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La Otra Escena
Por Miguel Ángel Quemain

Rosario Armenta: estridencia del rostro silente

LA SOLEDAD CREADORA del periplo escénico que presenta Rosario Armenta con el nombre de Mascarada...obra para fragmentos del cuerpo y rostro silente, incluye en su última versión una nostalgia y una certeza que encarnan en el cuerpo y la energía de Graciela Cervantes (esabailarina tan anómala y llena de gracia en los años ochentay buena parte de los noventa), que cumple la funciónde mostrar un desdoblamiento del sujeto enunciador delmovimiento y la teatralidad.


Mascarada… es un recorrido que prescinde del rostro y, desde luego, del gesto, para garabatear con el cuerpo unsusurro, un llanto sordo, una congoja y una celebración muscular y postural que nos obliga a repensar en la eficacia del gesto frente al habla de un cuerpo que sólo puedeser el suyo, que no es instrumento ni herramienta sino la melodía de una visión que corresponde a un trabajo particular,su mascarada, pero que también es portador de una clase de pasado material que no necesita ni de la palabrani de descripciones porque su ejercicio es la carta depresentación.

Todo empieza y todo termina en un predominio de las sombras, la media luz y la luminosidad propia, reflejante,de una ruta de piedras que repartirá entre los espectadores,que se las llevarán como si se tratara de una consagración,una piedra que es un fragmento del camino y el cuerpoque gesticula y danza dividido, duplicado y empedrado.

Rosario Armenta ha tenido oportunidad de hacer público el registro de su proceso artístico, así como el vínculo definitivo con la experiencia personal que ha significado enfrentar el paso del tiempo en ese instrumento suyo,siempre tan afinado y poderoso, que es un cuerpo flexibley preciso en su construcción de bambú.Armenta es una bailarina y coreógrafa de cinco décadasque atraviesa un desierto dancístico donde los mejoreshabitantes han resistido el sol quemante y cegador, ytambién las noches heladas y paralizantes de una oscuridad omnipresente.

Si utilizo estas metáforas es para señalarque el bailarín siempre está a ciegas: tanto en el mayorreconocimiento como en el más absoluto abandono, en unas condiciones de trabajo que no garantizan la posibilidadde un futuro que no tenga que ver con la ausencia deseguridad económica y de salud.Al principio dije nostalgia y certeza. La presencia de Chela Cervantes es la constancia del desdoblamiento, deltestimonio de una década fecunda en los años ochenta para muchos bailarines que hoy son la bisagra entre dos momentos de la danza mexicana fundamentales: el paulatinoocaso de las grandes compañías de danza contemporánea,el invierno definitivo y último de los precursoresque, en su mayoría, murieron en la aurora de un reconocimientoinsuficiente en lo personal y lo grupal: Flores Canelo,Guillermina Bravo, Michel Descombey.Patricia Cardona lo documentó en un libro que no tienedesperdicio: El rostro del bailarín mexicano, la historicidadde un momento que todavía no recibe ni el registro ni elanálisis suficientes para insertarlo en una red más compleja  y rica de significaciones artísticas.

A falta de periodismo cultural (Paso de gato es excepción), lo hacen hoy las secretarías de cultura y los promotores independientes con boletines que tienen fecha de caducidad.Años señeros fueron los ochenta y noventa, a los que sobrevive con longevidad y fuerza un conjunto de bailarines al que pertenece Rosario Armenta, y que se adueñaronde los escenarios dancísticos y teatrales de una manera singular: borrando fronteras y diluyendo esa categoría tan útil en esos años y un poco ridícula en éstos:teatro-danza.En el caso de Rosario Armenta, deshacerse de las etiquetasha sido toda una tarea, pues formó parte de un conjunto muy afortunado de bailarinas bajo la dirección de una coreógrafa y maestra, Farahilda Sevilla, quien dejóuna huella que todavía espera el reconocimiento de loshistoriadores del teatro y de la danza.

Los críticos siempre llegaron tarde.Allí Rosario brilló y mostró que en su trabajo se cocinaba lo que hoy es una promesa cumplida: ideas propias, una poética personal que se sostiene en una gramática corporal original, pero cuyas deudas y aprendizajes pueden identificarse por quienes cruzamos los años ochenta y noventa como testigos de un desprendimiento que en este siglo ya sería muy claro: dota a una bailarina como Armenta de una personalidad singular, sin mimetismos,autónoma e independiente.Fragmentos de un cuerpo moldeado por el agua, la arena, el viento, la maternidad, el amor, la soledad y el desafío de reconstruirse en cada
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