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Artes visuales
Por Germaine Gómez Haro

Felipe Ehrenberg: de lagartija p´arriba todo es cacería

 

A Lourdes y a Matthías, con mi cariño

 

Conocí a Felipe Ehrenberg a principios de los años noventa. Su vida y su obra me cautivaban sin haber tenido contacto con él, y tenía claro, por las muchas fotos que había visto con anterioridad en la prensa, que era un hombre guapísimo. El día que lo tuve enfrente, todas esas fotos se quedaron cortas. Era un hombre físicamente imponente –¡qué ojos más dulces y qué sonrisa!–, aunque, cuando comenzaba a hablar, su belleza física pasaba a segundo término y su arrolladora personalidad cobraba otra dimensión que envolvía para siempre a su interlocutor en ese carisma único que lo caracterizaba: un extraordinario conversador, una mente privilegiada –a un tiempo racional y sensible– un espíritu cariñoso y compasivo que sabía tratar con delicadeza y puntualidad a todas las personas, desde los estratos más bajos hasta las más altas élites del poder, toda vez que era un transgresor que no ponía límites a su voluntad de decir y hacer lo que le venía en gana. Felipe era a la vez sofisticado y popular. Una extraña combinación. Un personaje único que se nos fue demasiado pronto y que dejó una huella indeleble que todavía falta escudriñar y colocar en su justo sitio. Creo yo que hasta la fecha no ha recibido el reconocimiento que merece, como un creador sin parangón –incómodo, políticamente incorrecto y, finalmente, indefinible…– que bregó por décadas por la creación de un arte independiente, experimental, ajeno a las reglas del mercado y a las constricciones institucionales. Un arte que para él era inseparable de su forma de vida –regida por le ética y la estética– y ligada a sus tribulaciones teóricas, políticas y filosóficas que siempre puso por encima de toda circunstancia. Felipe Ehrenberg fue maestro y gurú de varias generaciones, y una figura paradigmática del arte de la segunda mitad del siglo pasado que siguió innovando hasta nuestros días, aunque a la fecha no aparezca en las primeras filas de los anales de nuestra historia del arte, a diferencia de muchos otros arribistas que acaparan los lugares VIP en este gran circo que es nuestro arte contemporáneo. Felipe Ehrenberg fue un creador único y su legado es inmenso, como él. Sus aportaciones no caben en esta columna.

¿Cómo definir a Felipe Ehrenberg? En términos artístico-prácticos, fue pintor, escultor, dibujante, artista gráfico –precursor de la neográfica– docente, periodista en diversos medios, instalador, editor, cineasta y hasta actor. Fue creador de poesía concreta y de arte sonoro, y de “híbridos indefinibles”, como dice Guillermo Gómez Peña. Yo creo que fue, ante todo, el mayor performador que hemos tenido. Su vida entera giraba alrededor del performance. En fin, Felipe fue pionero de tantas obras-acción que, un día se autoaclamó –y lo aclamamos– una obra de arte. Con un sentido absolutamente transgresor y a la vez, irónico y lúdico, Felipe se reía primero de él mismo y luego de las convenciones, y se presentaba en espacios institucionales como “obra de arte” per se, formando parte de sus performances, hasta el punto de tatuar las falanges en su mano para homenajear de por vida a José Guadalupe Posada y su culto a la muerte. Así era Felipe. Único. En una conversación sostenida con él en 1993 en el marco de su exposición Flagrante Delicto en Casa Lamm, me dijo un refrán que percibí como su modus operandi: “De lagartija p´arriba, todo es cacería.” O sea, todo se vale.

Para quien esto escribe, una de la mayores aportaciones de Felipe Ehrenberg es haber defendido a capa y espada la idea del artista como un engranaje fundamental dentro de la sociedad turbulenta y laberíntica que vivimos. Fue implacable en cuanto a su posición radical y siempre polémica respecto del artista en la sociedad. Y eso irritó siempre a las instituciones.

En 2001 fue nombrado agregado cultural de la Embajada de México en Brasil, oficio que él vio como un performance más. Qué bueno que alguien decidió que Ehrenberg nos representara en Brasil, tierra de grandes oportunidades. Su gestión fue amplia y provechosa y dejó huella en ese país.

Felipe y su amada esposa Lourdes –Bebis, “la cocinera atrevida”– regresaron a México y había un largo camino por andar. Pero se nos fue, insisto, antes de tiempo. “Mientras esté vivo me reiré de la muerte, después ella se reirá de mí”, expresó Felipe en algún momento. Estoy segura de que Felipe conservó esa risa fresca y contestataria hasta el último momento. Y su risa permanece enclavada en su extensa obra, en sus autorretratos, y, por supuesto, en nuestra memoria.

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