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Nuevas estéticas literarias en España: de la Generación del 80 a la actualidad

Sólo uno por ciento de los poetas de alta calidad en españa logra ser conocido fuera del país, en hispanoamérica en general y en méxico en particular.

El establishment sólo ofrece una visión sesgada, manipulada de la realidad cultural.

Los movimientos poéticos o estéticas literarias españolas actuales parten de una fuerte discusión desarrollada en la década de los ochenta del pasado siglo, que todavía sigue en vigor. Varios críticos se empeñaron en aquellos años, auspiciados por las dos editoriales de poesía en boga y por algún diario, en patentar un tipo de “poesía útil para la gente normal”, según defendía Luis Antonio de Villena para auspiciar al granadino Luis García Montero, intentando así el establecimiento del discurso único. Un reducido grupo trató de instaurar una estética determinada, con un lenguaje similar. Ese grupo lo encabezaron vates como Álvaro Salvador, Felipe Benítez, Carlos Marzal, Ángeles Mora, Benjamín Prado, Álvaro García, Luis Muñoz, entre otros, que tratan en aquellos años de abrirse camino de manera persistente y exclusiva. Al grupo se le conoció con las denominaciones de Nueva sentimentalidad, Poesía figurativa o Poesía de la experiencia, imponiendo una poesía tan hegemónica como excluyente, que se extendió hasta bien entrada la década de los noventa. También la auspició intensamente el profesor y teórico Juan Carlos Rodríguez.

Lógicamente había otras alternativas, pero el intento hegemónico se realizó con éxito. Aquella poesía rompía con el culturalismo y reivindicaba la in-volución a los años cincuenta. Por eso sus referentes son poetas como Ángel González, Gil de Biedma y en menor medida, Caballero Bonald. Se le da la espalda, pues, a otros escritores de la misma generación, tales como José Ángel Valente, José Agustín Goytisolo, Antonio Gamoneda o Claudio Rodríguez, que marcan otras líneas de responsabilidad y pluralidad diferencial.

Frente a un tipo de poesía oficialista, uniformada y estereotipada, surge en España a mediados de la década de los ochenta del pasado siglo la reivindicación de una poesía libre, heterogénea, universal, empeñada en que no se atienda específicamente a modas, sino que permita que todo tenga cabida y que sea el criterio de la originalidad y profundidad el único que se imponga. Críticos como Pedro Roso, José Luna Borge, Antonio Enrique, José Lupiáñez, Pedro Rodríguez Pacheco y Pedro j. de la Peña, entre otros, ana-lizaron los hechos en diferentes medios de comuni-cación lejanos al centralismo madrileño. Tanto en la crítica como en una serie de artículos de opinión se hace una defensa a lo largo de más de dos décadas de la libertad expresiva y estética. Se originó así un movimiento ético más que estético que recibirá el nombre de poesía de la Diferencia.

Poesía figurativa frente a la diferencial

Se remonta dicho movimiento ya como algo tangible a 1993. Se reúnen en Madrid los poetas María Antonia Ortega, Carlos Clementson, Pedro Rodríguez Pacheco, Antonio Enrique, Concha García, Jordi Virallonga, entre otros, para crear públicamente el movimiento de la Diferencia. También formaron parte del grupo José Lupiáñez, Carmelo Guillén Acosta, Manuel Jurado López, Federico Gallego Ripoll, a. Rodríguez, Pedro j. de la Peña, Fernando de Villena, Alejandro López Andrada, Juana Castro, Ricardo Bellveser y Domingo f. Faílde, sumándose luego varias docenas de poetas más. La Diferencia fue un movimiento

–nunca tendencia– de opinión crítica, de poetas que por amor, respeto y convivencia con la poesía, se sintieron obligados a replantear un estado de cosas y unos hábitos por los que las tendencias, constituidas en modus operandi institucionalizadas, eran las fórmulas de sistematizar lo que por naturaleza y gratuidad debía ser asistemático y libre. No existe definición genérica de la Diferencia al no darse un corpus teórico, unas preceptivas, unas líneas estructurales, canónicas o de escritura preestablecidas que identificaran, por su adscripción a ellas, a los componentes del grupo, pero si no existía una definición, sí existía una explicación y es en ella donde, se entendía, residía su legitimidad, su historicidad y también su destrucción, suerte última ésta consiguiente al intento de sistematizar, estructurar y jerarquizar lo que fue un movimiento en libertad que cuestionó el sistema hegemónico, las estructuras preceptivas y las jerarquías nominales. No se reconocía otra entidad que la de la gran poesía y ésta, condicionada por corrientes y tendencias, estaba siendo olvidada, y desde ahí, entraba en vías de extinción. Y éste fue el leitmotiv, generoso y altruista, que movió a aquellos poetas y críticos a tomar posicionamiento en la réplica a un estado de cosas que, pensaban, segaba injustamente a la propia poesía y por eso era intolerable. Aquellos escritores, cuyos versos y pensamientos literarios se convirtieron en una conciencia lúcida de la cuestión literaria en España y, como conciencia, a veces escarnecida por los usufructuarios de las culpas. Sólo hubo una coincidencia contrastable: la de la suplantación de grandes y meritorios poetas por aquellos preceptuales y modales que daban color uniforme a la coyuntura, no con valor de época, sino de tránsito; el canon preceptivo fue sustituido por el canon de los nombres. Esta es la explicación de los motivos que llevaron a cuestionar y denunciar el estado de la uniformidad estética, en cuyo concepto se sustituía el valor literario por lo espurio. Y esto fue en esencia lo que se dijo en los tres actos principales y únicos de “Las poéticas de la Diferencia”: Café Libertad (Madrid), Posada del Potro (Córdoba) y Ateneo de Sevilla.

