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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Hacer adobes

COMO LA MAYORÍA de los free-lancers soy mi propio jefe. Todo depende de mí: el tiempo que destino para la comida, el fodongo atuendo que decido ponerme para trabajar, los encargos que acepto. Esto tiene un lado maravilloso: soy la única que toma las decisiones y asume las responsabilidades. No checo tarjeta, como en mi casa y, si quiero, me quedo todo el día en bata. El gato puede estar dormido en mi regazo el tiempo que se le dé la gana y no creo que exista oficina en México donde contestar correos con un gato en las piernas sea considerado profesional. También tiene un lado horrible: soy una jefa desconsiderada y ñoña, razón
por la cual no me he dado vacaciones en cuatro años.

Como la mayoría de las mujeres que trato, siempre tengo la sensación de que debería estar haciendo algo más, incluso mientras estoy trabajando. Si me ocupo de cosas domésticas,
me inquietan los asuntos laborales. Cuando estoy escribiendo o leyendo, me atormenta saber que 1) debo llamar al electricista porque hay, por lo menos, cuatro enchufes que no sirven, 2) hay un rosal marchito que no he tirado, 3) hay que retapizar dos sillones a los que se les asoman los resortes (el gato) y 4) no he ido al dentista en siglos.

Nunca estoy en paz. De forma casi imperceptible, además, he aumentado las horas que trabajo. Supongo que es una respuesta a la intranquilidad que me provoca la situación del país, una escapatoria
inocua, pero agotadora. Las últimas veces que he estado algunos días sin mover un dedo fue por enfermedad.

La cosa, creo, tiene que ver con ser no sólo mi propia jefa. También soy mi departamento de finanzas y de planeación. Mi marido, un ser mucho más sensato que yo, hace por ayudarme, pero no me dejo. También es escritor, pero planea mejor la vida. Además, él da clases y eso le estructura la semana de forma inapelable. Las vacaciones se las da la ley: nada de que no tengo ganas o tiempo. Llegan. Es la señal: hay que descansar.

El año pasado, harto de mis reticencias, se fue de vacaciones a Guadalajara. Se alojó en un hotel bonito, comió con amigos, hizo sobremesas largas, fue a ver el partido Atlas-Toluca, paseó por la barranca de Huentitán y leyó como un poseso. Llegó descansado y con cara de felicidad. Mientras él paseaba por Jalisco, yo embestí los libreros con la intención de ordenar todo y deshacerme de las fotocopias. Cuando mi marido volvió a casa se encontró con pirámides de libros encima de la mesa del comedor, de la cama y en el piso. No llegué a las fotocopias, pero las metí en una caja para revisarlas en mejor ocasión, que, claro, todavía no llega.

A él no le gusta la playa. Detesta empanizarse con arena, que su libro se manche de bronceador, que lo piquen los moscos y andar en traje de baño. Elsol lo aturde. Es un hombre de ciudades, mientras más librescas, mejor. Le gustan los cafés, los cines, los museos, las librerías. Su ideal es subirse al Turibús, comer en restoranes donde sirven cosas que jamás ha probado y leer cuanta placa se le atraviese: “Aquí
vivió Fulano, inventor”, “En esta casa Zutana escribió su inmortal libro de poemas”. En cambio, yo sueño con los años en los que Puerto Escondido era una sola calle por la que se paseaban surfers con la tabla bajo el brazo y no había sino un hotel y un trailer park.

También conocí Playa del Carmen cuando era una sola calle y algunos hotelitos. Allí visité una playa nudista donde atestigüé un robo. Un señor sombrerudo salió de la maleza, se llevó la cartera de dos pobres canadienses que estaban en el mar y huyó por donde había aparecido. En lo que las víctimas se ponían el traje de baño y las chanclas para poder corretearlo, el ladrón se perdió de vista, riéndose como una hiena, además.

Nadie le tomó video. No existía. Eso garantizaba un descanso más radical, digamos. La obligación de los selfies, de retratar los chilaquiles no se había inventado. El periódico llegaba al día siguiente y los vacacionistas sólo podían ser notificados de las emergencias por telegrama. Para llamar a casa había dos teléfonos en una tienda de abarrotes. Para hablar uno se metía en una especie de confesionario y la misma señora que vendía las jícamas era la operadora.

Imagino que algunas personas leerán esto con cara de horror. Nada de WhatsApp, mensajes, fotos. Se me antoja. Estoy agotada. Como dice la “Autonecrología” de Sabines: “¡Carajo! Estoy cansado. Necesito m

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