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Cabezalcubo
Por Jorge Moch

El fut, esa rareza  / Estos renglones deberían ser elegíacos y escritos por el “chaparrito” Villoro, que sí sabe de estos temas. Yo no debería escribir sobre futbol. Esencialmente porque no me gusta, no lo practico y no me interesa en absoluto. Nunca lo juego, ni lo atestiguo. En toda mi vida he ido a un estadio de futbol dos o tres veces y ni una sola fue iniciativa mía. No conozco de jugadores ni mucho menos de árbitros, entrenadores o dueños de los equipos, excepto por Emilio Azcárraga y Jorge Vergara, de quienes cualquiera sabe que son los propietarios del América y de las Chivas, respectivamente. Y es por éstas, uno de los equipos señeros del futbol jalisciense y quizá, junto con el América, uno de los equipos mexicanos que más fobias y filias concitan, que me obligué a ver la final, el partido de vuelta entre los Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León y las Chivas Rayadas del Guadalajara. Porque tengo muchos amigos en Guadalajara y aposté a varios de ellos contra Chivas, que jugó en casa. Fue una apuesta totalmente ciega de mi parte y debo admitir aquí dos cosas: Uno: Hasta hace una semana, yo no tenía idea de quién era el famoso Gignac, y Dos: Me sorprendió gratamente, aunque suene a chovinismo, que la alineación triunfante de las Chivas está integrada exclusivamente con jugadores mexicanos. Aunque en honor a la verdad, el entrenador no lo es. En fin... De lo que vi durante esa hora y media en términos futboleros debo decir que me sorprende el vedetismo de los jugadores, que en lugar de entregarse a muerte se pasan el tiempo buscando fingir un golpe o una zancadilla para engañar al árbitro. Quien, por cierto, cuando sí hubo una agresión que ameritaba penal, ésa no la vio. Puáj. Y perdí, además, setecientos pesos. Por menso.

Y hasta aquí esta crónica deportiva molacha. Porque lo que nos truje, chencha, es muy otra cosa…

Y es que no puedo entender cómo alguien puede optar por encender la televisión para ver y escuchar básicamente dos cosas: anuncios por cientos o miles, de productos casi siempre superfluos, inservibles pero que suponen el meollo de este neoliberalismo capitalista y demencial en el que vivimos sumergidos sin, ya se ve, siquiera darnos cuenta, y los berridos sin sentido de esos señores, raramente alguna dama, que se dedican a tratar de describir, con algún salero, las patadas y corretizas mismas que estamos viendo en pantalla. Y las adornan con toda una parafernalia no desprovista de súbitas dosis de histeria, sea por una furibunda lealtad a los colores de la camiseta respectiva o simple arrebato emocional del momento. Me acuerdo de los alaridos de Ángel Fernández, por ejemplo, que forman parte indeleble de la banda sonora de mi niñez porque mi padre sí es un gran hincha, del Atlante, por cierto, y en ese sentido mi hermano y un servidor le resultamos una enorme, insalvable decepción. Nunca coreamos los goles de su equipo, ni vestimos sus colores. Lo siento, papá.

Creo que este es un ámbito, el futbolero en tele, donde la tecnología no juega a favor del televidente. Ahora se montan en pantalla toda clase de trucos visuales para aparentar que allí, en el centro de la cancha, se destapan constantes botellas y corretean autitos que los televidentes deberemos comprar. Y champús. Y tintes para el cabello. Y préstamos hipotecarios del nuevo Infonavit. Y más refresco, aunque sea paradójicamente el causante de tanta diabetes, de tanto gordo desparramado y tripón. De tanto niño obeso. Pero son intocables las refresqueras, ya lo hemos visto. Y los consorcios de la chatarra y la basura, como las hamburguesas gringas. Y servicios bancarios del agio con licencia. Y más deuda para coches y celulares nuevos y tablets. Y gol de las chivas. Y gol de los tigres. Y qué gambeta. Qué manera de achicar. ¿Y el futbol, a dónde se fue? Ah, es el todo…

Allí, en el territorio litúrgico del futbol, mira a la afición de las Chivas, cómo llenaron el estadio, cómo elevaron el cántico, oe, oe, oe, Chivas, Chivas… ahí no hay fraude. Ni hijos de puta abusivos de su poder. Ni periodistas muertos, ni niños que se esfuman. Ni violentos derechos de piso. Ni devaluaciones de la moneda ni del escrúpulo. Ni un régimen perverso y asesino.

Ni nada de esas incómodas pendejadas con las que suele irrumpir, inoportuna siempre, la realidad cotidiana de este México enajenado, orate. Enloquecido a grito de gol.

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