Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Biblioteca fantasma
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Biblioteca fantasma
Biblioteca fantasma
Por Eve Gil

El Quijote en Islandia

 

En octubre, dicen los poetas, la luna se viste de novia. Y en octubre se incrementan las apuestas en las mesas de juego: ¿qué escritor ganará el Nobel de Literatura este año? Octubre es también el mes en que nació, hace casi ochenta y cinco años, un tal Gudbergur Bergsson, cuyo nombre no resulta más impronunciable que su lugar de nacimiento: Grindavik, Islandia. En España se refieren a él como El Quijote Que Tradujo Don Quijote al Islandés (y tradujo a Borges después…y luego a García Lorca). Su nombre no figura en las quinielas de los casinos, ni en las predicciones de los diletantes, pero sí en el discurso de Milan Kundera, candidato emérito a su vez, cuando le preguntan quién considera que merece semejante distinción.

Leyendo al señor Bergsson, cuya escritura posee sin duda un temperamento “kunderiano”, se me ocurre que no alberga un mínimo interés por la codiciada presea. Percibo entre líneas que no ha dejado de ser el niño que se crió en una aldea de pescadores, hijo de padres analfabetos, para quienes los golpes eran el lenguaje en que se entendían con sus hijos, tal como cuenta en la densa pero entrañable novela La magia de la niñez (2004), donde la violencia pareciera que reafirma el amor, sentimiento que se confunde con debilidad y produce vergüenza entre la gente callosa. Hay algo bruto en su escritura, en el sentido más neto. Una filosofía erigida y sustentada sobre la experiencia personal, y sobre esa base me atrevería a calificar a Bergsson como un “escatólogo” –y es posible que se trate de un neologismo– en el más amplio sentido: la obsesión por los dogmas religiosos, desde una visión agnóstica pero, sobre todo, por la muerte y la decadencia. Todas sus novelas, sin excepción, son tratados escatológicos con trasfondo autobiográfico que van directo a la yugular de la experiencia humana, sin importar credo, nacionalidad o cultura. Bergsson posee la temeridad quevediana para confrontar el propio deterioro físico y moral –y el de quienes le rodean– con una crudeza que linda la pornografía pero florece en gélida y espléndida prosa poética.

Amor duro (1999) es una novela que rebasa la simple honestidad. Construida sobre una sólida base de disquisiciones filosóficas, no encaminadas a justificar los actos de los protagonistas (dos hombres casados que mantienen una relación clandestina –el término homosexual es tabú… mejor dicho: es tabú toda obviedad y etiquetación–), sino a postular una especie de sociología del amor; un constructo del Amor en tanto tal, sin intermediarios. Ni el narrador ni su amante –cuyos nombres también se omiten; también son tabú– se asumen o actúan como homosexuales: son solo hombres que se aman; sujeto y objeto, contrincantes en una partida de ajedrez que se resuelve en la cama, pero también en el ejercicio del poder, esa otra clase de lucha que suele involucrar a los amantes. Los amantes de Amor duro también parecen obsesionados con la decadencia y su inevitable desenlace, pese a ser hombres de mediana edad (no más de cuarenta y cinco años) y la obsesión se incrementa conforme avanza la relación, como si el “sexo duro” a puñetazos, palabrotas y eyaculaciones los consumiera tanto física como mental y moralmente, pero sin reclamos de conciencia. Esas mismas inquietudes, que no “temores”, se concretan en la novela breve Pérdida (2012), cuyo narrador es un octogenario que empieza a tomar control de la soledad tras la reciente desaparición de su esposa, que amaneció muerta a su lado. Antes que derramar una lágrima, el hombre mordisquea un frío pezón de su mujer, como para convencerse de que se ha ido, o como metafórica –y definitiva– despedida de la sexualidad. La vida del narrador parece no tener otro objetivo más que un resignado conteo de sus pérdidas, al tiempo que las recupera a través de la memoria y las recrea con una visión crítica y poética a la vez; otorgándole a episodios trascendentes de la juventud el desencanto y cinismo de la vejez.

Gudbergur Bergsson, como se ha dicho, mantiene una relación cercana y entrañable con nuestra lengua y nuestros autores. A mediados de los años cincuenta del siglo pasado, vivió en Barcelona, en cuya universidad se doctoró en Literatura en Lengua Española y estrechó lazos de amistad, entre otros, con el poeta Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral y Jaime Ferreter. Ha escrito también libros para niños. En 2004 obtuvo el Premio Nórdico de la Academia Sueca. Sus pocas obras traducidas al español se encuentran en editorial Tusquets.

comentarios de blog provistos por Disqus