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Casa sosegada
Por Javier Sicilia

El tiempo del fin

Vivimos en un mundo amenazado, un mundo en el que cada día podemos causar
el fin del mundo; vivimos, por lo tanto, en el tiempo del fin.

Günther Anders

LA TRADICIÓN CRISTIANA piensa que llegará un día en que el tiempo y lo que los modernos llamamos Historia terminará para dar paso al regreso de Cristo y a la instauración definitiva del reino de Dios fundado por él con su encarnación, muerte y resurrección. Ese día, conocido como el final de los tiempos, está descrito en el libro del Apocalipsis, que quiere decir “revelación”. ¿Cuándo sucederá?
Nadie lo sabe. El propio Jesús, al describirlo en su prédica, que la tradición llama

“La gran tribulación”, así lo refiere: “Pero en cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (Mt. 24: 36). Hay, sin embargo, condiciones que lo anuncian,
condiciones que están descritas, de manera aterradora, por el propio Jesús en esa misma prédica (Mt. 24: 1-35) y que se refieren al tiempo del fin, a las cosas penúltimas.

Cada vez que vez que la humanidad en Occidente se ha enfrentado a ese tipo de horrores, grandes sectores de
la sociedad cristiana piensan que surgió el tiempo del fin y que el final de los
tiempos se acerca.


¿Hoy vivimos un tiempo del fin, semejante al que desveló a la cristiandad durante el primer milenio de la era cristiana? Si comparamos aquella prédica de Jesús con lo que hoy sucede en todas
partes –crímenes atroces, destrucciones inimaginables de la naturaleza, guerras, amenazas atómicas, xenofobias, profetas de toda laya, redes inmensas relacionadas con el crimen organizado y el Estado, y ascenso al poder de hombres que, como Trump, ponen en peligro la precaria estabilidad del mundo– habría que afirmarlo. Hoy como nunca la humanidad, en su estrechamiento del mundo, en su condición de “aldea global”, en su desmesura tecnológica y su pérdida de las fronteras entre el bien y el mal, puede haber entrado nrealmente en su fase terminal.

Sin embargo, si comparamos con los sucesos de otras épocas en las que el tiempo del fin apareció con evidencias incuestionables, tal vez sólo asistimos a un cambio de época que, como sucede con todo gran cambio histórico, está acompañado de las espantosas atrocidades del tiempo del fin, un cambio de época que podría apuntar, como me decía Humberto Beck, hacia el fin de la humanidad tal y como la conocíamos.

Sea lo que sea, lo único que podemos afirmar realmente es que, ante las inmensas dimensiones que ha adquirido el mal y su capacidad destructora, nos encontramos en un evidente tiempo del fin –en ése ya, pero todavía no, con el que el cristianismo habla del reino– y que frente a él –porque “nadie sabe ni el día ni la hora"–, lo único que es válido hacer es tomar nuestra posición en él, es decir, entre los que caminan del lado de la destrucción y los que, a pesar de los signos de los tiempos, se resisten a ello y buscan aplazarlo o, como señala la carta de San Pablo a los tesalonicenses (2 Tes. 2: 1-11), retenerlo, evitar el choque final que describe el Apocalipsis.


El misterio del mal, que está profundamente imbricado con el tiempo del fin y el final de los tiempos (es el mal desencadenado a grandes niveles el que lo establece y lo precipita), es un drama histórico siempre presente que, a veces, como en nuestra época, adquiere dimensiones aterradoras. En ese drama histórico, cuyo desenlace
desconocemos, pero en el cual, paradójicamente, el tiempo del fin coincide con el presente, los seres humanos estamos llamados a tomar nuestro lugar y hacer nuestra parte sin reservas ni ambigüedades.


En estas condiciones, la parte de los que resisten sólo puede adquirir –me parece– la forma que adquirió en la época de San Pablo y que Illich, que vio con claridad las condiciones actuales de nuestro tiempo del fin, expresa con el término de comunidad, que siempre define un aquí y un ahora donde se preserva la vida, y de celebración, que agradece los dones que aún no han sido arrasados por el mal; un tiempo que, en medio de la catástrofe, imita la vida del Espíritu y del establecimiento del reino que está fuera del tiempo y con el que paradójicamente se resiste y retrasa
la llegada del fin.


Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia y juzgar a gobernadores y funcionarios criminales •

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