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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Identidad, divino tesoro / Nacido en 1983, es muy probable que Alejandro Iglesias Mendizábal haya tenido menos de treinta años de edad cuando concibió la línea argumental básica que, hace un par de años, acabaría convertida en su ópera prima en largometraje de ficción, la cual lleva por título Sopladora de hojas (México, 2015). Antes de eso, y egresado con honores del Centro de Capacitación Cinematográfica, Iglesias Mendizábal escribió y dirigió dos cortometrajes, ambos registrados hace un lustro: Abracadabra y la espléndida Contrafábula de una niña disecada, en los cuales, como suele decirse, ya se adivinaba el germen de un cineasta propositivo y solvente, sin que para ello obstaran juventud e inexperiencia. Así pues, cuando se puso a escribir el guión de Sopladora…, no debía estar lejana ni borrosa en su memoria la imagen de sus propios días de adolescencia, naturalmente signados por el último par de características mencionadas.

Todo para bien, pues la tripleta protagonista del filme rezuma verosimilitud: comenzando por uno de los casting más acertados que este ponepuntos pueda recordar en tiempos recientes para una película mexicana, siguiendo de manera destacada en ese pilar de la identidad personal que es el léxico, y concluyendo en el modo extremadamente particular que suele tener toda cofradía juvenil, ya sea escueta o numerosa, para relacionarse entre ellos y para hacerlo, en conjunto o en solitario, con el resto del mundo.

Lucas, Rubén y Emilio –Mili, para los cuates–, son los nombres de quienes integran ésa que no puede ser llamada banda, pandilla, palomilla o alguna variante, pues aquí el concepto mismo se demuestra anacrónico, si bien y por fortuna no sucede así con la esencia que anima toda asociación humana espontánea y, en especial, aquellas forjadas en etapas formativas de la personalidad, como es el caso en Sopladora… Ni bien ha terminado la primera secuencia del filme, ya fue posible “ver” una dilatada prediegesis –es decir, aquello que iría antes de la realidad ficcional– en virtud de la cual los personajes son eso precisamente, personajes, y no estereotipos acartonados o lugarcomunescos recipientes de cuanto maniqueísmo llega a la mente de ciertos guionistas.

Dividido en nueve capítulos, el filme desgrana morosamente las horas inanes de un día cualquiera, fin de semana o acaso vacaciones, que Lucas, Rubén y Mili dedican casi entero a la búsqueda de un manojo de llaves extraviado en un montón de hojas secas entre varios montones similares, en un parque de su barrio. La alegoría es de una eficacia extrema: ¿dónde está, dónde quedó la llave, símbolo de la capacidad para abrir y entrar lo mismo al automóvil al que una de esas llaves pertenece, que a ese otro recinto llamado futuro o vida adulta? ¿Por qué buscamos en este montón y no en cualquiera de los otros, si todos son iguales y Lucas no se acuerda en cuál de ellos se arrojó para ganarle a Rubén una apuesta que no podía ser más pueril? ¿Pero qué tal si mientras buscamos el llavero seguimos ensayando, o mejor dicho ensayándonos otro poco a nosotros mismos?

 

La localía universal

Al recurrir quizás a su experiencia personal –un barrio inidentificable de clase media; la atmósfera de relajación, casi de sopor en las calles aledañas a ese parque igualmente como estancado en sí mismo– Iglesias Mendizábal supo conferirle universalidad a la localía: como cualquier adolescente de cualquier parte, el trío de Sopladora de hojas aprende literalmente a vivir y se dirige a eso que llaman madurez sin mucho darse cuenta y prácticamente sin querer, ya sea por el flanco de una sexualidad que por el momento ofrece más incertidumbre que satisfacciones, ya sea por el de la confrontación directa con la figura real o simbólica de la autoridad, ya sea en última instancia con la realidad ineludible de la muerte, que podría alcanzarlos a ellos como ya alcanzó a otro que, en caso de seguir con vida, quizá se habría puesto con ellos a buscar las llaves.

Coescrita por el propio director y Luis Montalvo, producida por Laura Imperiale, Samuel y Carlos Sosa, fotografiada por Luis Montalvo, editada por Gilberto González Penilla, con la dirección de arte a cargo de Marcos Damián Vargas, música de Aldo Marroquín, y protagonizada por Alejandro Guerrero S., Paco Rueda, Fabrizio Santini, José Carlos Rodríguez y Argelia Ramírez, entre otros, esta Sopladora de hojas desmiente lo mismo a quienes hablan sistemáticamente mal del cine mexicano, que a quienes creen que su calidad depende de petardos estilo Cómo ser un latin lover, que por cierto no es una cinta mexicana.

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