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Jane Eyre encadenada
El libro mayor de los negros, de Lawrence Hill (Ontario, 1957), es una fulgurante nueva rama del árbol genealógico de novelas como Oroonoko, de Aphra Behn (1688), o La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe (1852).
Por Eve Gil

El libro mayor de los negros, de Lawrence Hill (Ontario, 1957), es una fulgurante nueva rama del árbol genealógico de novelas como Oroonoko, de Aphra Behn (1688), o La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe (1852); más recientemente la excelsa El color púrpura, de Alice Walker (1982), que aborda la doble esclavitud de las mujeres, sometidas a los amos blancos y a sus esposos negros… o la desgarradora, bellísima Beloved, de la Premio Nobel, Toni Morrison (1987), por no mencionar la visión crítica sobre el trato a la servidumbre negra de Flannery O’Connor; la discriminación racial contemporánea, doblemente cruel cuando involucra la homosexualidad, por Maya Angelou; la perspectiva anti-apartheid de la también Nobel de Literatura, Nadine Gordimer, o la exitosa Criadas y señoras, de Kathryn Stockett (2009). El tema parece haber ocupado más a las mujeres; lo mismo blancas que negras. Hill, hijo de padre negro estadunidense y mujer blanca, autor de varios libros aún no traducidos al español, emplea también el punto de vista femenino.

Aminata Diallo, o “Mina”, es una Jane Eyre del siglo XVIII, africana, negra y musulmana, con la marca de la luna en cuarto creciente sobre sus pómulos, que en vez de padecer el sadismo de filántropos fanatizados, es raptada por bestias no del todo distintas: los tubabs (hombres blancos); comparte penurias de adultos con adultos, algunos de su mismo pueblo. No con sus padres, arteramente asesinados. El único amigo perdurable que logra durante el trayecto, Chekura, es apenas mayor que ella. Al momento de ser raptada, Mina cuenta nueve años y es asistente de su madre, la partera del pueblo. Está a punto de pasar por “un pequeño ritual”, como amorosamente nombra su madre a la ablación del clítoris: Mina nunca se enterará de que su rapto la libra del peor de los dolores. Reducida hasta la animalización, tendrá su primera menstruación en alta mar y pasará buen rato antes de que alguien advierta la sangre corriendo por sus piernas y se apiade de ella. Para cuando desembarque en la que podría ser su prisión definitiva, la isla Santa Helena, en Carolina del Sur, Mina es una adolescente que ha presenciado las más atroces experiencias. Su experiencia como partera, no obstante, así como su inteligencia nata que habrá de florecer a niveles insospechados, la volverá no solo útil, sino imprescindible. En Santa Helena encontrará la mejor amiga que pudo soñar… se reencontrará con su querido Chekura y sufrirá una violación por parte de su comprador, el señor Appleby. Mina, que ejercerá el oficio heredado de su madre durante el resto de su vida, y cada vez mejor, se pondrá en manos de su amiga Georgia para abortar, a sabiendas de que no es dueña de su cuerpo; que Appleby no le perdonará disponer de un “producto” que podría cotizarse muy bien en el mercado de esclavos. Buscando acaso borrar la huella que el blanco maldito ha dejado en su cuerpo y en su alma, Mina se entrega a Chekura. Cuando a Appleby no le cuadran las cuentas, es decir, cuando se percata de que el embarazo de su esclava no puede ser de él, la somete públicamente a torturas físicas y denigrantes. Mina está dispuesta a lo que sea con tal de conservar a su bebé, pero es comprada por un socio de su amo y separada del recién nacido, vendido a su vez a alguien cuya identidad y paradero Mina desconoce por completo.

Corre, sin embargo, con suerte al ser comprada por Salomón Lindo, un judío de buen corazón, casado con una mujer encantadora, con quien Mina habrá de llevar una relación que nos remonta a la de la sierva Eliza y su ama, la señora Shelby, de La cabaña del tío Tom, quien ayuda a escapar a Eliza con su hijo pequeño cuando el señor Shelby resuelve vender a éste. Salomón se niega a emplear el término “esclava” para referirse a Mina, que guarda similitudes con él: como judío, Salomón reniega de que se le denomine “blanco”: “…tú eres musulmana, yo judío. Como ves, no hay gran diferencia entre nosotros […] Nuestras religiones proceden de libros semejantes. Tu padre tenía el Corán y yo tengo la Torá.” Pese a vivir con la incertidumbre del destino corrido por su hijo y su esposo, Mina se entrega de lleno al estudio de la mano del señor Lindo, y encuentra un refugio cálido y seguro en los libros… pero ni una barricada detendrá la peste, que entre otros se lleva a la querida señora Lindo… ni la traición de quien creía tan leal como los libros mismos. Se desata la guerra entre los estadunidenses independentistas y los leales a la corona británica, justo cuando Mina no es responsable sólo por ella, sino por su pequeña hija, May, producto de una última noche de pasión con Chakura. Mina se ve orillada a tomar una decisión. Algo que, políticamente hablando, llaman “tomar partido”. Los británicos hacen irresistibles promesas a los negros para convencerlos de embarcarse con ellos hasta Inglaterra: la libertad, como premisa. La comunidad de esclavos negros no sabe qué pensar, en otros momentos han sido peones de las jugarretas de los británicos contra los independentistas. Por otro lado, éstos no han sido precisamente humanitarios. Mina ya cuenta con ventajas adicionales a la de su experiencia como partera. Resulta elegida para registrar a quienes deciden seguir a los ingleses en una bitácora denominada El libro Mayor de los Negros. Se decide a apostar por los ingleses, en el preciso instante en que May es raptada por unos blancos que creía de su absoluta confianza. ¿Decidirá finalmente quedarse, a la espera del retorno de esas personas que parecían tan buenas, trayéndole de vuelta a su hija? ¿O aceptará ser la portavoz que los abolicionistas ingleses necesitan para aniquilar tan abominable práctica? ¿Es posible esperar una tercera –y decisiva– vuelta de tuerca que reunifique lo que Mina ha ido perdiendo en el camino, como sucede con la aludida heroína de Charlotte Brontë?

 

 

 

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