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Cinexcusas
Por Luis Tovar

La descomposición

A la memoria de Javier Valdez, colega insustituible, y en exigencia de verdadera justicia.

Entre El búfalo de la noche, debut como largometrajista del nacido en Venezuela Jorge Hernández Aldana, y su segundo largoficción, titulado Los herederos, pasaron ocho años: la primera tiene registro de 2007 y la segunda de 2015, y una década entera divide sus estrenos comerciales, pues apenas el fin de semana pasado la última trascendió el ámbito de los festivales cinematográficos.

Lo anterior no sólo resulta deplorable para la carrera profesional de cualquier cineasta –a razón de una película cada diez años, incluso es difícil hablar de una carrera como tal–, sino también para la cinematografía en la que se inscriben cinta y hacedor, en el entendido de que la continuidad es condición esencial para el desenvolvimiento pleno y la potencial evolución de una propuesta autoral, y de esta última, sumada a la de sus pares, depende la buena o mala salud –la calidad, pues– de una cinematografía.

A lo anterior deben sumarse los efectos nocivos, aquí tantas veces pormenorizados, del desfase que suele haber entre el momento en que un filme nacional se produce y ese otro, postergadísimo, en el que es estrenado fuera de festivales. En función del o de los temas que estén abordándose, un lapso como el transcurrido entre que Los herederos fue concebida –sus primeros apoyos a escritura de guión datan de 2012–, y finalmente exhibida comercialmente, puede generar un desfase sin solución entre lo que postula el discurso fílmico y la realidad. Si aquél fue concebido en respuesta a una situación específica y concreta, lo más probable es que cuando el filme llegue por fin a los ojos del espectador dicha situación se haya modificado, ya sea para bien o para mal y, por lo tanto, la recreación o interpretación cinematográfica termine viéndose prematuramente anacrónica.

Fortuna e infortunio

Para fortuna del filme y, al mismo tiempo, para infortunio de la realidad, el argumento de Los herederos no ha perdido un céntimo de actualidad ni de pertinencia; al contrario. Habrá quien sostenga que la cinta tiene por tema el nihilismo-no-ilustrado del adolescente contemporáneo, cuyo vacío existencial lo ha orillado a conductas claramente antisociales y hasta definitivamente delictivas. Habrá otros que, más bien, vean aquí un reflejo crudo de la disociación social a la que nos han conducido las monstruosas diferencias económicas de clase. Habrá quienes aduzcan que el tema de la cinta es la violencia, así, en términos generales y absolutos, sólo que reflejada en la conducta del cuarteto de adolescentes protagonistas. Habrá también los que afirmen que el verdadero tema de fondo no es la violencia con sus múltiples manifestaciones, sino la decadencia y la innegable descomposición de una población cuyos gobernantes no es que en algún momento hayan abandonado la que se supondría su principal responsabilidad –es decir, la salvaguarda de la vida, que por si alguien lo ignora es el primer derecho constitucional–, sino que en realidad jamás se hicieron real cargo de la misma, dejando que dicha sociedad se las arregle como pueda en un entorno que ya sólo cabe calificar como salvaje.

 

Nuevamente para fortuna de la cinta y para infortunio de la realidad, unos y otros tendrán razón, pues Los herederos versa sobre todo eso y más: rerranse en sentido contrario los conceptos arriba descritos y se tendrá completo no el tema, sino mejor dicho el horizonte temático, amplísimo, que se abarca en esta cinta que, para rematar el eficaz análisis al que somete un tiempo –el presente tal como es vivido en la última década por lo menos– y un contexto socioeconómico específico –la clase media alta, clara y voluntariamente escindida del resto de la sociedad, e indiferente a la suerte que corra todo aquel que no pertenezca a su estamento–, propone un fragmento literal de realidad: la carta de naturalización que a estas alturas ya adquirió la barbarie en el corazón mismo de la sociedad, y sobre todo en el pensamiento y la conducta cotidianas de quienes eventualmente tomarán el lugar de los detentadores del poder económico y político de dicha sociedad –de ahí el título del filme–; la compraventa de eso que solamente un ingenuo puede seguir llamando “justicia”; la impunidad no sólo como solución a un potencial conflicto sino como auténtico modo de vida y, al final pero no menos grave, la asimilación de una verticalismo social que anula cualquier idea realizable, ya no se diga deseable, de comunidad.

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