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Artes visuales
Por Germaine Gómez Haro

Los paisajes sensoriales de Juana

 

La historia de Juana es especial, como ella. A sus sesenta y cuatro años, exhibe por vez primera su trabajo la galería nina menocal, con curaduría de Paloma Porraz y Nancy Ramírez. La noche de la inauguración conquistó al público con su sonrisa luminosa; es una mujer que irradia una intensa luz interior. Juana nació con un don y su sensibilidad la llevó a encontrar un camino insospechado hacia la creación artística. En la soledad de su habitación, en la casa donde trabajaba como empleada doméstica, Juana construyó un universo de sueños y fantasías donde poco a poco se fue gestando una obra artística que nunca contempló ver colgada en los muros de un espacio público. Ella sentía la necesidad de crear objetos bellos con los materiales que tenía a la mano, sin ninguna pretensión más allá del hecho de crear. Cuando pienso en la frescura de su oficio, me viene a la mente Jean Dubuffet, el artista paradigmático del siglo pasado que acuñó el término Art brut para referirse a las obras “creadas desde la soledad y a partir de puros y auténticos impulsos creativos –donde la preocupación por la competencia, el reconocimiento y la promoción social no interfieren– y, a causa de estos factores, son más valiosas que las producciones de los profesionales”.

Hoy podemos admirar el arte de Juana gracias a la sensibilidad de quienes palparon en su obra la belleza y la sofisticación que la caracteriza. El primero fue el empresario Manuel Arango, filántropo y coleccionista de sensibilidad exquisita, quien comparte su testimonio para La Jornada: “En los muchos años de conocer a Juana por su cercano trabajo con la familia, jamás sospeché la vena artística que la impulsaba a trabajar calladamente por las noches sacrificando horas de merecido descanso. Su carácter y calidad humana eran notorios y apreciados, por lo que sentimos mucho cuando nos anunció que nos dejaba. Para despedirse me obsequió una de sus insospechadas obras que me sorprendió por su original técnica, colorido e imaginación abstracta. Desde ese instante me propuse ayudarla, pero ella pidió tiempo para desarrollar en la soledad de su remota vivienda rural la gran creatividad llena de energía interior. Tres años más tarde me buscó, y desde ese día sentí querer mostrar la genialidad de su arte. Así me acerqué a mi buena amiga Nina Menocal, quien gratamente impresionada hoy la exhibe en su galería.”

Siguiendo la fina intuición de Manuel Arango, Nina Menocal visitó a Juana en el Rancho Las Águilas, remoto paraje enclavado en la región montañosa del noreste del estado de Michoacán, donde vive y trabaja inmersa en el silencio y la soledad. Así lo expresa la galerista: “Fue extraordinariamente emocionante entrar en aquel cuarto en medio del campo, en ningún lugar del mundo. Por la puerta abierta veíamos la casita de Juana, sus gallinas y perros jugando, el burro solitario mucho más lejos, las montañas atrás. Se respiraba el aura de esa mujer voluntariosa, ambiciosa, que se hizo artista.” Vemos esa atmósfera intangible en el video realizado por Nancy Ramírez y la videasta Anabel Becerril que se muestra en el marco de la exposición en la galería. En ese video, Juana expresa que comenzó haciendo estos trabajos para ella pero que ahora se congratula de “hacerlos para el mundo”. Nancy Ramírez me explica cómo Juana comenzó tiempo atrás secando las flores de los arreglos de la casa de los Arango: “Veía que eran colores hermosos y sentía pena que terminaran en la basura. Así que intentaba rescatarlos y hacer algo nuevo con ellos. Pegaba aquel polvo de flores en sus primeras obras, pero al poco tiempo se dio cuenta que el color se perdía cuando se secaban.” Fue entonces cuando recurrió a rescatar otros materiales de deshecho: “Yo no lo llamo basura –dice Juana–; es material para hacer arte: un sobre, una bolsa de papel, una revista…” A partir de entonces comenzó a desarrollar su universo fantástico, valiéndose de pequeños trozos de papel recortado con extrema delicadeza que va pegando con un palillo y resistol blanco en superficies de madera o lienzos; utiliza el mismo proceso para cubrir ollas y platones de barro. Sus composiciones abstractas fascinan por la libertad de sus formas y por la increíble armonía que consigue en la audaz combinación de colores, estridentes en unos, y por la elegancia de la monocromía, en otros. “Lo primero que me llega es el título –comenta Juana– y después viene la obra. Nunca sé cómo me va a quedar…” De ahí la frescura y la inmediatez de su creación. Juana da rienda suelta a su imaginación y sigue el ritmo de su voz interior que le susurra la sutil combinación de los colores. Su espíritu noble y honesto queda plasmado en la alegría que reflejan sus obras.

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