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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

A Edgard en su cumple

 

Por supuesto que la encontraría. Nos veríamos esa tarde cuando yo saliera de los Estudios Churubusco. Bastaba recorrer la avenida Atletas, doblar a la izquierda en Tlalpan, abordar el Metro dirección Taxqueña y descender en la siguiente estación. Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti… Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa… Llevábamos separados dos años pero volvíamos a pasarla juntos cada tanto y como cuando éramos novios nos despedíamos sin compromiso ni promesas a la mañana siguiente. Ella convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas etcétera. Pero esos encuentros “casuales” me dolían más que un anglicismo y salía de ellos como estopa de mecánico pitando directo a la chingada. Ella ignoraba esto último, así que aquella vez se quedó esperando porque, ya en el andén, llorando como dicen que lloran los valientes, tomé el tren en dirección contraria, a Tacuba. ¿Ha’ta allá?, diría un cubano que ignorara mi drama y la entonces última estación de la línea azul del Metro. Resistí hasta la estación Ermita sin jalar la palanca de emergencia y regresarme (el letrero “Todo abuso será sancionado” confirmó que el loco no traga lumbre). Y así andé en los anduves de Ermita y Anaya, o al revés, y al derecho, empapándolos de un llanto que, a diferencia del tren, ya no se detuvo en ninguna estación.

Aunque, como diría Cortázar, envilezca mi fracaso en esta-historia-basada-en-hechos-reales “llamándolo rodeo”, rodearé por el ahora, cuando todo se derrumba y los trozos de ladrillo, los fragmentos de explosión, los disparos y las salpicaduras nos pasan rozando cada vez más cerca y a las fechas de los crímenes de Estado se les sobrepone el sello de lo impune. Tiene razón el siguiente predicado: “Siembran terror con el fin de paralizar.” La doctrina militar del Shock and Awe consiste precisamente en aprovechar o montar un escenario ad hoc para los estrenos permanentes del apocalipsis capitalista. ¿O es mera coincidencia que el Shock and Awe sólo se aplique en países militarizados como México? Sin embargo, el predicado de Pérez Esquivel y Piedad Córdoba no tiene sujeto ni describe una conjura; es la impotencia estatal ante los efectos de su propio terrorismo, expresado no por los más vulnerables –que ni palabra tienen–, sino por un poeta como Alberti: “Cuando tanto se sufre sin sueño y por la sangre/ se escucha que transita solamente la rabia,/ que en los tuétanos tiembla despabilado el odio/ y en las médulas arde continua la venganza,/ las palabras entonces no sirven: son palabras.”

Así las cosas, ¿ustedes aceptarían? Sí, les hablo a ustedes. A ustedes que están aquí y ahora, con la vista y el oído en estas líneas, ¿aceptarían comprometerse con una verdaderamente buena voluntad de cambio? ¿Desertarían de sus asuntos urgentes, dejarían el final de su tesis doctoral, abandonarían a la mitad el último capítulo de su libro clave, cambiarían su forma de vida, más o menos estable aunque insatisfactoria, más o menos segura aunque sutilmente aburrida? Dejarían todo o parte de eso por un activismo ni dogmático ni clandestino, sin caudillos ni sectarismos y que no promete otra cosa que congruencia. ¿Cambiarían el tema de las páginas de su diario, su rutina doméstica, sus expectativas de ese futuro inexistente con el que le sacamos la vuelta y le doramos la píldora a la utopía? Por lo que toca a mí, llegué a la estación del Metro más cercana al lugar de la reunión, reunión abierta al distraído silencio de los medios y a la sordera de las izquierdas de membrete. E, igual que ayer, ahora estuve cavilando sobre el compromiso entre dos estaciones y, ni modo, volví a decir que no.

Manifiestos, artículos, comentarios, discursos,/ humaredas perdidas, neblinas estampadas./ ¡Qué dolor de papeles que ha de barrer el viento,/ qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua!/…/ Ahora sufro lo pobre, lo mezquino, lo triste,/ lo desgraciado y muerto que tiene una garganta/ cuando desde el abismo de su idioma quisiera/ gritar lo que no puede por imposible, y calla./ Balas. Balas./ Siento esta noche heridas de muerte las palabras.

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