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El doble y su otro
Rey de picas, una novela de suspense, Joyce Carol Oates, traducción de José Luis López Muñoz, Alfaguara/Penguin Random House, México, 2017.
Por Eve Gil

 

Fuente inagotable de imaginación y creatividad con ochenta años de edad, Joyce Carol Oates no deja de sorprendernos con cada nuevo libro. Autoridad en materia de thrillers, prácticamente todas
sus novelas, incluida la que dedicó a “autopsiar” a Marilyn Monroe, o la que explora la cotidianidad de una familia caída en desgracia, ¿Qué fue de los Mulvaney?, presentan personajes complejos,
enfrentados a circunstancias intrincadas y/o inexplicables que los llevan a sacar lo peor de sí, casi nunca –o nunca– lo mejor. Y Rey de picas no es la excepción, sin importar que sea considerablemente
más breve que la gran mayoría de lo que no pocos críticos perezosos y misóginos denominan “ladrillos joycecaroloteanos”.
La intensión de la autora es clara: escribir una novela negra sobre la novela negra. Entretejer un prototípico conflicto de las novelas de este género –el doble, la personalidad escindida– y, a partir de allí, llevarnos por el sendero de la producción de este tipo de literatura que, al menos en Estados Unidos, goza del mayor éxito comercial. Entre las líneas de esta apasionante historia, cuyo protagonista es un autor del género llamado Andrew j. Rush, es perfectamente factible entresacar un ensayo crítico sobre tópicos como la recepción crítica, la disparidad en la calidad literaria –que poco o nada tiene que ver con las ventas–, los prejuicios contra la novela policíaca y –mucho ojo– el machismo preponderante en la misma, tanto en su contenido como en la ínfima minoría de nombres femeninos comercialmente competitivos, a pesar de que no hace mucho la novela policíaca tenía una indiscutible reina y precursora que era Agatha Christ ie… por no mencionar la indiscutible genialidad de Patricia Highsmith que, sin embargo, jamás amasó fortunas como las de Stephen King o Dan Brown.
Andrew j. Rush, como Joe Hill (casualmente, hijo del autor de El resplandor, que emplea pseudónimo Fuente inagotable de imaginación y creatividadcon ochenta años de edad, Joyce Carol Oates nodeja de sorprendernos con cada nuevo libro. Autoridaden materia de thrillers, prácticamente todassus novelas, incluida la que dedicó a “autopsiar” aMarilyn Monroe, o la que explora la cotidianidadde una familia caída en desgracia, ¿Qué fue delos Mulvaney?, presentan personajes complejos,enfrentados a circunstancias intrincadas y/oinexplicables que los llevan a sacar lo peor de sí,casi nunca –o nunca– lo mejor. Y Rey de picas no es laexcepción, sin importar que sea considerablementemás breve que la gran mayoría de lo que no pocoscríticos perezosos y misóginos denominan “ladrillosjoycecaroloteanos”.La intensión de la autora es clara: escribir unanovela negra sobre la novela negra. Entretejer unprototípico conflicto de las novelas de este género–el doble, la personalidad escindida– y, a partir deallí, llevarnos por el sendero de la producciónde este tipo de literatura que, al menos en EstadosUnidos, goza del mayor éxito comercial. Entrelas líneas de esta apasionante historia, cuyo protagonistaes un autor del género llamado Andrew j. Rush,es perfectamente factible entresacar un ensayo críticosobre tópicos como la recepción crítica, la disparidaden la calidad literaria –que poco o nada tiene que vercon las ventas–, los prejuicios contra la novela policíacay –mucho ojo– el machismo preponderanteen la misma, tanto en su contenido como en laínfima minoría de nombres femeninos comercialmentecompetitivos, a pesar de que no hace muchola novela policíaca tenía una indiscutible reina yprecursora que era Agatha Christ ie… por nomencionar la indiscutible genialidad de PatriciaHighsmith que, sin embargo, jamás amasó fortunascomo las de Stephen King o Dan Brown.Andrew j. Rush, como Joe Hill (casualmente, hijodel autor de El resplandor, que emplea pseudónimo y lo rebasa por mucho en calidad literaria), todavía
no alcanza las súperventas de Stephen King, personaje tácito en la novela… pero va en el camino correcto; es el personaje más notorio de la pequeña población de Nueva York –como alguna vez King lo
fue en su natal Maine– y sus regalías le han permitido adquirir una casa del tamaño de un rancho y lleva una armoniosa vida con su comprensiva esposa, Irina, la prototípica esposa de escritor afamado que vive para procurarle comodidad, que casi no se atreve a tocar la puerta de su estudio, donde él se encierra hasta diez horas diarias, y resuelve los conflictos de los hijos, ya adultos e independientes. De
hecho, como se advierte algo más adelante, Irina misma era una prometedora –y exquisita– autora “del tipo Virginia Woolf”, aunque termina poniendo fin a una carrera que nunca termina de despegar, para corregir la no tan cuidada prosa de su esposo, conocido por los críticos literarios como “el Stephen King de los caballeros”. Rush es lo que llaman “políticamente correcto”: nadie se atrevería a acusarlo de
machista; sus personajes femeninos son preponderantes en sus tramas y siempre castiga a los malvados de formas contundentes y originales, sin excesiva violencia. Pero de pronto, Rush tiene el
irrefrenable impulso de levantarse de madrugada a escribir, en forma automática, una novela que jamás se hubiera atrevido a firmar con su nombre.
Es así como surge Rey de Picas –como el Richard Bachman con que King firma novelas más bizarras–, pseudónimo bajo el cual escribe una serie de novelas perversas,
repugnantes y misóginas que su propia familia no lo imaginaría capaz ni de leer. Cuando una de las  novelas de Rey de Picas cae en manos de Julia, la hija menor del escritor, cree reconocerse en uno de los personajes: una niña a quien su padre le provoca un accidente mortal, prácticamente calcado de uno al que, por supuesto, Julia sobrevivió… gracias a su padre.
Pero las c osas s e ponen en verdad feas cuando una respetable dama de la comunidad, autora inédita de novelas negras, acusa a Rush de plagiar varias de sus creaciones. Seria acusación que el representante legal de la casa editorial del acusado no sólo se toma con mucho sentido del humor, sino incluso desestima, al grado de decirle a su cliente que no es necesario que se presente al juicio. Pero la curiosidad carcome a Rush: quiere saber a qué se enfrenta, cómo es la mujer que se ha obsesionado con él y se las ingenia para conocerla sin ser reconocido. Nadie puede estar más seguro de su inocencia que él mismo, pero Rey de Picas parece adquirir presencia en su cabeza, pese a que el desenlace del incidente jurídico le es favorable, e incluso se descubre que la escritora inédita ha denunciado -¿con razón– a otros tantos escritores por la misma razón, comienza a obsesionarse con lo que poco a poco va adquiriendo el cuerpo de un delito del que él y su alter ego deben borrar las huellas.
Más que lograr una novela negra de la vieja escuela –o de la nueva–; mucho menos una parodia o una exhibición de los entretelones del Hollywood literario, Joyce Carol Oates se revela como una
apasionada del género y asimismo lectora voraz de Stephen King, cosa que algunos puristas no le perdonarán a la más firme candidata estadunidense al Nobel de Literatura. Lo destacable es su maravillosa creación de un personaje escindido que es, a un tiempo, héroe y villano de su propia historia… no lo arruinemos con etiquetas clínicas •
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