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Paso a retirarme
Por Ana García Bergua

Huir del show de Trump

 

En los últimos meses me he dedicado a seguir en la prensa y la televisión la telenovela que se podría llamar Absurda elevación y deseable caída del magnate Donald Trump. Así, mientras en nuestro triste país la gente desaparece, los periodistas son asesinados, los políticos se sirven con la cuchara grande y sin el menor escrúpulo, y la desazón planea como una sombra por todas partes, uno ve las llamas del escándalo (¿qué tal la imagen, eh?) cercar al desagradable imbécil que los gringos se autoimpusieron como presidente.

La verdad es muy doloroso ser testigo de cómo allá en el norte las tales llamas se alimentan y se propagan y se arman interrogatorios, y juicios y comités de senadores que exigen esto y lo otro, y hay alcaldes y jueces que se niegan a acatar leyes absurdas, y hay ciudades que defienden a los indocumentados y los periódicos rastrean hasta el último movimiento de la camarilla de Trump, y él mete la pata a cada twitter que garrapatea y todo se le investiga al muy despreciable, al punto de que estamos ciertos de que tarde o temprano lo vamos a ver vencido y avergonzado. Y eso que nos daría un enorme gusto a la gente corriente de buena parte del globo es paradójicamente muy doloroso, decía, porque aquí hemos tenido escándalos de todos tipos –uno, muy serio, que involucra al propio presidente, el cual hizo lo mismo que está haciendo Trump, es decir designó al cuate que lo iba a investigar–, además de las masacres y los asesinatos y los gobernadores y las fosas y el desastre y las leyes de todos los colores y no pasa nada, nada de nada que nos haga sentir que alguien en los gobiernos o las cámaras o los juzgados o las secretarías pugna y avanza y cerca como las llamas antedichas para remediar esta situación. Hablo de los gobiernos donde están los medios para lograr cosas, no de la sociedad civil, donde sé que muchos grupos luchan admirablemente para cambiar las cosas. Pero las voces parecen caer quiénsabedónde y mientras tanto, en el estado de derecho (una provincia que no sabemos dónde queda, si junto al estado de Coahuila o al de Yucatan), todo son cálculos y patadas y despensas para elecciones deprimentes.

Y pues veo a los medios estadunidenses burlarse de Trump, a John Oliver, a los excelentes cómicos del Saturday Night Live (¡qué admirable es la cultura de nuestros vecinos, la verdad!) y me lleno de envidia porque sé que eso, tarde o temprano, llegará al puerto en el que Trump no sea más presidente del país más poderoso de la tierra –bueno, eso dicen–, la tierra del hotdog y del helado, y siento como si viera una serie de Netflix (otra) un poco tortuosa y aterradora (en especial cuando salen a relucir los norcoreanos y las ojivas nucleares), pero que terminará bien, o por lo menos aterrizará suavemente en algo emocionante antes del fin de la primera temporada. Así me siento, como una espectadora de televisión que presencia el espectáculo más patético del mundo, impresionantemente patético, mientras la casa se le incendia y a sus compatriotas se los traga un hoyo –y Trump deporta a más compatriotas a que se los trague el hoyo– y no hay ley aquí que valga o dé una esperanza, ni comité ni artículo ni protesta que sirva de una chingada (con perdón) aunque sean del mismo tamaño o más grandes.

Hoy que escribo este artículo, martes 16 de mayo de 2017, nos desayunamos con la noticia del cobarde asesinato de Javier Valdez, el periodista de esta casa editorial y de Ríodoce allá en Culiacán. Este periodista tan querido en el medio llevaba años documentando la vida de las víctimas del narco, la secuela de impunidad y falta de justicia que deja esa guerra en todo el país. Y lo peor de todo es que es más probable que el domingo 28 de mayo, cuando si me va bien este artículo tendrá el privilegio de ver la luz a un lado de vuestros desayunos, Donald Trump haya sido destituido, que aclarado el artero crimen de este periodista y tantos otros que han ido sucumbiendo a lo largo de todo el país en los últimos años por haber informado del horror a sus compatriotas. Lo más seguro es que no habrá ocurrido ninguna de las dos cosas, pero en Estados Unidos hay un estado de derecho, extraño si queremos, que vuelve siquiera posible el envío de Trump al salón nauseabundo y dorado del que nunca debió haber salido, o incluso a una cárcel, y esto de aquí funciona, en las partes en las que funciona, de milagro.

De verdad que es triste.

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