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Biblioteca fantasma
Por Eve Gil

Gabriela Rábago Palafox: jugar al miedo

La obra de Gabriela Rábago Palafox parece más extensa que su vida. Cuando murió, en circunstancias más especuladas que aclaradas, a los cuarenta y seis años (nació en Ciudad de México, en 1950), llevaba largo trecho como escritora. Fue la primera mujer galardonada con el Premio Puebla de Ciencia Ficción con un cuento considerado clásico, “Pandemia”, que resume espléndidamente sus obsesiones literarias. En dichas obsesiones, presiento, está la clave de una apasionante biografía de la que no disponemos de momento. Pero me place imaginarla tan sensible a los fantasmas y otros fenómenos paranormales como Octavio, el niño narrador de Todo ángel es terrible… o como Fernanda, su posible alter ego y protagonista de La muerte alquila un cuarto, quien escribe relatos de ciencia ficción y reconoce haber sido una niña asustadiza que disfrutó, como el pequeño Octavio, de la sensación de miedo. “Jugar a tener miedo”, le llama: “Ahora me doy cuenta de que ese miedo, pese a sus proporciones, era un espantajo de cartón.” La contratapa de La muerte alquila un cuarto nos hace interesantes revelaciones que pudieran contribuir al armado de su perfil biográfico: nació en San Pedro de los Pinos en una casa embrujada, como Octavio. En 1981 rechazó la beca del Internacional Writing Program de la Universidad de Iowa, se nos dice, por razones amorosas y apego al sol.

Aunque no sea propiamente ciencia ficción, Todo ángel es terrible, su primera novela, se desarrolla en los límites de la realidad y la fantasía. Narrada por un adulto que recuerda un episodio particularmente doloroso de su infancia –se dirige a alguien especial, indudablemente su amante–, recrea como muy pocos la intimidad de un niño y nos hace ver que la inocencia no es para nada inocua. Octavio, además de inocente, es tierno, pero una serie de circunstancias despierta en él un instinto de destrucción. ¿Pierde la inocencia cuando azota contra el suelo a Soponcio, la tortuga? ¿Cuándo estrangula a la gata Carina, acción que, afirma, le produce una mezcla de placer y tristeza? ¿Cuándo sorprende a su hermano Andrés en pleno intercambio erótico con Bill? Procede a chantajear a su hermano: o le entrega su anillo o le dirá todo al abuelo. Quizá sea justo aquí donde Octavio pierde la inocencia.

En La muerte alquila un cuarto tienen cabida la ciencia ficción, la fantasía y la trama policíaca. Una pareja de amantes, el fotógrafo Míquel y la escritora Fernanda, habitan una “romántica” vecindad de Ciudad de México, frente a un colegio de señoritas muy afectas a espiar a los vecinos, y en forzada convivencia con una pintoresca familia de gitanos. Llevan una relación estrecha con otras tres parejas de artistas: Saltiel y Marlina; Jacobo y Rafael y África y Beatriz. El clima de convivencia se enturbia tras la muerte de Marlina: una bomba molotov le ha golpeado la cabeza durante una gresca en El Chopo, pero Jacobo está convencido de que fue un asesinato. ¿Por qué? ¿Por quién? Uno a uno empiezan a morir o a sufrir atentados y de pronto el asunto pareciera tener una explicación sobrenatural.

La muerte alquila un cuarto es también una denuncia contra la discriminación que sufren los homosexuales y los enfermos de sida, tema asimismo de “Pandemia”, publicado en el primer número de ¡Nahual! (1995), fanzín que es casi leyenda en el medio de la ciencia ficción mexicana pese a sólo alcanzar seis números. En 1988, año en que el citado texto resultó premiado, al sida se le consideraba una plaga apocalíptica, y como tal se le aborda. Un mortífero virus ha ido despoblando el planeta y, aunque sus primeras víctimas fueron homosexuales y prostitutas, no tarda en alcanzar a niños y amas de casa. Las características del virus HIV, HTLV/III o LAV, coinciden plenamente con las del sida. La denuncia social es otra constante en la narrativa completa de Gabriela, como en otro de sus relatos célebres, “Resurrección”, publicado en la primera antología de ciencia ficción mexicana, Más allá de lo imaginado, de Federico Schaffler (Tierra Adentro, 1991): un niño resucita la erradicada doctrina del cristianismo a través de esculturas macabras. Nos hace ver al cristianismo, el fabricado por los hombres, como una perversión del genuino. Post mortem se incluyó un cuento de su autoría, “La pluma de Bartolomé”, en la antología Ginecoides (las hembras de los androides) (Lumen, 2003) donde figura otra autora mexicana poco valorada: la tamaulipeca Olga Fresnillo, también ganadora del Premio Puebla en 1992 y más apegada a la ciencia ficción tradicional.

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