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Casa Sosegada
Por Javier Sicilia

La ilegibilidad del mundo

Para José Manuel Mireles, al fin libre.

Para los medievales la salud del alma dependía de la legibilidad de los libros que contienen el infinito sentido de la vida, la Biblia (la palabra de Dios) y el mundo (la creación de Dios), una tarea diaria que, en la medida en que se avanzaba en su comprensión, mejoraba al hombre, elevándolo a lo divino: la culminación de lo humano. Por ello, la acedia –el rechazo de los bienes de Dios– uno de los pecados capitales sobre el que por desgracia se ha dejado de hablar, tiene como una de sus características principales la imposibilidad de leer. Sobre ella, el monje y eremita basiliano, San Nilo, un apasionado de la lectura de las Sagradas Escrituras, escribió: “Cuando el monje atacado por la acedia intenta leer, inquieto interrumpe la lectura […] y mientras tanto se llena la cabeza con cálculos ociosos […] y comienza a odiar las letras y las hermosas miniaturas que tiene frente a sus ojos, hasta que por fin cierra el libro y lo utiliza como almohada para su cabeza, cayendo en un sueño breve y profundo.”

Nuestro mundo padece la acedia. Si algo lo caracteriza, además de su violencia y su desinterés por la vida de los otros y de la naturaleza en la que vive, es la ausencia de legibilidad que coincide con una ausencia de lectura. Tal vez –es mi convicción–, esa violencia y ese desinterés sean consecuencia de aquella. No es para menos; perder la legibilidad, en el sentido de entender la escritura del mundo, implica, de alguna forma, mirarlo, semejante al monje atacado por la acedia, como un mero dispositivo técnico al que puede atribuírsele un uso perverso, el de servir para un provecho personal, el de la comodidad.

Ajeno a la legibilidad, el mundo y sus objetos, como sucede con el monje, dejan de contener una significación para convertirse en meras instrumentalidades al servicio de nuestros deseos más oscuros.

¿De dónde proviene esta ilegibilidad? De la autonomización racional del hombre que, al desencantar al mundo, es decir, al despojarlo de su carácter sagrado y trascendente, dejó de leerlo y, por lo mismo, lo convirtió en un objeto de manipulación técnica: un medio para los fines de un sujeto que, al haber conquistado su autonomía, quiere escapar de la necesidad, del trabajo, de la enfermedad y de la muerte. “Emancipado –dice Humberto Beck– de las relaciones de dependencia con un orden tradicional o simbólico, del vínculo con cualquier ‘afuera’, ‘antes’ o ’más allá’ de la razón [es decir, del orden de la legibilidad], el sujeto busca expresar y afirmar su autonomía en y mediante el dominio tecnológico del mundo.” Así, el mundo dejó de ser un sistema de signos para convertirse en una resistencia a vencer y a someter. Por desgracia, esa forma de lo ilegible, lejos de dotarnos de una mayor libertad, como era el propósito, nos ha conducido a la anomia, la violencia y el caos.

Estas condiciones no previstas del desencantamiento del mundo, han derivado, sin embargo, en una ilegibilidad mayor: “la transformación –vuelvo a Beck– en la naturaleza [en el texto de Dios] de los dispositivos tecnológicos, que pasan de ser propiamente medios para convertirse en fines en sí mismos”, haciendo imposible ya cualquier sentido, significación y comprensión, incluso la de la autonomía del sujeto. Al convertirse la técnica en un fin en sí misma, todo, desde un pedazo de tierra hasta un ser humano, se transforma en un puro artefacto en cuya ilegibilidad es casi ya imposible practicar el bien. Un mundo de artefactos transforma la naturaleza y las relaciones sociales en meras mercancías para cualquier tipo de uso.

¿Hay manera de revertir el proceso, de devolverle al mundo y a nosotros mismos nuestro carácter legible? No lo sé. A ciertos grados, la acedia llega a hacer tan ilegible la lectura de la vida que puede conducir al suicidio o, como en el caso del monje, a una ausencia de reacciones vitales: una especie de muerte en vida, un habitar en la breve profundidad de un sueño intoxicado de signos sin significado. Tal vez nuestra acedia social ha hecho tan imposible la legilibilidad del mundo que sólo nos queda el sueño en el que, como lo dice el poema “Los hombres huecos” de T.S. Eliot: “el mundo acaba/ no con una explosión, sino con un gemido”.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar, a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia y juzgar a gobernadores y funcionarios criminales.

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