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El retrato de un conde
Así era Lev Tolstói (i), traducción y edición de Selma Ancira Acantilado, España, 2017.
Por ANDREA TIRADO

 

Así era Lev Tolstói (i) atesora una promesa en sutítulo: el i anticipa otras entregas sobre LevNikoláievich Tolstói. Este primer volumen estáintegrado por tres textos seleccionados y traducidospor Selma Ancira, los cuales ponen al escritorbajo la lupa de tres distintos puntos de vista, a su vezcomplementarios: el de su lacayo, el del compositorPiotr Ilich Chaikovski y el del periodista estadunidenseGeorge Kennan.El primer texto es el de Serguéi Petróvich Arbúzov,lacayo principal en la casa de Tolstói; con lainocencia de su condición, revela la intimidad cotidianadel conde, a quien conoce de manera privilegiada:Serguéi Petróvich relata el camino al monasterioÓptina pustyn.El peregrinaje es una verdadera aventura, uncuento del cual se espera su correspondiente moraleja.Serguéi Petróvich retrata a un conde pococomún: se viste de peregrino; se hospeda en las casasrústicas de labradores y duerme sobre la paja;comparte té del samovar de gente pobre a quiennunca revela su linaje. Llegados al monasterio, Tolstóisigue con la misma actitud renuente a toda ostentación.En cambio, aunque de manera involuntaria,Arbúzov revela la superficialidad de los monjes,quienes por la humilde vestimenta del conde y desu lacayo, los envían a cenar con los mendigos y adormir en el albergue de tercera clase. Nuevamente,el escritor sorprende con su actitud serena y benevolenteen todo momento. El relato pleno de respetoy cariño del lacayo por su amo, presenta a Tolstóicomo un buen hombre que comparte techo y comidacon quien tenga que hacerlo, poniendo en prácticasu máxima de “amar al prójimo”.El segundo texto pertenece a los diarios deChaikovski. Este breve escrito funciona como transiciónentre el primero y el último. Texto-testimoniodel encanto que producía la personalidad de Tolstóipues incluso Chaikovski se mostró “absolutamentecautivado por su personalidad ideal”. Enesta confesión se retrata a un Tolstói sensible, aquien se le llenan los ojos de lágrimas al escuchar elandante del primer cuarteto de Chaikovski, y cuyotalento admira y elogia genuina y humildemente.El volumen concluye con el testimonio de GeorgeKennan, periodista y viajero estadunidense. Su visitaa Tolstói en junio de 1886 se debe a una promesahecha a los presos políticos en las minas y en el penalde Transbaikal: decirle al escritor cómo vivían enSiberia; le entregaron además un manuscrito que élprometió dar a Lev Nikoláievich.
Kennan asiste a una serie de sorpresas: la primera al preguntar por alguna posada donde hospedarse, un cochero le contesta que en casa del conde, pues es una persona “accesible, un hombre absolutamente
sencillo”. La segunda sorpresa es cuando, en vez de la formidable mansión señorial que se imaginaba, Kennan se encuentra con una casa “sencilla, blanca, rectangular, de dos pisos y hecha
de ladrillo estucado”. La tercera sorpresa es cuando Tolstói saluda con un apretón de manos al cochero, descrito por Kennan como harapiento y sucio, estableciendo así una igualdad y respeto que abolían las
diferencias sociales. Y así sucesivamente… El periodista, cumpliendo su promesa, en el transcurso del día dialoga con Tolstói acerca de la situación que padecen los presos políticos, pero también y más generalmente, sobre la violencia en sí, la opresión, las rebeliones, y cuestiona al escritor para que aplique sus principios y creencias a casos específicos. En todo momento se manifiesta la fuerza
de convicción de Tolstói sobre la no violencia y la no resistencia al mal. Según el escritor, la violencia como medio para corregir el mal no sólo es inútil, sino que agrava al mal original, porque en la naturaleza de la violencia está el multiplicarse y reproducirse en todas las direcciones. La violencia siempre genera violencia. Así, gracias al debate entre ambos, se distinguen en las palabras de Tolstói los rasgos pacíficos y bondadosos que se esbozaban en el relato del lacayo.
Los tres relatos parten de puntos de vista muy distintos: uno humilde que ve a Tolstói sin ningún filtro, sin ningún prejuicio; otro de un gran artista e intelectual, quien aborda la figura de Tolstói desde
una sensibilidad común a ambos; y el último, más “analítico” y con un claro juicio preconcebido, producto quizás de una mentalidad occidental. Sin embargo, los tres relatos coinciden en la personalidad
seductora de Lev Nikoláievich, llena de profunda fuerza moral e intelectual.
Al estar redactados en primera persona, los relatos dan la impresión de que es el lector mismo quien descubre al escritor. Gracias a la meticulosa traducción de Ancira, el lector es llevado, sin traba ni tropiezo, a la pluma de los autores, como si éstos hubieran escrito originalmente en español.
El primer volumen es una introducción que hace esperar con ansia la continuación del retrato del conde pincelado por biógrafos involuntarios, y quizás en ello resida el resultado de una imagen más sincera, desprovista de una mirada preconcebida.
Se revela un Tolstói que preconizaba una sociedad en la que todo ser humano hiciera el bien en vez del mal, y en la cual, la única forma de abolir la opresión y la violencia era negarse rotundamente a actuar con violencia: “alguien tiene que dar el primer paso en esa dirección” decía el escritor. La lectura de Así era Lev Tolstói (i) es también un buen primer paso para entrar de lleno al pensamiento de Tolstói, quien conecta con nuestro lado más sensible y más humano en toda su obra •

 

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