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Cicatrices de la historia
El azar de las fronteras. Políticas migratorias, ciudadanía y justicia, Juan Carlos Velasco, Fondo de Cultura Económica, México, 2016.
Por Mayra Inzunza

Cicatrices de la historia: así llama Benedict Anderson a las fronteras, murallas, vallas, muros, que cuando no son naturales cual ríos o montañas, digamos grandes accidentes geográficos que separan a una de otra región, somos los humanos quienes separamos: hemos de sufrir para cruzar, y es a los portadores de dígitos oponibles (otra división) a quienes tales fracturas hieren y más afectan.

En El azar de las fronteras, Juan Carlos Velasco trata un tema sobremanera álgido –al menos para los latinos, en particular los mexicanos–en la era Trump: la migración. Para el autor, ésta es tan antigua como la humanidad misma y, claro, basta con pensar en los orígenes nómadas que antecedieron a las culturas sedentarias, cuando no en la tendencia al gregarismo. Con una prosa clara y fluida, el autor distingue entre la movilidad a que acceden las clases privilegiadas, que viajan y hasta se reinstalan en otro país por gusto, comparadas con los estamentos sociales menos pudientes, que luchan por migrar a otra nación principalmente por razones políticas o económicas. La nacionalidad se torna un criterio acomodaticio si pensamos que nos es dada sólo por nacer en un territorio, mientras que hay quienes libran cruentas batallas para obtenerla, y aun así los despreciamos. Como diría Velasco en un párrafo brillante, toral: “La nacionalidad tal vez sea el criterio legal más importante para la asignación no sólo de derechos y obligaciones, sino de bienes y servicios. Simultáneamente sirve como uno de los últimos criterios de discriminación legal. Que sea lo habitual no significa, sin embargo, que resulte aceptable. Que el documento de nacionalidad que uno porte determine las expectativas vitales resulta tan injusto como que lo haga la extracción social, religiosa o el color de la piel, criterios todos ellos que han quedado desacreditados. Nadie elige el lugar de su nacimiento y, por lo tanto, nadie puede responder por ello. Tampoco nadie, en consecuencia, lo debería esgrimir en su favor. ‘Aquellos que no son inmigrantes no han hecho nada para convertirse en miembros de su sociedad’ (Thomas Nagel), y sin embargo disfrutan de un título heredado con el que acceden a inmerecidos privilegios, vetados a quienes, viviendo en el mismo territorio, no son miembros plenos de la sociedad. De ahí que no parezca descabellado pensar que la nacionalidad opera como una suerte de ‘propiedad privada’ y, si ello es así, es ésta una analogía que por sus agravios ha de ser analizada críticamente desde la perspectiva de la justicia.”

Además de la escisión de la personalidad, los correlatos de justicia (verbigracia, la equidad) se contraponen a discriminación, explotación e invisibilización. Por ejemplo, habría que ensayar con una religión opuesta a los usos y costumbres de tal o cual nación, que busca reapropiarse de la voz que el Estado en turno no le confiere y el ciudadano nato rechaza su protagónico empoderamiento.

Así, pues, resulta imperativo revisar el multiculturalismo y, más aún, averiguar qué sucede con la libre circulación de personas: ¿cómo regularla para el bien común y la justicia global? ¿Será una utopía? ¿Cuál sería su participación política con miras a una inclusión social que no amenace la asunción identitaria? Y esto, por indagar lo menos; queda pendiente la información electoral y habría que preguntarse si la última frontera será el papel, o la piel . Para no ir más lejos, ¿somos mexicanistas porque nacimos en México? ¿Habrá algo de acomodaticio en el nacionalismo, en el hecho de amar un terruño sólo porque ahí se nació, aunque pueda uno identificarse e incluso vincularse con otros lares? •

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