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Diez voces de la nueva poesía española

El espía de Dios

María Antonia Ortega

Dios no habita en lo alto, sino en lo profundo,

y su revelación dura lo que un libro que se escribe en una noche.
Y en su familia, familia de Dios, por lo menos

hay siempre un loco y un poeta.
Aquel que con él se ve en secreto, quienquiera

que pueda reconocer al Invisible, a los demás

infunde miedo, a los demás hombres.
Pues tiene ojos de puta que se sienta en la barra

del bar sola, y más hambre que una buscona.
Pues hace los mismos gestos que un mudo

hablando con otro mudo.
Y está acosado por sus acreedores como ciervo

que saltando de un tejado a otro es perseguido

hasta un alero por una rehala de podencos sueltos

entre cúpulas, chimeneas y letreros luminosos

porque sobre esta ciudad no solamente hay

constelaciones, sino también extrañas cacerías.
Así es el que ve a Dios. Porque el que Dios mira

es aquel que verdaderamente se ha quedado solo.

 

(De El Espía de Dios, 1994)


Cansancio

Concha García

Sentada es como si bebiera largos tragos de playa,
pócimas de tonterías y me cortase las uñas,
sin compañía. Es un cuento más, una residencia
cara. Piso el suelo con bocados de ansiedad
y me lleno de reliquias el cuerpo, salgo
asustando. Repito en larguísimo silencio
abulias y taconeo deslizándome sin prisa
por las avenidas buscando un no sé qué, aquello
que no se nombra porque no se sabe y acapara
gran parte del día ponerme bajo una sombra.
La que sea, a estas alturas elijo la que sea.

(De Otra ley, 1987)

 

Amor mío
Blanca Andréu

Amor mío, mira mi boca de vitriolo
y mi garganta de cicuta jónica,
mira la perdiz de ala rota que carece de casa y muere
por los desiertos de tomillo de Rimbaud,
mira los árboles como nervios crispados del día
llorando agua de guadaña.


Esto es lo que yo veo en la hora lisa de abril,
también en la capilla del espejo esto veo,
y no puedo pensar en las palomas que habitan la palabra
Alejandría
ni escribir cartas para Rilke el poeta.

(De Una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, 1980)

 


Por de noche

Antonio Enrique

Por de noche, cuando mayor es la fragancia, vino
un ángel a decirme que había llegado a la región
de los muertos. A esa hora augusta, en que al tiempo
le nacen venas en su frente temblorosa, vine
a saber que ya había despertado, que estaba
en mí viviente y convertido en príncipe de luz,
estatua de olvido, soledad libre esparcida por los países
de lo alto. Como columnas de fuego vi a lo lejos erigirse
los umbrales del reino, las puertas del paraíso,
temblorosa sed de vértigos los abismos que brillaban
en torno al alma suplicante. Flotaban las aves entre la Luna,
y así vine a saberme incorpórea, delicada y amante,
escintilación pura en un bosque de nieve hiperreal y divina.
Desde ahora moro al otro lado del silencio y mis esquinas
son tan grandes como el color azul de un día encendido
y tan angostas y elevadas como las de un ciprés en los jardines
de la Tierra. Aquí, en esta aérea catedral de júbilos y pámpanos,
de enramadas que crecen hacia los fustes de cánticos y aromas
de asombro, entre los mundos como ánforas de maravilla
navegando sobre los vinos y ambrosías del infinito,
sentado, ocurrente y solo, voy a pensar. Voy a sentir el firmamento
en mis venas que te esperan, oh tú engalanada joya,
más altiva que una corona con resplandores siderales.

(De Órphica, 1984)

 


Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi

Luis García Montero

 

Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi,
cruzo la desmedida realidad
de febrero por verte,
el mundo transitorio que me ofrece
un asiento de atrás,
su refugiada bóveda de sueños,
luces intermitentes como conversaciones,
letreros encendidos en la brisa,
que no son el destino,
pero que están escritos encima de nosotros.

 

Ya sé que tus palabras no tendrán
ese tono lujoso, que los aires
inquietos de tu pelo
guardarán la nostalgia artificial
del sótano sin luz donde me esperas,
y que, por fin, mañana
al despertarte,
entre olvidos a medias y detalles
sacados de contexto,
tendrás piedad o miedo de ti misma,
vergüenza o dignidad, incertidumbre
y acaso el lujurioso malestar,
el golpe que nos dejan
las historias contadas una noche de insomnio.

