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Cinexcusas
Por Luis Tovar

La inminencia del ápice

 

no es como el célebre instante al que Goethe pidió que no se fuera, pues era tan hermoso, sino quizá exactamente lo contrario: ni bello ni fugaz, mejor dicho, demasiado parecido a un tiempo que parece que se estanca, hora y minuto que dilatan sus fronteras como queriendo para sí todo el espacio y acaban ocupándolo, no sólo en los términos dictados por la física sino en esos otros que no por ser de nebulosa definición son menos decisivos: los que corresponden al tiempo interno, el que cada quien percibe no en las cosas sino en uno mismo.

No es tampoco el ocio entendido como saldo, recompensa o resultado de labores previas, ése que una vez ganado se utiliza, o al menos es propicio para la contemplación pausada del mundo y de sus cosas, de la gente y sus asuntos, de uno mismo y sus pensares, si los tiene, y si no los tiene precisamente entonces, en el ocio, es que los concibe y les da forma.

No es por cierto el silencio igualmente bien ganado, sin el cual ninguna posibilidad hay de escuchar la voz de adentro, ésa que habla de lo único importante y lo hace en un lenguaje intraducible para todo aquel que no sea uno, porque a fin de cuentas sólo uno sabe de lo que habla cuando no habla y el discurso, elocuentísimo, corre a cargo del silencio y no de uno.

No es finalmente la soledad completa, ésa que, además de no admitir la presencia de ninguno salvo uno, es impracticable y hasta se convierte en todo lo contrario si alguien más anda por ahí queriendo también sentirse y saberse solitario: a la hora de necesitar la soledad intensa, basta con que uno más esté presente para que dé la impresión de hallarse en medio de una multitud, y es paradoja deleznable, pues ya se sabe que de las soledades apiñadas no se hace ninguna compañía.

 

El ocio del instante silencioso

Es como para preguntarse cuánto dura un instante, o como querer averiguar la dimensión de un ápice, o cuándo puede realmente decirse que algo es inminente. Si por ejemplo el primero dura lo que dura una jornada de trabajo entera, ¿puede seguir siendo llamado de ese modo, instante? Si en el ápice consiste el todo, ¿es válido considerarlo sólo en tanto parte? Y si aquello que habrá de suceder, que se supone que siempre está a punto de, jamás sucede pero se tiene que estar listo para cuando por fin llegue, ¿puede hablarse de inminencia?

Es entonces el tiempo mismo como representación perfecta del vacío, algo así como una oquedad con manecillas, un abismo dividido en veinticuatro partes, o por lo menos las ocho que dura el horario de trabajo: instante afectado de gigantismo y peor aún, dispuesto a renacer al otro día y al siguiente.

Es, por lo tanto, el ocio como variante o sinónimo del tedio, y para que no tenga tanto parecido con la muerte, habrá que disfrazar esa quietud como se pueda: tomar la escoba, medir el piso, cumplir con los horarios, fingir un estado alerta para cuando llegue un Godot que ni siquiera sería de carne y hueso sino, se supone, un cargamento de astabanderas por almacenar.

Es, y sin remedio, un silencio mendaz porque se vale de palabras, pero huecas, para sostenerse y sostener al que las dice pues el otro, el silencio de a de veras, de seguro sería insostenible: entre uno que habla para no escuchar lo que su propia voz le dice adentro, y otro que responde apenas para que no interrumpan el diálogo consigo mismo que tanto tiempo lleva sosteniendo, aquello no es diálogo ni monólogo con pausas; mucho menos es silencio.

Es, en consecuencia, la soledad al cubo como la definió Francisco Hernández: una que, por partida doble, aísla más a los que se la han hallado en suerte o quién sabe, tal vez se la han buscado y ahora que la tienen, uno de salida y otro comenzando, la consideran incanjeable, inalterable, interminable, ni más ni menos que como el ápice de eternidad oculto en el instante detenido, igual que el ocio disfrazado de trabajo, idéntica al estruendo agazapado en el silencio.

Perfecto en su contradicción, el almacén vacío adonde nunca llegará nada ni nadie que no sean los propios encargados de recibir un cargamento que se sabe inexistente, los resume y representa: su existencia es exactamente ésa, la de un almacén condenado desde siempre a estar vacío, sólo soportable gracias al engaño, dulcísimo y amargo, de que es inminente el instante en el que un ápice de sentido llegue a justificar la espera.

Almacenados, Jack Zagha, México, 2015.

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