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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Obseder

 

Hace poco menos de una década, a propósito de lo que hasta ese momento se consideraba una trilogía fílmica, integrada por los largometrajes de ficción Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás acabarás de ser amor (2003), El cielo dividido (2006) y Rabioso sol, rabioso cielo (2008), el propio guionista y realizador Julián Hernández declaró que las suyas eran “películas que tratan sobre seres humanos que intentan establecer relaciones amorosas y afectivas con otros seres humanos, pero que a la vez tienen problemas para realizarlas”.

Puede añadirse que dicho perfil temático había sido trazado desde mucho antes, por lo menos desde comienzos de la década de los años noventa del siglo anterior, cuando el egresado del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos hizo su debut cortometrajista con Lenta mirada en torno a la búsqueda de seres afines (1992); es posible también afirmar que Por encima del abismo de la desesperación (1996) proseguía con similar exploración, y que el mediometraje titulado Hubo un tiempo en que los sueños dieron paso a largas noches de insomnio (2000) mantuvo la tesitura, si bien esta última cinta fue el preámbulo de un largo aliento narrativo que, hasta la fecha –y no obstante la generación de más cortometrajes que Hernández ha sostenido–, se ha convertido en una de las principales características de su propuesta cinematográfica.

Abordar las relaciones amorosas y afectivas que un ser humano intenta establecer con otro, así como las dificultades que conlleva, no suena ciertamente como una osadía temática sino exactamente como todo lo contrario: si hay un tema recurrente, y no sólo cinematográficamente hablando, es ése precisamente. Si el asunto fuese así de genérico y escueto, el cine entero de Julián Hernández no sería sino uno más, indistinguible y rápidamente olvidable. Sin embargo, quien haya visto al menos una de las películas arriba mencionadas estará de acuerdo en que no es olvido lo que suscita el también autor de Bramadero (2007) y Vago rumor de mares en zozobra (2008), y que esto se debe a una razón muy específica: las relaciones a las que alude el realizador son, y de manera invariable, de carácter homosexual, lo que en el México de hace poco más de un par de décadas, e incluso el de hace diez o quince años, aún provocaba reacciones homofóbicas de diverso nivel –y, en cierta medida, todavía las provoca.

Al respecto, y ya en una fecha tan temprana como 1998, el colega Carlos Bonfil escribió, en un artículo titulado “Cine, video y diversidad sexual”, que la de Julián Hernández y Roberto Fiesco –este último en calidad de productor– era, en aquel entonces, “una de las propuestas más vigorosas” y que “la exploración arriesgada de los temas de la disidencia sexual y la violencia urbana” se veía complementada por “una búsqueda formal que es, en definitiva, una difícil apuesta estilística”.

 

El resto es silencio

Todo lo anterior podría ser vuelto a decir a propósito de Yo soy la felicidad de este mundo (2015), el más reciente largometraje de Hernández, apenas estrenado comercialmente hace un par de semanas: el tema sigue siendo la exploración homoerótica, los encuentros y los desencuentros en la incesante búsqueda del amor correspondido, el alba y el ocaso de una o más relaciones. En términos de realización, de la mano del cinefotógrafo Alejandro Cantú prosigue un ejercicio icónico y estético claramente definido, a partir de una puesta en escena fácilmente identificable si se conoce el trabajo previo del realizador y, en otro orden, del mismo modo se encontrarán los elementos narrativos que lo caracterizan desde sus inicios: silencios, más que palabras; trazos coreográficos, más que desplazamientos; evocaciones y nostalgias, más que miradas al presente. Sucede inclusive, como en Rabioso sol, rabioso cielo, que hay dos versiones disponibles de la cinta, una más larga que la otra, lo cual hace pensar en el hecho de que no falta quien considera al de Hernández un cine excesivamente moroso, y que de alguna manera el cineasta se ha hecho eco de tal aseveración, brindando una versión si no “ligera” en cuanto a tema y contenido –cosa que por cierto sería impracticable y, supongo, impensable para él–, sí más “digerible” en tanto es más breve.

Llámese constancia en un tema, exploración a fondo, fidelidad a las propias obsesiones o como cada quien desee, el hecho es que Yo soy la felicidad de este mundo provoca la sensación irremediable de estar ante una película que ya se ha visto más de una vez y, en consecuencia, no es mucho lo que queda por decir.

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