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Las Rayas de la Cebra
Por Verónica Murguía

Donde duele

En el momento preciso en el que escribo estas líneas, hay nueve enfermeras chiapanecas en huelga de hambre. Es la segunda vez que se ponen en huelga. Mientras, el gobierno de Chiapas se hace el sordo, a pesar de que Amnistía Internacional envió una carta recomendando que se atendieran las demandas de estas mujeres. Ellas protestan por varias razones, todas de peso: les han escamoteado pagos, hay desabasto de medicamentos y nadie sabe dónde quedaron 700 millones de pesos de prestaciones. El gobernador Velasco Coello se comprometió a subsanar parte del dinero; el depósito que hizo el gobierno es de 50 millones de pesos, aunque había prometido 280 millones. Esto, a pesar de que la administración del estado recibió en estos años de gestión de Velasco Coello la friolera de 42 mil 339 millones de pesos para gastos en salud.

Es de todos sabido en México que Chiapas es un paraíso donde los pobres viven en el infierno. Allí, miles de niños indígenas mueren por enfermedades curables y no hay agua potable en muchísimos hogares a pesar de que es el estado con más ríos. Como el suplicio de Tántalo, la gente padece hambre y sed rodeada de agua y tierra fértil, tierra que históricamente es explotada por ellos, pero cuyos frutos benefician a otros.

Según un estudio hecho por el Instituto de Nutrición Salvador Zubirán, dos de tres niños indígenas padecen desnutrición grave. En Chiapas, pues, la gente vive en condiciones muy precarias, pero sobran los recursos naturales. Y para no ahorrar en corajes, a la pésima situación del sistema de salud habría que sumar el derroche representado por tres hospitales en construcción, comenzados pero no concluidos: en Huixtla, Ocotepec y Villa Las Rosas.

Es decir, en Chiapas se replica la añagaza perpetrada por Yvonne Ortega Pacheco en Yucatán: con fanfarrias y propaganda cursilísima se anuncia el hospital. Llegado el día se amontonan los funcionarios enfundados en guayaberas, se cortan los listones, se pone el primer ladrillo y se espera pacientemente a que se cubra de lama y anide una culebra venenosa dentro. Mientras, los enfermos se mueren, los trabajadores son despedidos –aunque su labor es esencial– y Francisco Ortega Farrera, titular de la Secretaría de Salud en el estado de Chiapas, finge demencia.

En mi opinión, el sistema de salud pública, pagado con nuestros impuestos, es una de las bases del contrato social. Entre todos pagamos el cuidado de todos: esa es la idea detrás de los impuestos, la idea original. Por razones de nuestra particular forma de padecer la corrupción (paralizados y con el Jesús en la boca) y porque a los funcionarios públicos mexicanos les aqueja una variedad de locura que les hace creer que el dinero del erario es suyo, esta piedra angular de la sociedad se está resquebrajando.

Me obsesiona. Pocas actividades de un gobierno están más llenas de repercusiones concretas y significados simbólicos. El buen samaritano, el amor al prójimo, la compasión, el no robarás, todo eso ha sido transfigurado en un ladrillo verdoso que se desmorona, hundido en la maleza chiapaneca (o yucateca o veracruzana…).

Además, en estos días de pleitos en Estados Unidos por razones parecidas, es decir, la destrucción del Obamacare, es muy difícil escapar de la mirada puesta sobre el hospital a medio construir y abandonado, la imagen de las enfermeras en huelga de hambre. Y las comparaciones: los gobiernos de ambas naciones están actuando con una falta de solidaridad que tendrá como resultado el desamparo de millones. Es el “sálvese quien pueda” más descarado.

En Estados Unidos, sin embargo, quienes votaron por el Trumpcare han tenido que enfrentarse a los gritos y a las reclamaciones en vivo de sus representados en asambleas donde la gente los llena de reproches. Los políticos aparecen contritos y avergonzados, hasta temerosos, aunque no sé qué alcance puedan tener esas sesiones de furia.

Aquí no suceden estas cosas: es como si la vida política transcurriera en un planeta lejano, desde el cual se dictaran las órdenes que friegan la vida de la mayoría. Y cada día estamos más quietos, cabizbajos, apachurrados.

No nos quedemos cruzados de brazos. Por lo menos, averigüemos quién nos representa y comuniquémosle que no estamos de acuerdo con el manejo del dinero en cuestiones de salud. O si me apuran, que no estamos de acuerdo con cómo están llevando el país, con la violencia y la corrupción. Punto.

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