Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Las Rayas de la Cebra
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Las Rayas de la Cebra
Las Rayas de la Cebra
Por Verónica Murguía

la bandera blanca, todos lo sabemos, es un símbolo universal y antiquísimo que representa el derecho a no participar en un conflicto armado o la rendición de una de las partes. Una pieza de tela blanca en la ropa o el yelmo distinguía, tanto en Oriente como en Occidente, a los heraldos, los médicos, los heridos, los prisioneros y la población civil. Es decir: a las personas que no tenían vela en el entierro y debían ser respetadas.

Su universalidad y antigüedad me parecen extraordinarias: hay registros chinos que datan de la dinastía Han –siglo II antes de Cristo–, que consignan el uso de la bandera blanca. Aun antes y en el otro lado del mundo, cuando Homero compuso la Ilíada, llamó a los heraldos “inviolables”. En la Biblia el Deuteronomio ordena a las tribus de Israel que no deben atacar a nadie sin antes ofrecer negociaciones de paz y enviar heraldos con las condiciones. El historiador romano Cornelio Tácito menciona la bandera blanca como sinónimo de petición de tregua; en la Edad Media los heraldos seguían leyes que los apartaban del resto de los soldados: nunca llevaban espada, arco o escudo, por lo cual del tratamiento que se les diera dependía el honor del enemigo.

Escribo esto porque, en los tiempos que corren, los periodistas deberían ser tratados como heraldos. Después de todo, son los periodistas quienes dan noticia de lo que acontece; de las actividades y exigencias de las partes. No son heraldos en el sentido antiguo porque no pertenecen a ninguno de los dos bandos: no son gobierno, ni crimen organizado –lo cual, en México sólo aumenta el peligro en el que viven. Son heraldos en un sentido mexicano y, por lo tanto, difícil y confuso.

Lo digo porque sus vidas y oficios son indispensables para la sociedad. Además de esforzarse por aclarar el embrollo sangriento en el que vivimos, nos representan a nosotros: a quienes no vamos armados. Una de las campañas que más me encolerizaba durante el gobierno criminal de Felipe Calderón tenía un eslogan en el que se conminaba al ciudadano común a participar en la guerra contra el narco como su responsabilidad. Era una estupidez: según la ley, sólo el Estado tiene derecho a usar armas. El narco, fuera de la ley, tiene las suyas. Yo no tengo ni resortera y soy pacifista. Mis obligaciones como ciudadana son otras: no estar fregando.

Esta guerra mexicana que nos deteriora y paraliza es un conflicto con rasgos únicos. El que me parece más sobresaliente es que no tiene ideología, o que ésta se oculta tras los discursos y no es precisamente ideología, sino una estrategia bruta para enriquecerse o acaparar poder político. Nunca se ha tratado de luchar contra las drogas. Parte fundamental de una batalla como ésa serían la educación, la seguridad social y la abolición del racismo que contamina México. Porque hay que decirlo: el racismo y el clasismo alientan la guerra, llenan las filas de los enemigos.

La sociedad civil trata de vivir al margen, pero es parte del conflicto a la manera de un rehén. Todos hemos sido tocados por esta violencia. El valor, la perseverancia, la compasión y la lealtad parecen virtudes que atañen más a las víctimas de la sociedad civil que a los combatientes. No me olvido de los centenares de policías y soldados honrados que han muerto, pero ellos iban armados, estaban entrenados. El periodista, la madre del desaparecido, el defensor de derechos humanos, en cambio, están situados en las estribaciones del conflicto.

Vivimos asustados pero no tenemos claro quién es el enemigo, cómo defendernos, cómo apartarnos del peligro. ¿Es el policía que gana apenas lo suficiente para vivir y que “muerde” para completar? ¿El narcomenudista, considerado desechable por sus jefes y por las autoridades? ¿El capo del narco, cuyo rostro no conozco –ni quiero ver jamás? ¿El funcionario corrupto?¿El gobernador cómplice, como Villanueva o Duarte (o Padrés, Granier, Cué, Yarrington, etcétera), que se roba cantidades inconcebibles de dinero público?

¿Cómo izar la bandera que debe protegernos a todos los que no somos partícipes?

Dejen en paz a los periodistas. A los activistas, a las mujeres, albañiles, enfermeras, estudiantes, médicos, taqueros, señores que hacen jaripeo, músicos, niños y niñas, maestros, encuestadores, taxistas, locutores, campesinos, ganaderos, artesanos, buzos del drenaje profundo, mecánicos… dejen en paz a quienes no desean tener tratos con ustedes. Ya. Párenle.

comentarios de blog provistos por Disqus