Pero también sabemos que sería
peor y más costoso
llevárselas a casa, no esconder su cadáver
en el humo de un bar.

 

Yo vengo sin idiomas desde mi soledad,
y sin idiomas voy hacia la tuya.
No hay nada que decir,
pero supongo
que hablaremos desnudos sobre esto,
algo después, quitándole importancia,
avivando los ritmos del pasado,
las cosas que están lejos
y que ya no nos duelen.

(De Diario cómplice, 1987)


Muda y hosca, se niega…

Olvido García Valdés

 

Muda y hosca, se niega
a entrar en casa, a pesar
de la noche, a pesar del buen sentido.
Él le habla
con paciencia o la empuja y golpea
con el puño. La insensata materia
que el alma es, su obstinación eficaz
o, contigua y exenta,
esta vibración azul del azul
luminoso y oscuro. Sólo
me interesa el vacío.
Ocurrió el mismo año
en que frascos y líquidos
se arrojaban contra la pared,
a oscuras, en aquella alcoba
italiana. Eran innumerables
los huesos del cuerpo, incomprensibles
sus nombres. Sincronizado
estrictamente, rápido
y melancólico, con este azul,
aquel salto, olor de carbonilla,
adherido a la piel.

(De Caza nocturna, 1997)

 

Amanecer frente al mar

de Mármara

José Lupiáñez

 

Sé que mi corazón alguna tarde
recordará estas aguas quietísimas
del Mar de Mármara y este liviano
encantamiento azul
del cielo que las sueña. Sé muy bien
que mi corazón alguna tarde,
en el jardín, quizá, ya del crepúsculo
buscará este frescor, estos reflejos
del lento amanecer que ven mis ojos.
El mar, el Mar de Mármara,
con buques para siempre varados
en sus aguas, con buques que renuncian
a cualquier travesía,
quietos también sobre las aguas quietas.
Los pájaros escriben con sus vuelos
en la celeste página de la mañana
el salmo que recito de verdad y belleza.
Esta visión, esta emoción
viaja ya por el tiempo hasta ese día,
para dejar temblando su milagro.
Entonces, me acordaré de hoy.

(De El sueño de Estambul, 2004)

 

En vano

Ángeles Mora

 

En vano te he buscado.
Atrás quedan las horas
que tanto fueron tuyas.
Murieron.
Se fueron para siempre
con tu beso,
tu beso perdido en la cuenca
de mi mano,
roto de frío,
mientras que aquel portal sigue en su sitio,
y la casa se cae,
me dicen.
¿Sabremos algún día
por qué no merecimos tanta dicha?

(De Pensando que el camino iba derecho, 1982)


El beso

Raquel Lanseros

 

Por celebrar el cuerpo, tan hecho de presente
por estirar sus márgenes y unirlos
al círculo infinito de la savia
nos buscamos a tientas los contornos
para fundir la piel deshabitada

con el rumor sagrado de la vida.

 

Tú me miras colmado de cuanto forja el goce,
volcándome la sangre hacia el origen
y las ganas tomadas hasta el fondo.

 

No existe conjunción más verdadera
ni mayor claridad en la sustancia
de que estamos creados.

 

Esta fusión bendita hecha de entrañas,
la arteria permanente de la estirpe.
Sólo quien ha besado sabe que es inmortal.

(De Antología del beso, 2009)

 

El clavo

Juan Carlos Abril

 

Todo lo revivido se estremece.
Repites las historias muy despacio
con los nombres del mundo de los muertos
pues lo bello, al final, resulta triste.

 

Las huidas sin carrera son la imagen
grotesca de los sueños, el agua que se escapa
entre las manos y, por eso, prefieres
cambiar aquellos nombres y lugares, dejar
sólo los hechos con los sentimientos
que arrastran.
Puede ser una señal
y casi te deslumbra.

En el dolor, no obstante,
el abrazo es más rápido que un cepo.
Ser uno mismo, sí, pero antes ser de otros.

(De Un intruso nos somete, 1997)

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