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Paso a retirarme
Por Ana García Bergua

Manifestariaciones fantasmales

 

Al gran narrador fantástico que fue Francisco Tario le sucede un poco como a la protagonista de su cuento “La banca vacía”, una muchacha asesinada que sigue viviendo en su casa en calidad de fantasma, pero cuando se olvidan de ella, se desdibuja, las hojas que la conforman como si fuera una planta, se van perdiendo. Del mismo modo, en las últimas décadas se hacen esfuerzos por rescatar a Tario del olvido, como si la misma naturaleza de su vida, un poco misteriosa, y su escritura particular lo alejaran de las corrientes centrales por donde corren modas, famas y monumentos, y por lo tanto tendiera a deshojarse, a desaparecer. No recuerdo quién contaba que Agustín Yáñez, exhalando su postrer oxígeno, instruyó: “Si hay Rotonda, digan que sí.” No sé si sea cierta tampoco, pero es una historia que ejemplifica muy bien la progresiva petrificación, el camino hacia la estatua que presuponen las carreras literarias, petrificación que se trabaja o se gana sin querer. Del mismo modo, hay trayectorias literarias elusivas, marginales, que no conducen a la estatua sino al fantasma –pienso un poco en Guadalupe Dueñas, en el propio Traven que por cierto tiene una novela que se llama El barco fantasma– y esto no depende de la obra, sino de cierta voluntad esquiva del autor a la que se corresponde la indiferencia del público y el medio, enredados en consagraciones y reconsagraciones. Así, como se sabe, Francisco Tario, que en realidad se llamó Francisco Peláez, escribió literatura pero no se dedicó a la literatura en tanto modus vivendi –hijo de un comerciante español, vivió en España en su juventud, estudió piano, fue futbolista y dueño de dos cines en Acapulco–, pues nunca lo necesitó monetariamente, ni frecuentó demasiado los círculos intelectuales, si bien se les conocía en ellos, a él y a su proverbialmente bella esposa, Carmen Farell. A raíz de la muerte de esta última, regresó a España en 1967, donde radicó hasta su fallecimiento en 1977. Esta partida y la renuncia a seguir publicando contribuyen a su afantasmamiento, si bien, como señala Alejandro Toledo en el prólogo a su antología Francisco Tario (Cal y Arena, 2017),“habría que juzgar a una sociedad literaria, la de los años cuarenta o cincuenta, que no supo apreciar en su exacta medida la singularidad de Francisco Tario”.

Amén de las colecciones de cuentos, la biografía escrita por el propio Alejandro Toledo, su principal estudioso y difusor, Universo Francisco Tario y las obras completas publicadas por el Fondo de Cultura Económica, el lector que desee acercarse al misTario podrá leer ahora la espléndida antología con prólogo de Esther Seligson. Francisco Tario es un mapa que nos acerca a sus mejores cuentos, aquellos de La noche, pero también los emblemáticos como “Ragú de ternera”, “La semana escarlata”, “Entre tus dedos helados”, entre otros muy bien escogidos, así como cuentos infantiles, textos fragmentarios de Equinoccio, su teatro y partes de sus dos novelas. El lector que en ella se abisme –porque en la literatura de Tario uno se abisma–, podrá apreciar un panorama o un fresco de lo que fue la obra de este escritor, una obra surrealista, onírica, policíaca y fantástica, llena de vasos comunicantes con la de Borges y Bioy Casares, Felisberto Hernández, Pedro Miret. “En la escritura de Tario hay una fluida y ágil capacidad de descripción, un exquisito dejo poético casi irónico en sus imágenes, un gusto acucioso por los detalles –olfativos, culinarios, en la indumentaria, en los gestos– inusitados, nimios en apariencia, pero que pueden retratar intensamente a un personaje, una situación o un sentimiento. Una festiva conciencia de lo que de grotesco existe en la especie humana, especie de escaparate de tienda de muñecos”, señala Esther Seligson en el prólogo conmovedor que precede a la Antología. Y en efecto, en las narraciones de Tario hay un mundo de correspondencias entre la realidad y el sueño, la fantasía y lo siniestro que abarcan a las personas, los objetos y los animales, una especie de desorden universal de los objetos y los sentidos que a veces resulta hilarante como en “Ragú de ternera”, a veces grotesco y en muchas ocasiones misteriosamente poético. La obra de este escritor fue un mundo aparte, quizá por eso no formó parte de ningún país concreto, ni de sus medios literarios. Este mapa que ha compuesto Alejandro Toledo, nuestro guía en ese mundo de fantasmas, será quizá la llave definitiva para entrar a él.

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