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Felipe Ehrenberg, el que no se va

Felipe, el artista multidisciplinario. Ehrenberg, el buscador de lo nuevo. El neólogo que no se cansaba de innovar. Felipe, el de la obra tan extensa que sólo catalogarla dejará afuera muchas formas artísticas. Ehrenberg, el promotor de la cultura. El neólogo rescatista, activo en la catástrofe posterior a los temblores del ‘85, pero también el colector de artistas urbanos de calle. Transformador de conceptos, materiales, obras intercontextuales. Felipe, el marido de la Cocinera atrevida. Felipe, el agregado cultural. Ehrenberg, el candidato de izquierda. El crítico, pintor de lo inesperado, artista erótico en lo pictórico. Actor. Comensal del crimen y fundador de la revista de literatura policíaca en Tepito, Biombo Negro, hasta que la censura y la negación de permisos la acabaron. Lector incansable. Ilustrador. Cinéfilo. Coleccionista de sus cartas, ahora guardadas en archivos mexicanos y extranjeros como obra conceptual, no sólo como correspondencia de interés. Casamentero. Viajero al extremo. Felipe, el padrino, el compadre, el anfitrión, el amigo, el escritor, el periodista. Felipe, el perfomancero capaz de cortarse medio cuerpo con navajas para establecer un nuevo lenguaje artístico en una incipiente generación de perfomanceros o de rasurarse medio rostro. Felipe, el tatuado conceptual, el de la voz grave. Felipe, el fumador. Felipe, el empresario del arte, capaz de compartir su derrotero personal: “El arte de vivir del arte”. Felipe, el del pasado distante en países inesperados, algunos de este mundo. Felipe, la celebridad entre los famosos. El colaborador de artistas que agradecían colaborar con él. El auxiliar de creadores, incluso en asuntos comerciales o de importación de India. Felipe, quien llevó la ópera a la selva inexpugnable. Felipe, el que no se va, incluso muerto, incluso cremado. Felipe, la sombra del arte mexicano. Felipe, el albacea de su propia obra. Felipe, el documentado, entrevistado, analizado, catalogado, archivado, exhibido, comprado, rentado, adeudado. Felipe, el cómplice. El del arte callejero, escénico, institucional, alternativo. Felipe Ehrenberg, el inclasificable, el poliédrico, el de la estética polisémica.

Bastaría mirar en internet o en cualquier biblioteca de arte de casi cualquier parte del mundo, para encontrar referencias sobre Felipe y sus obras. Sus inicios fuera del país están más que documentados. Sus actos callejeros con la basura, con su cuerpo. Incluso con su voz. Sabiéndolo en el extranjero, al pasar por el Museo de la Roma (MUCA, en CDMX) escuché su voz grave por una ventana. No había duda, era Felipe. Esperé un rato al escuchar su narración de un viaje que hacía en coche: describía lo que pasaba a su alrededor. Era una muestra artística donde su voz, la situación por él entendida como artística (y así lograda) se repetía para recordarnos que la vida requiere del arte para, diría Spinoza, regocijarnos con aquello que día a día se nos presenta en la obra de Dios. Otros, como Felipe, son felices con mirar lo inmediato, pero más con intuir las causas, las posibilidades inexploradas de lo que damos por sentado: de la neología inmanente a todo objeto o idea, a todo concepto o fantasía. Residente por años del barrio de Tepito, el salvajismo cotidiano de una ciudad cada vez más sumida en la inseguridad y el caos derivado de la falta de guía, no le era ajeno, pero eso no sólo no le impedía soñar y crear, sino que obligaba a otros a mirar lo conceptual. Casos como el del grafitero Guillermo Heredia, el Niuk, que pasó de artista callejero a pintor de galería sólo es uno entre muchos. Activista político y artístico, Ehrenberg influyó en los lugares menos inesperados. A varios nos deleitó con la cocina mágica de Lourdes Hernández. Y gracias a su cocinera por todos admirada, estableció las formas para ser agregado cultural, llevando consigo a decenas de creadores.

El anecdotario de Ehrenberg es inagotable. No sólo por abarcar tanto las muchas disciplinas artísticas en que destacó, sino también porque gustaba de registrar cuanto podía: era una forma más de manifestar su arte: legándolo para quienes lo valoraran más adelante. Viví con él muchas cosas, gracias a la literatura, la amistad y los viajes que compartimos. Ejemplos: en una presentación de Biombo Negro en Oaxaca, en el museo de Francisco Toledo, donde se le anunció como pintor destacadísimo, con un lugar abarrotado, Felipe sacó un tocacintas viejo y puso un casete a punto de romperse para obligar al público a escuchar durante casi una hora la grabación de uno de los cuentos de la revista. Terminó el audio, apagó la casetera y se quedó callado en tal actitud que los espectadores tardaron en entender que eso era todo con él. Bastó su lenguaje corporal para dominar el escenario. Como Felipe no se limitaba a lo artístico, un día me preguntó dónde podía cambiar un billete para que le dieran “los pesos” que validaba ese billete. Lo mandé al Banco de México. Con su sombrero de piel y casi elegante, se presentó al día siguiente para pedirle a un cajero extrañado los pesos por los que se hacía valer el billete de veinte que llevaba. “¿Quiere que le dé monedas?”, insistía el consternado cajero. “no, aquí dice que este billete vale por veinte pesos. Vengo a que me los dé, quiero hacerlo válido”, contestó, serio. Desapareció el funcionario. Después de casi una hora apareció otra persona. Intentó explicar que el billete no era canjeable. “Entonces es un engaño. Aquí dice que vale por veinte pesos. Sólo quiero que me los entregue.” Se negaron y Felipe se fue. A los pocos días aparecieron avisos del cambio en la leyenda de los billetes mexicanos. ¿Casualidad? Felipe contaba esa historia quejándose un poco de no haber hecho el suficiente movimiento para lograr ese cambio prometido en los billetes.

Felipe, el buscador de lo nuevo, se fue con historias escondidas y reveladas. Sus restos se fueron entre aplausos, música, llantos y agradecimientos. Debe estar relamiéndose los bigotes: por fin, lugares inexplorados, cosas que aprender, artes que desarrollar.

Felipe Ehrenberg, el que no se irá.

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