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Un verdadero parisiense

Una de las personas con quien más he reído es José Luis Cuevas. No sólo por sus imi-taciones caricaturescas tanto de amigos y amigas como de políticos y actores. También a causa de su carácter, en todo caso en aquel entonces, cuando Bertha vivía y respetaba su libertad de ir y venir a su antojo, ver a sus amigos cuando se le pegaba la gana, meterse a un hotel de paso con una modelo durante algunas mañanas fijas donde yo podía localizarlo telefónicamente. Y, desde luego, por un sentido del humor, que lo hacía reír de todo y de todos y, para empezar, de él mismo.

Así, no dejó de sorprenderme, y casi de asustarme, cuando, al llegar a una cita cerca de su taller de ar-tista en la rue de La Condamine, se levantó de su silla con lentitud, me mostró una cara de seriedad lúgubre y me dijo con una voz sombría: “Vilmita, estoy muy deprimido.”

Lo ametrallé de preguntas sobre su salud, las niñas, Bertha, sus dibujos, la impotencia que puede herir de muerte a un creador, sus próximas exposiciones, la crítica, su presencia constante en la prensa sin la cual yo sabía que José Luis no podría vivir. No obtuve ninguna respuesta, tal vez porque yo no paraba de hablar como una tarabilla en lugar de callarme para darle la oportunidad de decirme las causas de su depresión.

–En fin, dime por qué diablos estás deprimido –terminé por decir sin avanzar yo misma la respuesta.

–¿No te das cuenta de lo vulgar que es reír y, peor, reír a carcajadas? Si te fijas bien, los parisienses, crema y nata de la cultura francesa, están siempre deprimidos. No verás nunca a un escritor, a un filósofo, a ningún artista ni político que se respete, mostrar una sonrisa Colgate como un vulgar gringo. Un francés sabe conducirse con seriedad, angustiado por los problemas, guerras, hambrunas, epidemias, que aquejan y des-bastan a la pobre humanidad. No, Vilmita, debemos guardar la seriedad, poner cara de angustia, faz atormentada, si no queremos pasar por unos ploucs, esos nacos y pelados sin educación.

Convencida por los argumentos irrebatibles de Cuevas, me esmeré en mostrar el gesto más fúnebre que me era posible fingir. Leímos en un silencio glacial el menú del restaurante La Truite, carta que nos sabíamos de memoria pues era nuestro lugar de citas. Con los tonos más macabros que pudimos emitir, pedimos nuestros platos y esperamos que los trajeran con la más pesada e insostenible seriedad. Nos miramos a los ojos sin parpadear. Y, antes de poder controlar su estallido, nuestra risa brotó como la lava ardiente de un volcán en erupción.

–Perdiste –dijimos al unísono. En efecto, ambos perdimos y no por haber reído, sino por ser el primero en haber parpadeado aunque fuese en el mismo instante.

Ese largo anochecer de verano, mientras saboreábamos nuestras truchas almendradas, procurando mantener una solemne seriedad, José Luis me propuso que nos convirtiéramos en dos verdaderos, si no auténticos, parisienses de hueso colorado y sangre azul. Así, tratamos de hacer la lista de las conductas y poses observadas en los capitalinos franceses. Siempre corriendo como si lo persiguieran o se muriese de ganas de ir al baño, el personaje en cuestión, al entrar en un café o un restaurante, se dirige al mesero mirándolo apenas de reojo para comunicarle que tiene mucha prisa, que traiga cuanto antes su pedido, el cual aún no ha hecho, tanta es su prisa en comunicar su prisa. Si no tiene cita con nadie, abre su diario con toda parsimonia y se sumerge en su lectura durante una buena hora, levantando de vez en cuando la vista para reflexionar sobre las graves cuestiones que lee y echar un vistazo a la clientela asegurándose de ser visto. Si tiene una cita y el amigo tarda en llegar, mira las manecillas de su reloj dos veces por minuto, vuelve la cabeza hacia todos lados buscando al culpable, se yergue como si fuese a irse, se deja caer en su silla y, cuando al fin llega su amigo, lo acribilla de reproches antes de saludarlo y ponerse a hablar del buen o mal tiempo, tema de conversación tan favorito como inagotable para el parisiense. Si el amigo ya se encuentra en el establecimiento, y es uno quien llega tarde, en vez de presentar excusas, informa que está desbordado de trabajo, citas, negocios, compromisos, y no sabe qué hacer para tener un momento de soledad: el amigo comprende, así que le hace un favor inmenso aceptando una cita.

El parisiense atraviesa las calles sin mirar a uno y otro lado para asegurarse que no viene un auto y conserva, haciendo gala de su audacia y su valor, la vista fija delante de él como si tuviese enfrente una aparición de la Virgen. En este punto, Cuevas y yo dudamos en seguir al pie de la letra esta regla.

¡Ah!, importante la manera de vestirse. Esta cuestión no habla en favor de la originalidad y la inventiva francesas: simplemente se imitan los principios británicos que ponen por encima de todo la negligencia en el vestir. Desde luego, jamás ponerse un traje o un vestido que parezcan nuevos y, si no se tiene, como debe un lord inglés, un valet para usar la ropa nueva, pues se la arruga cuanto se puede metiéndola en un canasto entre toallas húmedas. Desde luego, un hombre no se rasura a diario y cuando lo hace deja su barba mal ra-surada. Una mujer evita el cabello con fijador, lo alborota y sale a la calle como si saliera de su cama después de hacer el amor. No vaya uno a parecer empleado de banco trajeado y con corbata o secretaria de dirección almidonada y tiesa.

Jamás hablar de dinero pero dejar pagar la cuenta al otro para hacerle ver la poca importancia que se da la riqueza. Nunca aludir a su trabajo, cuando de ca-sualidad se tiene, a menos que sea el de un creador. Se procede entonces a sugerir exposiciones, rodajes de películas, editores que telefonean.

En fin, el parisiense se hace de “hábitos” que observa como si fuesen parte de un ritual religioso y tiene, así, su “café”, su “panadero”, su “quiosco” de periódicos, sus “tiendas”.

Hecha nuestra lista de reglas de conducta, José Luis y yo, desbordados de trabajo y con prisa, hicimos una larga caminata sin prisas platicando del sueño de una noche de verano

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