Al grupo se sumaron luego tanto publicaciones como personas, hasta que desapareció. La Diferencia llegó también a rescatar del olvido los nombres de estupendos poetas que agonizaban en los exilios inte-riores, fuera de las corrientes al uso. Y así se auspició a Rafael Guillén, Ricardo Molina, Rafael Soto Vergés, Elena Martín Vivaldi, Concha Lagos, Rafael Montesinos, María de los Reyes Fuentes, Julio Mariscal, Alfonso Canales, Manuel Alcántara, Julio a. Egea, Manuel Mantero, etcétera, refiriéndonos sólo a poetas andaluces, aunque igual se hizo con otros muchos nacionales. Fue ésta una encomienda lúcida e inteligente, porque los poetas nombrados ya habían sido eclipsados en los años cincuenta por la poética del realismo social y, luego, por la preeminencia del culturalismo de los Novísimos. Nunca fue una idea sustituir la última poesía de la Experiencia por la Diferencia.

En diversos artículos publicados por Antonio Enrique o Rodríguez Pacheco, entre otros, se llevó a cabo una crítica y un diagnóstico que a la postre resultó ser muy cierto, pues se cumplió el pronóstico: asentados mediáticamente los cabezas de lista de las tendencias dominantes, los que siguieron sus pasos no ofrecieron para la estética literaria resultados relevantes.

Otros poetas interesantes de las dos últimas décadas del siglo xx son Blanca Andréu, Jorge Riechmann, Miguel Galanes, Manuel Rico, Juan Cobos Wilkins, Olvido García Valdés, Chantal Maillard, Ana Rosseti, Eloy Sánchez Rosillo, Juan Carlos Suñén, Ana Merino, Almudena Guzmán, Diego Doncel o José Luis Rey y algunos más.

En el nuevo siglo, la poesía española sufre una notable dispersión y sólo logran ser conocidos en el extranjero no los mejores vates, sino los que se preocuparon por su promoción y difusión; de ahí que incluso en Hispanoamérica, en México concretamente, apenas se distinga media docena de poetas hegemónicos, y los demás, a pesar de tener excelentes obras, apenas se conozcan.

Incertidumbre y palabra escindida

Los poetas nacidos a partir de los años setenta descartan, aunque miran líneas marcadas por los hegemónicos, la línea figurativa preponderante, y tampoco están en las fronteras del esteticismo. Ellos se recrean en la incertidumbre o en lo que se ha denominado estética del fragmento, donde hay restos reelaborados de la línea sentimentalista, aunque con una notable intensidad en la reflexión, donde no faltan los acentos introspectivos y los elementos de carácter simbolista. En esta línea figuran poetas como Raquel Lanseros, Fernando Valverde, Jorge Galán, Daniel Rodríguez Moya, Francisco Ruiz Uriel, Carlos Irigoyen, Ana Wajszczuk o Natalia Handal, entre otros. Estos poetas se conocen como grupo a través de una antología denominada Poesía ante la incertidumbre (Visor, Madrid, 2011), que sirvió para agruparlos de cara al pú-blico lector.

Otra corriente posterior es la denominada poesía del fragmento o de la palabra escindida, cuyo resultado proviene de una poética fragmentaria, de una crisis múltiple típica de la sociedad postmoderna, heredada, sin duda, de la modernidad, que sigue al desplazamiento de una poética mimética por otra arraigada en los orígenes del romanticismo. Parte, pues, como explicó el crítico Juan José Lanz, de que la obra literaria es un texto abierto, inacabado, incompleto, que se lanza como proyecto a la búsqueda de la realización de los otros. En esta línea estarían poetas como Juan Carlos Abril, Rafael Espejo, Juan Carlos Reche, Abraham Gragera, Luis Bagué, Carlos Pardo o j.a. Bernier.

Con tanta política de por medio, con tanto hegemonismo, con tanta manipulación en los medios de comunicación y en ciertas editoriales dedicadas a publicar en buena medida premios literarios auspiciados por las instituciones, lo que llega a este lado del Atlántico y a otras partes del mundo es un uno por ciento de la to-talidad, es apenas la punta del iceberg de una creación inquieta que lucha contra los grupos de poder que marcan la líneas de lo que es “necesario” escribir. Y eso apenas ha cambiado en los últimos cincuenta años, pues son los mismos los que conducen el batiburrillo poé-tico, tan escaso de lectores y tan proclive a ser manipulado mediante favores, promesas y tejemanejes

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