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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Un granjero de Minneapolis

BIEN PODRÍAN ESTAS LÍNEAS reducirse a decir “no se lo pierdan”, “léanlo”, “es una verdadera delicia”, “no tienen idea de cuánto van a disfrutarlo” y así por el estilo pero, al igual que el autor del libro que suscita dichos entusiasmos, este juntapalabras no ha de perder la oportunidad que le brinda la atención de sus cuatro lectores para pergeñar el encomio de Terry Gilliam, ese cineasta al que actualmente muy pocos consideramos sin regateos como lo que es, un genio, condición que sólo la ceguera tacaña de un tiempo presente acostumbrado a confundir la calidad con el éxito le ha regateado –o sólo retrasado, pues de seguro cuando Gilliam esté muerto medio mundo dirá que siempre lo supo.

El libro en cuestión es Gilliamismos, memorias prepóstumas, editado en 2015 por Canongate Books Ltd en inglés y publicado en español por Malpaso Ediciones este año. Para quien lo ignore, dígase aquí que Terry Gilliam, nacido en Minneapolis hace siete décadas, seis años, siete meses y veintiséis días, ha sido entre muchas otras cosas el director de los largometrajes de ficción Jabberwocky (1977), Bandidos del tiempo (Time Bandits, 1981), Brazil (1985), Las aventuras del Barón Munchausen (The Adventures of Baron Munchausen, 1988), El rey pescador (The Fisher King, 1991), Doce monos ( Twe l v e Monkeys, 1995), Miedo y asco en Las Vegas (Fear and Loathing in Las Vegas, 1998), El secreto de los hermanos Grimm (The Brothers Grimm, 2005), Tideland (2005), El Imaginarium del doctor Parnassus (The Imaginarium of Doctor Parnassus, 2009) y El teorema cero (The Zero Theorem, 2013).

Habría que añadir al menos su codirección en La vida de Brian (The Life of Brian, 1979) y El sentido de la vida (The Meaning of Life, 1983), así como una decena de cortometrajes y la escritura del guión y/o la codirección de un cifra difícil de determinar de cortos, sketches y segmentos animados, muchos de ellos pertenecientes a las obras colectivas para cine o tel e v i s i ó n d e l m í t i co g rupo inglés Monthy Python, del que Gilliam fuera el sexto integrante y el único no nacido en Inglaterra.

De su puño y letra A cualquier espectador debería bastarle con recordar –o verlas por primera vez, si aún no lo hace– Miedo y asco en Las Vegas, Doce monos o Brazil, quizá el más conocido de sus filmes, para saberse frente a un cineasta fuera de serie, cualquiera que sea la perspectiva desde donde se le tome: temas, tratamientos formales, discurso cinematográfico, referencialidad extrafílmica, etcétera.

Lo que cuentan estas memorias prepóstumas –y ya desde el mismo título se reconoce la proverbial ironía y la capacidad de reírse de sí mismo de Gilliam– es el proceso personal que lo llevó de una granja en Minneapolis a Nueva York, y más tarde a Los Ángeles y a Europa, de manera especial a Londres, donde terminó residiendo y convirtiéndose en ciudadano británico.

Quien ignore todo, o casi todo, de quien antes de ser la celebridad que hoy es fue porrista universitario, ilustrador de revistas, obrero en una armadora de automóviles y soldado estadunidense que evitó ingeniosamente ir a Vietnam, entre otros oficios, encontrará en estos Gilliamismos el autorretrato de alguien que, a pesar de su genialidad innegable, siempre ha tenido los pies bien puestos en la Tierra –y quizá de ahí viene la fuerza del famoso y gigantesco pie pythoniano que en cualquier momento llega y todo lo aplasta.


Vayan, a manera de perlas para fascinar la vista, las siguientes citas, todas de puño y letra de este otrora granjero: La falta de sueño, la falta de tiempo, la falta de dinero y la falta de talento: estos

son los factores clave que contribuyen a definir la obra. Esa misma metodología me conduciría finalmente al cine.


Durante un tiempo, breve, la verdad, intenté ir a la escuela de cine. […] Asistí una vez a la semana durante un mes. […] Mi actitud vital era un tanto diferente de la de los jóvenes neoyorkinos.

[…] Después de un par de broncas, pensé: “A la mierda, por aquí no vuelvo.” Uno de los aspectos más importantes de Jabberwocky es que fuera una película antiamericana en un sentido cinematográfico (es decir, no de una forma política, sino simplemente contraria a la lente deformadora de Hollywood bajo la que yo había crecido, donde los poros de la piel desaparecían misteriosamente y todo el mundo tenía la dentadura refulgente de Doris Day y Rock Hudson).

A medida que el elemento tipo videojuego cobra importancia en las películas, se deja menos a la imaginación. Parece que mi vida ha consistido en una serie de círculos en bucle continuo, casi orientales en su forma de girar. Una cosa se conecta con otra y las mismas cosas vuelven a ocurrir una y otra vez. Ni siquiera quiero entenderlo, sólo sé que así es •

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