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Jacques Bellefroid y Los caballeros de la tabla rasa

Acaba de publicarse uno de los más bellos y luminosos libros escritos en lengua francesa: Les chevaliers de la table rase, de Jacques Bellefroid (La Différence). A la vez libro de reflexión y narrativa, el autor pone en escena personas reales y personajes ficticios, transformando hombres y mujeres de carne y hueso, con nombre y apellido, en personajes novelescos así como reales vuelve a los seres de ficción. A través de unos y otros, Bellefroid (www.jbellefroid.free.fr) plantea cuestiones fundamentales. Una de ellas, el nostálgico anhelo de la tabula rasa, es propuesta a partir del juego de anotaciones escolares inventado en 1920 por los jóvenes surrealistas André Breton y sus amigos. El juego consistía en calificar, como ellos eran calificados por sus profesores, a los ídolos intocables de la cultura, como Platón, Dante, Shakespeare o Cervantes, quienes obtuvieron -15 o +3 a lo máximo. El tribunal de estos jóvenes terroristas deseaba hacer tabla rasa de la cultura.

No sólo dictadores como Stalin y Mao, césares enloquecidos como Tiberio o Nerón o, en la remota antigüedad china o egipcia, emperadores y faraones, soñaron arrasar las civilizaciones anteriores para ellos comenzar la historia. El deseo de hacer tabla rasa del presente parece ser una aspiración que vuelve cada cierto tiempo a soplar entre los hombres. Guardias rojos o muchachos del ’68. Eterno retorno y amanecer diario, fugaz, perenne. Hoy, los talibanes.

Marguerite Duras, Maurice Blanchot, Daniel Guérin, entre otros, aparecen en Les chevaliers de la table rase. Se les escucha hablar, reír, respirar. Se les puede ver, así sean fantasmales como Blanchot, el prolijo autor que aspiraba a la literatura anónima y plural en 1968. Se oye gritar a Duras el anuncio de la muerte de Balzac como si acabase de ocurrir. Se les oye discutiendo con personajes ficticios, como una pareja de hombres feministas siempre en busca de una causa por la cual militar, pero sobre todo en busca de seres condenables por su política incorrecta, para poder exclamar su indignación. Sus retratos arrancan la carcajada: la ironía de Bellefroid es fina y fría.

Como es costumbre en este escritor, la reflexión sobre el ser y el tiempo es una constante. Sus raíces se hunden en el pasado remoto de Parménides y Heráclito. Jean Beaufret, a quien Heidegger dirigió su “Lettre sur l’humanisme”, escribió sobre La grand porte est ouverte à deux battants: “El libro de Bellefroid no es ni novela ni poema, pero es palabra. La palabra no revela ni demuestra. Ella no aporta al lenguaje más que la discreción del secreto. En una época de confesiones, manifestación, proclamaciones e insignificancias, saludamos el nacimiento en apariencia anacrónico de una palabra que visiblemente no ha dicho su última palabra.”

Lector de la poesía de Bellefroid, Jean Cocteau escribió: “Sus poemas me placen. Les encuentro de vivo y de sombrío.” A su vez, René Char: “Soy su amigo, el de su obra.” Por su parte, Ionesco: “El mejor escritor de su generación.” Michel Foucault, con quien el autor de Les chevaliers de la table rase mantuvo una abundante y larga correspondencia, habló de “la largueza de alas de Bellefroid”, a quien dedicó su Historia de la locura “en signo de entendimiento, este libro sin razón”.

La escritura de este autor tiene también sus raíces en autores anónimos como el de “La chanson de Roland”, y se emparenta con la obra de La Fontaine, Molière, Nerval, Rimbaud o Proust, autores donde encuentra sus fuentes y descifra los secretos del pensamiento filosófico, el cual, según sus palabras, “pasa por el ensayo en alemán y se sirve de la literatura en francés”.

En México, José Emilio Pacheco dedicó uno de sus “Inventarios” al prefacio que hizo a la traducción al español de El ladrón del tiempo, texto donde escribe: “Jacques Bellefroid es uno de los novelistas y poetas más originales de su país y de su lengua. No se parece a nadie en su generación francesa.”

Creo que lo mejor es dar la palabra al autor y traducir unos párrafos de la prosa prístina de Les chevaliers de la table rase donde habla de México:

Una ruta estrecha, sinuosa, trepa en zigzag desde Oaxaca hasta el sitio de Monte Albán. En el autobús que nos trasporta, los viajeros tiemblan (Vilma también) un poco a cada viraje. Llegados al fin a nuestro destino, cada uno puede constatar que los arqueólogos aún trabajan en la puesta al día de lo que queda de una ciudad, un pueblo, una cultura, una civilización. Tesoro pobre, riqueza infinita: algunas piedras. El sitio se halla encaramado en altura, domina un panorama tan vasto que se extiende a pérdida de vista la inmensidad del vacío, y de esta plenitud, nombrada Naturaleza. Aquí, se posa una tabla rasa. Todo habría desaparecido si no quedasen esas trazas en el suelo, esas huellas, una escalera de piedras que sube a la cima de una muy antigua pirámide, desierta, olvidada ahí en un abandono espantoso y dominada por el silencio luminoso hasta el deslumbramiento de un día blanco, rayado de sombras que hablan. Nada habla con tal violencia como una superficie muda. No es tanto la altitud lo que da vértigo, es el precipicio de las desapariciones.

Al regreso, Francisco Toledo, en su taller de Oaxaca, frente a un vaso de cerveza mexicana, nos dice: “Quiero dibujar o pintar alguna cosa como eso.”

Misma turbación en Elea. Una mañana salimos al mar en la barca de un pescador, rumbo a Elea. Estaba, frente a nosotros, ese pueblo nombrado Velia en italiano. Allí, sobre una colina, algunas piedras. A medida que subíamos las pendientes de la colina, una vista se extendía sobre el mar hasta la línea de horizonte. Era un sitio, un observatorio privilegiado.

Parménides había recorrido estos senderos con otros eleatos. Había ido lejos, subiendo hasta lo más alto. Se había asombrado y había escrito: esti gar einai, en efecto hay ser. De todas las cuestiones posibles, la interrogación es la más infinita, y sin más respuesta que la muda.

¿Qué pasa cuando uno se encuentra frente al vacío de la desaparición y el pleno de la presencia?

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