soldados asesinos fuera a borrar el asunto. Estúpidos.

Habrá desde luego el vocerito oficial que diga que el hombre asesinado estaba armado, que era peligroso, que iba a hacer algo terrible.

Mentira. Estaba boca abajo y con las manos en la cabeza, custodiado por soldados que le apuntaban con armas largas. Mentira. A ese hombre el Ejército mexicano lo asesinó con una frialdad pavorosa. Y el Estado es cómplice y autor intelectual.

Porque ese soldado cobra un sueldo federal. Su paga sale de tu dinero y del mío. Y también, aunque duela reconocerlo, de lo mucho que en impuestos, en IVA, en mordidas, tuvo seguramente también que pagar la víctima a lo largo de su corta vida. Quizá, sí, como se emperra la “autoridad”, urgida de desacreditar nuevamente a una de sus propias víctimas, fue un delincuente.

Pero que yo sepa, ningún soldado está facultado para despojarnos de nuestros derechos. Todavía. Porque la nueva Ley de Seguridad Interior no es más que, precisamente, el instrumento represivo ideal que necesitaba el régimen para partirnos la madre con cateos ilegales y detenciones arbitrarias. Y parecería que la están ensayando ahorita para aplicarla con toda dureza en unos meses.

Cuando, bien lo saben, pierdan las elecciones…

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