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Cabezalcubo
Por Jorge Moch

El diablo no es como lo pintan

 

Ni es tan malo. Posiblemente son peores en su perversa maldad los mefíticos delincuentes y los arrastrados políticos mexicanos que los sirven y los hacen sus socios y compadres. A lo mejor ni siquiera es diablo, Satanás, pata de chivo, sino una especie de moho, de hongo parasitario interestelar, de alien. De bacteria. Pero con agenda propia. Orientada hacia algo que, según se dice, habrá de llamarse “La gran fusión”. Y supondría la extinción de la raza humana en beneficio de esa otra… cosa. Que se apropia de cuerpos humanos, que cambia a la gente y la hace menos… humana, algo cruel, pero también más unida en su crueldad, más solidaria consigo misma, especie de híbrido de humano y parásito, una vez que el huésped se hace con el control del anfitrión. Que, por cierto, se volverá más fuerte, más ágil y más preciso, pero habrá de enfermar y morir en poco tiempo porque el precio de la posesión es doble: lo paga el poseído, sí, pero también lo paga el invasor. Esa es la premisa narrativa de una serie televisiva estadunidense de suspenso que está revolucionando el género de terror, trucando al tradicional demonio de todas las historias de miedo, desde el Antiguo Testamento hasta El Exorcista, de diablo con cuernos a monstruo silente, amorfo, que solamente tiene rostro –de crueldad, de indiferencia al dolor, de burla ante el sufrimiento ajeno– cuando se adueña de una persona: Outcast, que podríamos traducir como El Paria, obra del extraordinario dibujante y escritor de novelas gráficas, Robert Kirkman, sí, el mismo que ya había agitado las aguas del medio con su postapocalíptica Fear the Walking Dead, que sí, que también fue cómic antes de ser la serie de televisión que les robó el rating a todas las demás.

Y la serie, hay que decirlo, es mejor que el cómic. Fundamentalmente porque la encarnación que hace Patrick Fugit (quien ya desde chamaco se reveló como un estupendo actor cuando lo conocimos en el cine, en Almost famous de 2000, dirigida por Cameron Crowe) es perfectamente creíble. Fugit es Kyle Barnes, un hombre atormentado porque es una especie de imán para demonios o criaturas de otro mundo que pugnan por entrar en éste y desplazarnos, despojarnos precisamente de nuestro mundo para apropiárselo porque el suyo ha colapsado, dicen.

La pequeña ciudad de Rome en Virginia del Oeste, en Estados Unidos, donde vive Barnes con su mujer y su pequeña hija, parece ser el epicentro de una migración masiva de esos “otros”, que a ratos hacen creer al espectador que son efectivamente demonios salidos del infierno con la misión de dislocar la vida en nuestra dimensión y tiempo, pero de pronto se antojan simples colonos, desesperados por encontrar un mundo para ellos y su descendencia. Se trata entonces, también, de un éxodo desesperado, una última oportunidad para toda una forma de vida organizada y pensante. Pero el hombre es esencialmente una criatura egoísta y competitiva y el asunto se complica porque Barnes, como algunos otros humanos, descubre que tiene en contraparte, además del irresistible poder de atraerlos involuntariamente, el de exorcizarlos, expulsarlos del cuerpo de sus víctimas-anfitriones-humanos en forma de un fluido negro y espeso que sin embargo, segundos después de ser expuesto, se disipa, se convierte en humo y tenues restos de ceniza: el “faro”, como le llaman los poseídos, tiene así también un poder de enorme destrucción para la integridad de los demonios o parásitos o extraterrestres o lo que sean.

Pero lo que no cambia es el pavor. La serie ha tenido varios directores, pero se mantiene fiel a las atmósferas opresivas y oscuras, muy noir, del cómic de Kirkman gracias a los guiones adaptados de Jeff Vlamming, de larguísima trayectoria en el medio como escritor y productor de series televisivas de bastante éxito como Battlestar Galactica o Xena, Warrior Princess.

Parte de esa nueva generación de series televisivas que compiten en calidad de producción con el cine, Outcast ofrece una manera novedosa de interpretar el mal.

Que es finalmente algo tan, pero tan humano

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