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Prosaísmos
Por Orlando Ortiz

Números vemos, certidumbre no tenemos

 

A raíz de “Las cuentas de la militarización”, artículo de Laura Atuesta publicado en la revista Nexos de marzo, no pude evitar algunas reflexiones. Reconozco que el artículo de esta autora es extraordinario, pues en pocas páginas hace un recuento objetivo, tomando como apoyo la base de datos del Programa de Política de Drogas del CIDE. La base de datos está elaborada con cifras proporcionadas por el INEGI, y también con otras no oficiales que les entregaron de manera anónima hace tres años.

El artículo confronta la posición de quienes señalan con índice de fuego al Ejército Mexicano y las fuerzas armadas como causantes del incremento de la violencia en el país, y la de quienes acotan dicho incremento apuntando un vínculo de causalidad entre los operativos militares y la violencia.

La autora sostiene que la guerra contra las drogas “instrumentada desde hace más de 10 años ha generado resultados nefastos en términos de violencia y violaciones de derechos humanos. Independientemente de cuál sea la razón para argumentar en contra o a favor de los operativos militares en el país, lo cierto es que la evidencia sí está mezclada y hoy en día no tenemos claro si la política de seguridad implementada por el gobierno de Felipe Calderón produjo realmente resultados negativos en términos de incremento de la violencia”. Apoya su análisis con cuadros y mapas, para concluir: “Sabemos que la militarización en temas de seguridad pública, acompañada con el prohibicionismo de las drogas ilícitas, es el peor escenario posible. Esta combinación genera la situación perfecta para que la delincuencia organizada crezca, evolucione y sea cada vez más difícil de controlar.”

Conclusión demoledora, a la que añadiré algunas inquietudes:

1. La ineficacia, por no decir complicidad de las policías locales era más que evidente; cualquier “medida” para depurarlas era inútil y no inmediata. Hacía falta un cuerpo más sólido.

2. Quiero inferir que los estrategas de este plan supusieron que anunciar la participación del Ejército asustaría a los narcos y el cultivo y tráfico desparecería en pocos meses. Entonces las tropas regresarían a los cuarteles. Olvidaron que atrás había muchos miles de millones de dólares, y una situación económica y social propicia para que no faltara quienes pensaran que es mejor vivir en grande (alcohol del bueno, viejas, etcétera) unos cuantos años que vivir hasta los ochenta pasando hambres y enfermo.

3. La preparación militar no es para ejercer como policía de ninguna clase; responde a la de operar para vencer a un enemigo que tiene una jerarquía con espíritu militar. Desde siempre, la eliminación de las cabezas de un ejército provoca la derrota. Desde la perspectiva policial, la eliminación de las cabezas de una pandilla o cártel no significa derrota de los maleantes, sino dispersión y acaso lucha entre ellos para conservar plazas o atraer elementos con experiencia. No hay sicario que no lleve en su corazoncito el anhelo de llegar a número 1, a ser capo de capos; en cambio, los soldados rasos, clases y hasta algunos oficiales saben que nunca podrán llegar a generales. La estrategia falló, en parte, porque se dirigió a eliminar a los cabecillas, propiciando así la atomización, que redundó en la multiplicación de la violencia, porque muchos de ellos carecían de los contactos y medios para permanecer en el mundo del tráfico de drogas, pero sí tenían con qué secuestrar, asaltar, “brindar protección”, asesinar, etcétera.

4. Si hubiera prevalecido una perspectiva militar, creo que los mandos habrían dispuesto cortar las líneas de abastecimiento (de dinero y armas), pero no se hizo porque ahí deben estar los delincuentes de cuello blanco y con altos puestos políticos.

5. Lo que con frecuencia olvidamos es que entre los miles de muertos hay “inocentes”, pero también delincuentes, soldados, militares, marinos, policías federales, y a ese número de víctimas habría que sumarle el de sus familiares, de los cuales es posible que un buen número haya quedado sin recursos.

6. ¿Retirar de buenas a primera al Ejército es la solución para reducir o eliminar la violencia en el país? Lo dudo mucho. Muchísimo. He tenido oportunidad (tamaulipeco al fin) de escuchar a paisanos que aseguran que de no ser por el Ejército ya estarían muertos, si no por una bala, de hambre, pues hay pueblos en los que la violencia les impedía salir de sus casas a trabajar o adquirir víveres; únicamente lo hacían cuando el Ejército patrullaba las calles.

7. Por último. Es sospechoso que el Congreso siga dándole largas a la ley contra la inseguridad. ¿Tantos intereses hay en ese nivel?

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