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Cabezalcubo
Por Jorge Moch

El paraíso fue Corfú

 

En medio de la vorágine informativa que se disputan los atentados antidemocráticos por antonomasia, es decir, las elecciones a la mexicana, y los manotazos desesperados del orangután del norte por aferrarse a un poder que cada día se le vuelve más agua entre los torpes, diminutos dedos, cualquiera agradece una serie televisiva como The Durrells, que transmite el canal Film & Arts en sistemas de televisión de paga, un verdadero oasis de placidez bucólica en medio de ese demencial bombardeo informativo que, para más INRI parece alimentarse casi siempre de puras malas noticias.

 

The Durrells es la serie televisiva nacida de la autobiográfica Trilogía de Corfú, del escritor, naturalista, conservacionista y conductor inglés de televisión Gerald Malcolm, “Gerry” Durrell (Jamshedpur, India, 1925-Saint Helier, Jersey, 1995) el menor de una familia de cuatro hermanos cuya madre llevó a vivir en 1935, de su originario y frío y lluvioso, falsamente veraniego Bournemouth (en el condado de Dorset, Inglaterra), a una villa solariega en la isla griega de Corfú, buscando “una mejor vida” para ella, viuda, y sus cuatro hijos: Larry, quien intenta ser escritor, Leslie, el eterno enamorado sufriente, Margo, una jovencita poseedora de proverbial, delicioso cinismo y Gerry, el pequeño al que fascinan los animales de todo tipo y mantiene bien organizado un pequeño zoológico casero que incluye desde luego perros y gatos, una víbora, un pelícano, varias tortugas, peces dorados y una gaviota domesticada que se llama Alecko. La inocencia que logra imprimir la serie en las vidas de sus protagonistas recuerda los espléndidos tomos de Aventuras Geográficas, escritas e ilustradas por Gertrudis Alicia Kay en 1941.

La serie, perfectamente ambientada en la Grecia de entreguerras, es una pequeña obra maestra de cinematografía en locaciones espectaculares, y esa cinematografía casi perfecta se debe, en parte, a que el mismo Gerry Durrell estuvo involucrado personalmente en la creación de un guión que hasta ahora vio la luz de la pantalla chica.

La historia es simple y echa una mirada risueña a las vicisitudes de una familia inglesa (y muy inglesa) en su lucha por adaptarse a la vida en un pueblito griego de cabreros y campesinos, en una Grecia todavía rural, intocada por las locuras de Occidente. La villa a la que llegan a vivir los Durrell, aunque carece de luz eléctrica, tiene un emplazamiento idílico, en lo alto de un risco, mirando al mar, escoltada por olivos milenarios, enmarcando una postal viva de gran belleza. The Durrells es una de esas piezas televisivas (o cinematográficas) cuya afortunada elección de locaciones ya otorga buena parte del éxito por venir. Y aunque apenas nació en 2016, ya es una serie exitosa, con varias nominaciones y premios importantes como el Broadcasting Press Guild Award que obtuvo este año (2017) Keeley Hawes por su espléndida interpretación de la madre, Louisa Durrell; cuatro nominaciones a los premios Bafta; o el galardón a Mejor Producción dramática otorgado a Stevie Herbert, en los RTS Craft & Design Award. La serie ya ha refrendado una segunda temporada y, según corrillos de las productoras Sid Gentle Films y Masterpiece co-production Co., la tercera temporada ha sido ya acordada y estaría en contrato.

Pero The Durrells pretende ir más allá (y lo logra) que una simple serie esencialmente dramática. Lo que la hace especial y particularmente atractiva como programa de televisión es que contempla la vida desde una perspectiva menos… trágica, más incluyente y tolerante, y benévola. Y logra, vaya cosa, dejarle a uno, después de ver cualquiera de sus capítulos, un buen sabor de boca sin sobresaltos, sin persecuciones, sin disparos. Todos los elementos de vestuario, producción y ambiente son pulquérrimos.

Y es muy agradable ver que se puede vivir sin tanto pleito, sin tanto incordio, simplemente gozando la vida en un pueblito cálido del Mediterráneo, antes de que precisamente llegara por ejemplo la televisión a tomar por asalto a la sociedad moderna. Y se vuelve entrañable un mundo más campesino y pescador, menos fiduciario; un mundo sin internet ni banca electrónica, ni SAT, ni Enrique Peña Nieto. Un mundo sin carteles ni PRI ni PAN. Sin hordas de turistas. Sin casetas de peaje. Ni masacres.

Un mundo ajeno a todo eso que tanto conocemos acá. Un mundo todavía cándido. Primitivo. Rudimentario. Un pequeño paraíso.

O sea, más sano. Y hasta feliz.

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